martes, 6 de noviembre de 2012

El extraño caso del niño al que acusaron de morder la luna


PRIMER JUICIO

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Declaración del niño


Yo mojé la luna en té
como un bizcocho con manchas
para dejar a sus anchas
a dos novios que encontré.
Yo mojé la luna... ¿y qué?
Yo mojé la luna... ¿y?
Era medianoche, sí,
es cierto... fuimos nosotros.
Pero la mordieron otros,
Señoría, yo no fui.

Declaración del Fiscal



Señoría, el acusado
confiesa, sin pena alguna,
haber mojado la luna
en té negro... Lo ha jurado.
Advierto que está probado
su apagón intencional.
Y pido a este tribunal
que le aplique la sentencia
de un año sin inocencia
y un mes portándose mal.

Declaración de la Defensa




Usía, mi defendido
dice que el Día de Auto
apagó la luna. Incauto
es, pero no fementido.
Entonces, ¿a qué ha venido
la vulgar acusación
de que tras el apagón
mordió el bizcocho lunar?
¿Alguien lo puede probar?
Miremos su dentición.

¡Le faltan dientes, Usía!
¡le faltan dientes, Jurado!
Las huellas que han encontrado
en la superficie fría
de la luna no podría
haberlas hecho un pequeño
de seis años. ¡Ni en un sueño!
Por lo tanto, solicito
su absolución. No hay delito.
Fiscal, es vano su empeño.

Declaración del Primer Testigo: La Novia.



Yo estaba frente al portal,
junto a la hamaca, y de pronto...
miro hacia el cielo y confronto
una oscuridad total.
Mi novio... bueno... al final
no le dimos importancia.
Pero vi que en la distancia
la luna sangraba té.
¿Por qué sangraba? No sé...
Pensé que la circunstancia...

Declaración del Segundo Testigo: El Novio.



La luna estaba menguante,
blanca, detrás del tejado.
De pronto, no vi a mi lado
a mi novia, su semblante
se me perdió en un instante.
Solamente la sentía...
Perdóneme, Señoría,
pero al intentar buscarla
fue cuando logré besarla...
¡besarla!... ¿comprende, Usía?


Declaración del Juez


    Vistas las declaraciones,
conste en acta que el pequeño
actuó, pero no era dueño
de su propias actuaciones.
Sobre las acusaciones
de haber mordido a la luna,
no se sostiene ninguna.
Sólo que la mojó en té.
Y aunque borrosa, se ve,
sin dificultad alguna.

Por lo tanto, la sentencia
que dicta este Tribunal
es que repita el ritual
cuando se halle en presencia
de otros novios. Su inocencia
demuestra sin duda alguna,
que entre las doce y la una
puso al satélite blando.
Pero hay qué seguir buscando
quién fue el que mordió a la luna.


APELACIÓN DEL MINISTERIO FISCAL



Intervención del Fiscal



Con su venia, Señoría.
Apelamos la sentencia.
No me creo la inocencia
del pequeño todavía.
Tiene manchas en la encía.
Tiene ojos desorbitados.
Tiene sueños (¡demasiados!)
en los que se cree astronauta,
o piloto, o cosmonauta
viajando por todos lados.

Señoría, con perdón,
pero yo como fiscal
veo esta sentencia mal
y pido la anulación,
es decir, la apelación
(no hay que llegar al extremo).
Pequeño, yo no soy memo.
Es decir, tonto no soy.
Señor Juez, apelo. Y voy
hasta el Tribunal Supremo.


Declaración del Juez tras la solicitud
de apelación del Ministerio Fiscal


Acogiéndome al Derecho
y a lo que dictan las normas,
siguiendo las buenas formas
y revisando lo hecho;
aunque no esté satisfecho
el acusado en cuestión,
acepto la apelación
del Ministerio Fiscal.
Y hasta aquí. Punto final.
Se levanta la sesión.

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El extraño caso del niño al que acusaron de morder la luna
Textos: Alexis Díaz-Pimienta
Ilustraciones: Orestes Castro García.
Ed. Abril, La Habana, 2004.
La segunda parte (Segundo Juicio) se publicará en España, en el 2012, porScripta Manent Ediciones.

martes, 9 de octubre de 2012

Tu lápiz




Tu lápiz cuando pasea
traza surcos de colores...
¡Es mariposa en el aire
de lienzos multicolores!

Tu lápiz encuentra magia
en todos los corazones:
descubre risas, sonrisas
y variedad de emociones.

Tu lápiz es la frescura
de ensueños de primavera...
¡Con la danza de mi pluma
yo simularlo quisiera!

Poema: Justina Cabral.
Imagen: Por autor desconocido.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Cuarto menguante

                                             


La noche tiene un pendiente:
la luna pulida y blanca,
la luna fina y reluciente
como un arete de plata.

La noche tiene un pendiente.
¿Dónde estará el que falta?

Ángela Figuera Aymerich
Pintura de Sonia Cremades

sábado, 4 de agosto de 2012

La tortuga gigante




Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

         —Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

         El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

         Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.

         Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.

         El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

         —Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

         Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

         A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
         La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

         El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.

         La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.

         Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

         —Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

         Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.

         Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
         —El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.

         Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

         Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.
         El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

         —Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

         Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
         —Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

         Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.

         La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco.

         Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.

         A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.

         Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:

         —Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.

         Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.

         Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.

         Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.

         Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.

         —¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?

         —No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.

         —¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.

         —Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...

         —¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.
         Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.

         Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.

         Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.

         Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

(Cuentos de la selva, 1918)

Horacio Quiroga (1879-1937)


lunes, 4 de junio de 2012

Colores y caramelos



   Voy a beber la luna
en un vaso,
y el viento naranja
paso tras paso.

Voy a cenar un beso
en el mercado.
y seré violeta, celeste...
y plateado.

valiente cabellero, y tu salvador,
y bombón helado
de chocolate y limón.

Voy a ser el rey
de tu corazón
y carmelia en primavera
para darte amor.

Voy a ser un niño
de gran corazón,
y guardaré caramelos
en flores multicolor.

Voy a cenar un beso
en el mercado
de los cuentos de mi abuelo
y de mi hermano.

Autora: Justina Cabral
Imagen: hellocrazy.com
                                                          

domingo, 6 de mayo de 2012

Tormenta

Que llueva, que llueva,
la Virgen de la cueva...

Cantan las niñas
en la pradera...
Allá en el cielo,
la nube negra.

Siguen las niñas
con su canción:
Que sí, que no...
que llueva un chaparrón...

Y dice la espiga nueva:
-Que no llueva, que no llueva,
que tengo el grano en sazón...

Y suplica el arroyuelo:
-Que llueva, que llueva el cielo
o muero sin remisión.

El corro sigue girando...
Las niñas siguen cantando:
-¡Que sí, que no,
que llueva a chaparrón!-

Y dice la nube:
            -Vamos,
chiquillas ¿en qué quedamos?
¿Queréis que llueva o que no?...
¡Para bromitas estamos!...
¡¡Allá va mi chaparrón!...

Ángela Figuera Aymerich

domingo, 15 de abril de 2012

Cuento tonto de la brujita que no pudo sacar el carnet


Era una brujita
tan boba, tan boba,
que no conseguía
manejar la escoba.

Todos le decían:
-Tienes que aprender
o no podrás nunca
sacar el carnet.

Ahora, bien lo sabes,
ya no hay quien circule,
por tierra o por aire,
sin un requisito
tan indispensable.

Si tú no lo tienes,
no podrás volar
pues ¡menudas multas
ibas a pagar!
¡Ea! no es difícil.
Todo es practicar.

-Bueno... dijo ella
con resignación.
Agarró la escoba,
se salió al balcón,
miró a todos lados
y arrancó el motor...

Pero era tan boba,
que, sin ton ni son,
de puro asustada,
dio un acelerón
y salió lanzada
contra un paredón.
Como no quería
darse un coscorrón,
frenó de repente...
y cayó en picado 
dentro de una fuente:
se dio un remojón,
se hirió una rodilla,
sus largas narices
se hicieron papilla
y, como la escoba
salió hecha puré,
pues, la pobrecilla,
además de chata
se quedó de a pie.

Ya no intentó nunca
sacar el carnet.
Se quitó de bruja
y se puso a hacer
labores de aguja.

De cuentos tontos para niños listos de Ángela Figuera Aymerich