domingo, 19 de diciembre de 2010

Befana

La noche del 5 de enero, mientras esperamos la llegada de los Reyes Magos, en Italia se guarda con similar paciencia la visita de un entrañable personaje que tiene para los niños italianos la misma importancia y significación que tienen los Magos para los niños españoles. Este personaje es la Befana.

Befana, tiene la apariencia de una bruja. Va vestida de negro, vuela sobre una escoba por encima de las casas y los campos, y lleva un enorme saco a la espalda. Pero ese saco está repleto de regalos para todos los niños que se lo han merecido. Para los que no, Befana lleva provisión de trozos de carbón.

Según cuenta la leyenda, Befana vivía en Belén. Era viuda, y se sentía muy triste por no haber tenido ningún hijo. Cierto día, mientras recogía leña en el bosque, unos extranjeros montados sobre camellos se acercaron a ella y le preguntaron cuál era el camino de Belén. Tras indicárselo, ella les dijo:

-Parecéis personas muy importantes, ¿qué buscáis en Belén?
-Buscamos al niño- dios -respondieron los Magos, pues de ellos se trataba-. Una estrella nos ha guiado hasta aquí, y ahora sabemos que nuestro viaje está a punto de concluir.

En el interior de Befana nació el deseo de conocer al Niño. Su primera intención fue la de unirse a la caravana de los Magos, pero antes volvió al bosque en busca de leña que había ido recogiendo
en pequeños montones. Cuando regresó al camino los extranjeros ya se habían marchado.

Befana, agobiada por el peso de la leña, tardó bastante en llegar a Belén. Para entonces, aunque lo buscó por cada rincón, no puedo encontrar al niño. Sin desanimarse, continuó su búsqueda por todas las partes, preguntando a los hombres y también a los animales, a quienes la mula y el buey habían hablado de la buena nueva. Se dice que recorrió el mundo entero, al tiempo que en su saco iba guardando regalos y presentes para dárselos al Niño cuando lo viera.

Finalmente se le apareció San José, quien, lleno de piedad hacia ella, le explicó que el niño-dios estaba en todos y cada uno de los niños.

Desde entonces, Befana reparte sus juguetes y regalos entre todos los niños que esperan su llegada la noche del 5 de enero.



miércoles, 15 de diciembre de 2010

Servía en Orán al Rey





















Servía en Orán al Rey
un español con dos lanzas,
y con el alma y la vida
a una gallarda africana,

tan noble como hermosa,
tan amante como amada,
con quien estaba una noche,
cuando tocaron alarma.

Trescientos cenetes eran
de este rebato la causa,
que los rayos de la luna
descubrieron las adargas;

las adargas avisaron
a las mudas atalayas,
las atalayas los fuegos,
los fuegos a las campanas;

y ellas al enamorado,
que en los brazos de su dama
oyó el militar estruendo
de las tropas y las cajas.

Espuelas de honor le pican
y freno de amor le para;
no salir es cobardía,
ingratitud es dejalla.

Del cuello pendiente ella,
viéndole tomar la espada,
con lágrimas y suspiros
le dice aquestas palabras:

"Salid al campo, señor,
bañen mis ojos la cama;
que ella me será también,
sin vos, campo de batalla.

Vestíos y salid apriesa,
que el general os aguarda;
yo os hago a vos mucha sobra
y vos a él mucha falta.

Bien podéis salir desnudo,
pues mi llanto no os ablanda;
que tenéis de acero el pecho
y no habéis menester armas."

Viendo el español brioso
cuánto le detiene, y habla,
le dice así: "Mi señora,
tan dulce como enojada,

porque con honra y amor
yo me quede, cumpla y vaya,
vaya a los moros el cuerpo,
y quede con vos el alma.

Concededme, dueño mío,
licencia para que salga
al rebato en vuestro nombre,
y en vuestro nombre combata".

"Servía en Orán al Rey" (1587)
(Luis de Góngora y Argote)


*Cenetes: eran una tribu bereber de Zeneta, una de la más antiguas y principales del África septentrional.

*Rebato: Alarma o conmoción ocasionada por algún acontecimiento repentino y temeroso.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La Navidad del petirrojo

¡Qué frío hacía! La gente corría las cortinas y se acurrucaba junto al fuego.

-Este año vamos a tener unas navidades blancas, ya lo veréis -decían los más viejos.

Todos los niños estaban muy excitados.
-¡Una blanca Navidad! -decía Clara.

-Podremos patinar y hacer muñecos de nieve -anadía Tomás.

Por fin, una noche se puso a nevar. Los niños se despertaron por la mañana y encontraron el jardín completamente cubierto por una suave capa blanca.

-No debemos olvidarnos de los pajaritos... -dijo Clara al ver a un petirrojo saltar alegremente junto al umbral de la puerta de la cocina.

Y salió afuera y le echó miguitas de pan. También les puso agua, y Tomás colgó una cestita de frutos secos en la rama del viejo peral. Y todos los días, el petirrojo volvía a estar a la puerta de la cocina.

Clara enseñó a los otros niños lo que tenían que hacer para alimentar a los pájaros y todos pusieron migas, frutos secos, granos de maíz, de arroz y otras cosas. Todos los días dejaban comida para los pájaros y luego observaban cómo los gorriones, los petirrojos y los mirlos bajaban a comer.

La Navidad se acercaba. Clara y Tomás empezaron a preparar guirnaldas de papel, estrellas de papel de plata y otros muchos adornos para el árbol.

-Pero no tenemos acebo -dijo mamá-, ni acebo ni muérdago. Necesitamos acebo con muchas bolitas rojas.

Clara y Tomás, junto con su hermana Olga, fueron de compras al pueblo con su mamá y se encontraron con la granjera. Les sonrió amablemente a los pequeños.

-¡Qué! ¿Preparando las fiestas de Navidad? No olvidéis que podéis venir a buscar todo el acebo que os haga falta a nuestro bosque.

La mamá de los niños le dio las gracias.

-¡Esto es fantástico! -exclamó-. Iremos mañana sin falta.

Y Clara decidió que dibujaría una tarjeta de Navidad muy especial para los granjeros.

Al día siguiente los niños se abrigaron bien, se equiparon con botas de nieve y gorros y bufandas de lana y se fueron con su mamá al bosque.

-¡Mirad las huellas que voy dejando! -gritaba Tomás, lanzándose a toda velocidad sobre la nieve y señalando las marcas que dejaban sus pasos.

De pronto, se oyó un piar melodioso.

-Parece el canto de un petirrojo -dijo la mamá-. Sí, fijaos, está cantando porque es Navidad.

-Está cantando <<¡seguidme, seguidme!>> -dijo Clara.
-Puede que sea eso .dijo la mamá, riendo.

En un recodo del camino había una mata de acebo cubierta de bolas de un rojo brillante. Precisamente lo que buscaban.

Pero tan sólo los niños vieron algo más: vieron elfos y criaturas del bosque correteando junto al sendero. Clara quiso decírselo a su mamá, pero apenas empezó a decir: <<¡Oh, mira...!>> se desvanecieron.

-Yo no veo nada -dijo su mamá.

Pero se oían ruidos por debajo delos arbustos, y Clara comprendió que los pequeños seres habían corrido a esconderse para que nadie los viera.

Siguieron por el camino con sus ramas de acebo hasta que el sendero se ensanchó. Clara estaba segura de seguir oyendo piar al petirrojo: "Seguidme, seguidme".

Y por fin llegaron a un pequeño claro del bosque: Y todos lanzaron un grito de admiración: en el centro había un maravilloso muñeco de nieve.

Llevaba un viejo sombrero de fieltro y una corbata a rayas blancas y rojas. Los brazos eran dos palos con dos guantes de cuero en los extremos. La boca y los ojos estaban hechos con piedrecitas, y llevaba una pipa en la boca.

Parecía sonreír.

Olga lo miró fijamente y dijo:
-Hola, señor muñeco de nieve.

-¿A quién se le habrá ocurrido hacer un muñeco de nieve en este sitio? - se preguntó la mamá-. ¡Esto sí que es un misterio!

A los pies del muñeco había varias bolas de nieve, pero sólo los niños podían ver subidos en ellas a los elfos y a los ratoncillos del bosque y escuchar sus risas y sus gritos.

El viejo búho sabio se asomó desde su agujero, en un árbol, y meneó la cabeza:
-Seguro que va a seguir nevando -dijo. Y se volvió adentro.

Y de nuevo, Clara oyó piar al petirrojo: <<¡Muchas gracias>>!, le pareció entender que decía. Y Clara pensó que quizás era la manera de agradecerle la comida y el agua que le había dado en lo más duro del invierno.

-Ya va siendo hora de volver -dijo su mamá.

De modo que se volvieron a casa por el camino que llevaba al pueblo.

-Me sigo preguntando quién ha podido hacer ese muñeco de nieve -volvió a decir la mamá, por la noche-. Ha sido una sorpresa muy agradable.

Bien arropada en su camita, antes de dormirse, Clara se estuvo acordando del petirrojo. Estaba segura de que era el mismo que venía cada mañana a la puerta de su cocina. Y ¿estaría de verdad diciendo: "Gracias"?

Bueno..., ¿por qué no? ANI3DsparrowC.gif (13865 bytes)


Cuento e ilustraciones de Mabel Lucie Attwell

EL CAMELLO COJITO (auto de los Reyes Magos)






















El camello se pinchó
Con un cardo en el camino
Y el mecánico Melchor
Le dio vino.

Baltasar fue a repostar
Más allá del quinto pino....
E intranquilo el gran Melchor
Consultaba su "Longinos".

-¡No llegamos,
no llegamos
y el Santo Parto ha venido!

-son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.

El camello cojeando
Más medio muerto que vivo
Va espeluchando su felpa
Entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
Al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!

Se iba cayendo la mirra
A lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos-
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
Cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
Le hace cosquillas al Niño.

Gloria Fuertes

viernes, 10 de diciembre de 2010

La diligencia de doce asientos


¡Qué frío hace! El cielo es terciopelo negro, y no sopla ni un poquito de viento.

¡Pum! ¡Catacrac!

Una serie de porrazos interrumpen el silencio. Son los habitantes de la pequeña ciudad, que empiezan a arrojar por las ventanas viejos platos desportillados, cazuelas de barro, vajillas viejas.
¡Pam! ¡Pum! ¡Bum! ¡Cracracracrac! ¡Bang!

Estos otros, que hacen eco a los primeros ruidos, son cohetes. Lo habéis adivinado: en el
campanario acaban de dar los doce repiques de la medianoche del día de San Silvestre.

¡Troc! ¡Totroc! ¡Totocroc!

¿Y esos otros? Éstos los hace la diligencia, un carruaje tirado por caballos. En cuestión de minutos, el vehiculo estará frente a la puerta norte de la ciudad. En él viajan doce pasajeros, que
ocupan los doce únicos asientos que hay dentro.

-¡Por el año nuevo! ¡Felicidades! -gritan las gentes en sus casas, levantando las copas llenas de champán.

Tintinean las copas, la alegría está en su apogeo. En ese preciso momento, la diligencia, con sus doce pasajeros, se detiene frente a la puerta.

¿Quiénes son, estos viajeros? Todos tienen el equipaje a punto y los pasaportes
en regla. Y llevan también consigo una bonita ¿colección? de regalos. ¿que para quién son? ¡Pues para mí, para ti, para todos! ¿Pero quiénes son?

-¡Feliz año tenga, buen hombre! -le gritan al centinela de guardia de la puerta.

-¡Feliz año tengan ustedes, señores! -contesta el centinela. Y, acercándose a la carroza, abre la puertecilla, ayuda a bajar al primero de los pasajeros y le pregunta -: ¿Nombre, apellido, profesión?

-Mire en mi pasaporte -responde el individuo-.
¿Qué quiere que le diga? ¡Yo soy quien soy!

Es un tipo curioso, embutido en un abrigo de pieles de oso.

-Son muchos los que ponen en mí sus esperanzas, ¿sabe? Venga mañana a mi casa y le haré un
hermoso regalo de fin de año. Aguinaldos y regalos, tengo siempre para todos; en cuanto a fiestas, más de treinta y una no puedo dar. ¿Mi profesión? Comerciante al por mayor.
¿Mi nombre? Enero, y viajo con montones de cuentas de recibos y de liquidaciones.

Ahora desciende el segundo pasajero. Éste es un vividor: empresario teatral, organizador de bailes de disfraces.

-Cuando hay de esto, hay de todo, o casi -setencia- Me gusta que la gente se divierta pero también a mí me gusta divertirme, porque por desgracia no me va tan bien: veintiocho días sólo, si te paras a pensar. Verdad es que, de vez en cuando, me conceden uno más. No es gran cosa, pero en el fondo, ¿qué más da?

-No se precipite, por favor -le advierte el centinela.

-Jovenzuelo, yo puedo hacer tanto escándalo como me venga en gana, que para algo soy el Príncipe Carnaval, aunque viaje con nombre falso... Pero puedes llamarme Febrero. -Le guiña un ojo y pasa adelante.

¿Y el tercero? El tercero es más delgado que el hambre, tieso como un palo de escoba, siempre con la cabeza en otra parte, Es pariente de los magos, meteorólogos y astrólogos de todo el mundo. A juzgar por su aspecto, su negocio no debe irle demasiado bien. En el ojal de su largo baladrán lleva prendido un ramito de violetas.

-Señor Marzo -lo llama el cuarto pasajero, dándole un golpecito en el hombro-. ¿No huele este aroma a té? ¡Entre enseguida en la aduana y haga que le den una taza!

¿Aroma? ¡Pero qué aroma ni aroma! Es una broma, una broma de Abril, para ser exactos, que
hace su aparición con este primer chiste. Parece -lo está- muy alegre; dicen las malas lenguas que no se mata a trabajar, pero no es ningún vago.

-Todo se arreglaría con que este mundo fuera un poco más estable -dice-. En cambio, unas veces estamos contentos, otras melancólicos. Tan pronto llueve, como sale el sol; partimos, regresamos. ¿que cuál es mi trabajo? Si quiere, puede escribir que tengo una empresa, de pompas fúnebres. Río o lloro según me da. ¿Lo ve? En esta maleta llevo ropa de verano, ¡pero estaría loco si quisiera ponérmela! Los domingos por la mañana voy a misa con el impermeable, y debajo llevo camisa de manga corta.

Justo después se apea una muchacha. Se llama Mayolina/Maya: lleva un vestido ligero, veraniego, color verde y calza zapatos livianos, sobre los que lleva unos llamativos chanclos de
goma. Entre sus cabellos rubios luce un ramillete de flores.

Es tan hermosa como afinada: es que, además, es cantante. Pero no canta en los teatros, quede claro, sino al aire libre, en los bosques, por pura pasión. Lleva en la mano un maletín de trabajo, y dentro, dos libritos: uno de poesía, otro de cuentos.

-¡Paso, que baja la Señora! -grita el cochero, haciendo sonar la fusta.

Una joven dama apoya un piececito en tierra. Es bonita como Mayolina, pero su porte es más orgulloso. ¿Qué de quién se trata? De la Dama de Junio, naturalmente. En el día más largo del año da una fiesta espléndida, en la que sus invitados pueden degustar todos los platos de su bien provista mesa.

Tiene una carroza propia, pero prefiere viajar en diligencia con todos los demás para no ganarse la fama de persona altanera.

La acompaña un joven rellenito que luce un sombrero de paja de ala ancha y un vistoso traje de baño. ¿No lo habéis reconocido? Se trata nada menos que de su hermano, el señorito Julio.

¿Y quién más? Pues doña Agostina, verdulera al por mayor y propietaria de grandes haciendas. Es regordeta y está siempre acalorada. No se las da de señorona, pero le gusta hacer las cosas por sí misma: dicen es ella en persona quien les lleva al campo a los labriegos sus buena jarras de cerveza.

-¡Te ganarás el pan con el sudor de tu frente! -exclama-. Los bailes, las excursiones al campo y los paseos por la montaña vienen después.

¡Vaya, pero si tenemos también un artista! Pintor, por más señas. ¿Que cómo se llama esta celebridad? Profesor Septiembre, maestro del color. No hay bosque que no lo conozca; no tiene
más que echar mano a la paleta y ya las hojas, de verdes, se hacen amarillas, rojo subido, oro viejo. Mientras trabaja, silba como los mirlos, y mientras silba, enrolla zarcillos de lúpulo en torno a su jarra de cerveza. Por equipaje lleva su maletita de pintura.

Detrás de él viene todo un señorón de los campos, el conde Octubre. Al igual que
soña Agostina, se toma también muy en serio su trabajo: no habla más que de vendimiar, de arar, de sembrar, de roturar. Lleva consigo una garrafa, y sobre el techo de la diligencia ha mandando colocar un bonito arado inglés último modelo. Mientras menciona con entusiasmo una nueva variedad de trigo, su vecino le interrumpe varias veces con sus toses y con su ruidoso sonarse. Se trata del señor Noviembre; se ve a las claras que está molesto por su resfriado.
Con una mano sujeta el pañuelo y con la otra empuña un hacha: es presidente honorario de la Hermandad de Leñadores.

Ya se ha quedado vacía la diligencia... Ah, no, perdón, es que ese viejecito ha tardado una barbaridad en bajarse.

El abuelo Diciembre: ¿cómo iba a faltar él a la reunión? En sus manos arrugadas lleva un braserito, y su nariz aguileña no deja de moquear. Va encorvado y está entumecido, pero los ojos le brillan vivarachos como dos estrellas al ordenar que bajen de la diligencia una maceta en la que crece un pequeño abeto.

-Bajenlo con cuidado, por favor -dice-. Tiene que crecer tieso para estar bonito en Nochebuena. Lo adornaremos con muchas velas de colores, con bolas brillantes, con dulces y juguetes. Y entonces yo sacaré mi libro de cuentos y haré que los niños se porten bien.

-¡De acuerdo entonces, que siga la diligencia! -le interrumpe el centinela-. Todos los viajeros han bajado. ¡Arre , cochero!

-Pero primero que pasen a verme -dice el jefe de aduanas-. ¡Adelante, señores! Los pasaportes me los tienen que dar a mí. Tienen un mes de validez, pasado el cual escribiré en ellos las observaciones sobre su conducta. ¡Señor Enero, empecemos por usted!

Y Enero se presenta.

Dentro de un año podré deciros qué presentes nos han hecho los viajeros. Ahora no lo sé. ¿Lo sabrán ellos?

¡Hoy en día pasan tantas cosas!


Es un cuento de Hans Christian Andersen

martes, 7 de diciembre de 2010

Nana para Candela





Duerme mi niña preciosa, mi alma pichosa, que te guardo yo
Duerme mi niñita hermosa de piel tan sedosa que tuyo es mi amor
Dulce mirada serena carita morena la noche llegó
Cierra los ojos mi vida, mi mano te cuida no tengas temor

Nana nani nana que mi tesoro dormirá
Nana mi niña la nana bonita mi niñita duerme ya

Sueña que vuela Candela, mis ojos te velan no sientas temor
Sueña feliz mariposa, boquita de rosa que tienes mi amor
Sueña que bailan las nubes que sube que sube que vuelve a empezar
Baila feliz mi princesa, carita de fresa no temas soñar

Nana nani nana que mi tesoro dormirá
Nana mi niña la nana bonita mi niñita duerme ya
Nana nani nana que mi tesoro dormirá
Nana mi niña la nana bonita mi niñita duerme ya

sábado, 4 de diciembre de 2010

Para ser felices


















No temas niño pequeño
si en la soledad te encuentras
porque la luna te alumbra
mientras bosteza una estrella

No temas mi pequeñito
no temas ángel de dios
porque en tu pecho cantando
se encuentra tu corazón

Las mariposas girando
alrededor de una flor
van deshojando ilusiones...
¡Te las van a dar a vos!

Y los pájaros cantores
se tatúan alegrías
en sus alas, mientras vuelan
con la brisa colorida

Y el sol charla con las nubes
y las nubes con el mar...
Le preguntan curioseando
¿A donde en sus olas va?

Y el mar responde feliz
me voy a dar un paseo
con todos, todos los niños
¡Los niños del mundo entero!

Autora: Justina Cabral
País: Argentina

lunes, 29 de noviembre de 2010

La guitarra



Empieza el canto

de la guitarra.

Se rompen las copas

de la madrugada.

Empieza el llanto

de la guitarra.

Es inútil callarla,

es imposible callarla.

Llora monótona

como llora el agua,

como llora el viento

sobre la nevada.

Es imposible callarla.

Llora por cosas lejanas.

Arena del sur caliente

que pide camelias blancas.

Llora flecha sin blanco,

la tarde sin mañana,

y el primer pájaro muerto

sobre la rama.

¡Oh,guitarra!

corazón malherido

por cinco espadas.

Federico García Lorca

Cancioncilla sevillana














Amanecía
en el naranjel.
Abejitas de oro
buscaban la miel.

¿Dónde estará
la miel?

Está en la flor azul,
Isabel.
En la flor,
del romero aquel.

(Sillita de oro
para el moro.
Silla de oropel
para su mujer.)

Amanecía
en el naranjel.


Federico García Lorca

domingo, 28 de noviembre de 2010

Gallo Quiquirigallo

Gallo Quiquirigallo
Fábula italiana (ilustrado por Dimitri Makhashvili)

Érase una vez un gallo que vagaba por el mundo. Por el camino se encontró con una carta que decía: "Gallo quiquirigallo, gallina quiquirigallina, oca condesa, pata abadesa, pajarito jilguerito, vamos a la boda de Pulgarcito".

El gallo se puso en camino hacía allí; al cabo de poco
tiempo encontró a la gallina.

-¿Adónde vas, compadre gallo?
-Voy a la boda de Pulgarcito.
-¿Puedo ir yo?
-Si estás en la carta... Veamos: gallo quiquirigallo, gallina quiquirigallina... Sí, aquí estás, entonces, ¡vamos!

Se pusieron en marcha y transcurrido un tiempo encontraron a la oca.


-Comadre gallina y compadre gallo, ¿adónde vais?
-Vamos a la boda de Pulgarcito.
-¿Puedo ir yo?
-Si estás en la carta...-, dijo el gallo; abrió la carta otra vez y leyó: -Gallo quiquirigallo, gallina quiquirigallina, oca condesa... Sí, tú estás también; ¡vamos!.

Camina caminando, encontraron a la pata.


-Comadre oca, comadre gallina y compadre gallo, ¿adónde vais?
-Vamos a la boda de Pulgarcito.
¿Puedo ir yo?
-Si estás en la carta..., dijo el gallo, y leyó: "Gallo quiquirigallo, gallina quiquirigallina, oca condesa, pata abadesa... Sí, estás en la carta; ¡vamos!".

Poco después encontraron al pajarito jilguerito.

-¿Adónde vais, comadre pata, comadre oca, comadre gallina y compadre gallo?
-A la boda de Pulgarcito.
-Vamos a la boda de Pulgarcito,, respondió el gallo.
-¿Puedo ir yo?
-Sí, si estás aquí, y el gallo volvió a abrir la carta, pero el lobo no estaba en ella.
-¡Pero yo también quiero ir!, dijo el lobo.

Y todos, por miedo, respondieron: -¡Pues vamos!.

Tras dar algunos pasos, el lobo dijo de pronto: -¡Tengo hambre!.


-Yo no tengo nada que darte, respondió el gallo.
-¡Entonces te comeré a ti!, y el lobo abrió la boca y lo engulló en un santiamén.

Al cabo de un rato, el lobo repitió; -¡Tengo hambre"
La gallina le respondió lo mismo que el gallo, Y el lobo la engulló también, Y así hizo con la oca y así también con la pata. Quedaba sólo el pajarito. El lobo, tan hambriento como siempre, dijo:
-¡Tengo hambre!.

-Yo no tengo nada que darte, dijo el pájaro.
-¡Entonces te comeré a ti!. Abrió la boca y... el pajarito voló sobre su cabeza. El lobo intentaba cogerlo, pero el pajarito revoloteaba de aquí para allá, saltaba sobre una rama, sobre otra, después aterrizaba sobre la cabeza del lobo, sobre la cola... y le volvía loco. El pajarito estaba ya cansado, cuando vió a lo lejos a una mujer con un cesto sobre la cabeza: les llevaba el almuerzo a los segadores. Le dijo entonces al lobo:
-Si me perdonas la vida, te procuraré la buena comida de pasta y carne que esa mujer lleva a los segadores.


En efecto, cuando la mujer vio a aquel pajarito tan bonito, enseguida alargó la mano para cogerlo. Pero él se alzó un poquito. Entonces la mujer dejó el cesto en el suelo y se puso a perseguir al pajarito. Así pudo el lobo ir hacía el cesto y comérselo todo.

-¡Auxilio, auxilio!, gritó la mujer.

Llegaron los segadores, los unos con la hoz, los otros con el bastón, saltaron encima del lobo y lo mataron. Y cuando empezaron a desollarlo, de la panza saltaron sanos y salvos el gallo quiquirigallo, la gallina quiquirigallina, la oca condesa, la pata abadesa. Y con el pajarito jiguerito, todos juntos se fueron a la boda de Pulgarcito.

Y colorín colorado...



martes, 23 de noviembre de 2010

La merienda del ratón


Una vez un ratón salió de su casa, que estaba debajo de una gran alfombra, y se metió sin saberlo en la cesta de un gato. El gato estaba de paseo, pero al volver exclamó:

-¡Qué bien, ya tengo merienda!
Y de un bocado se zampó al ratón.

Al gato le entró sueño y sin darse cuenta se echó a dormir en la caseta del perro. El perro había ido de caza, pero al volver exclamó:

-¡Qué bien, ya tengo merienda!
Y de un bocado se zampó al gato.

El perro se fue de paseo, pero como comenzó a llover se refugió en la jaula del león. El león había salido para hacer su número de circo, pero al volver exclamó:

-¡Qué bien, ya tengo la merienda!
Y de un bocado se zampó al perro.

En la tripa del león, el perro no decía nada. En la tripa del perro, el gato no decía nada. Pero en la tripa del gato, el ratón refunfuñaba.
No le gustaba estar metido dentro de tantas tripas.

-¡Todo el mundo ha merendado menos yo! -decía-. ¡Menudo hambre tengo!

El ratón hizo cosquillas al gato. El gato se retorció de risa e hizo cosquillas al perro. El perro se retorció e hizo cosquillas al león.
El león comenzó a reir, y a reir. Y como el león cuando se rie abre la boca tanto como cuando ruge, el perro se escapó por la boca abierta.

El perro siguió riendo y por boca abierta se escapó el gato.
El gato siguió riendo y por su boca abierta se escapó el ratón.

Pero el ratón no reía. Seguía teniendo hambre. De pronto halló un buen pedazo de queso y exclamó:

-¡Qué bien, ya tengo la merienda!
Y de un bocado se lo zampó.

Y, a fin de cuentas, fue el único que merendó.

Y Colorín Colorado...


domingo, 21 de noviembre de 2010

LA VELA DEL AMA























Silbironca que te ronca,

ronquisilba que te silba;

don Quijote se pasea

sueño abajo, sueño arriba.


Junto a su cama está el Ama

con una vela encendida

que embelesada lo vela,

que desvelada lo cuida,

y afligida suspillora

y después llorisuspira,

y la llama de la vela

ante el Ama dancigira,

dancigira y giridanza

-¡llama altiva y llamativa!-

a la par que don quijote

silbironca y ronquisilba…


… Mas ahora chillisopla

preso de una pesadilla

sofocando a llama y Ama

soplichilla que te chilla.

Del libro Don Quijote cabalga entre versos, Everest, col. Rascacielos (2005)
Mar Pavón

SOPA














Sopa, sopita de letras

tomé ayer para cenar:

la B, la J, la Z

y toditas las demás.

Letras cené a trochemoche

y hoy ando con somnolencia,

que mi barriga esta noche

¡ha dado tres conferencias!


Del libro Desmadrario (Centro de Ediciones de la Diputación Provincial de Málaga, col. Caracol-2003) Mar Pavón

¡QUIERO BOCATA DE CUENTO!


















A papá lo quiero mucho,

por eso sobre él me siento

y al oído le susurro:

-Papá, ¿me cuentas un cuento?

En seguida me pregunta:

-¿Aquél de pan y pimiento...?

-¡Ese no, que no me gusta

y además dura un momento!

Pero mi mueca de enfado

papá la borra de un beso

y me cuenta el cuento largo

de dos perritos y un hueso:

Uno solía comer migas;

el otro, pastel de queso

y se emperraron un día

por un hueso de gran peso.

Y la historia es tan tremenda

y yo escucho tan atento

que al acabar, de merienda,

¡pido bocata de cuento!

Del libro Yeray poeto (Colección "Ajonjolí- Editorial Hiperión)

Mar Pavón

LA POETA










La poeta se casó con el poeto
Y en vez de tener un niño
Tuvieron un soneto.

Gloria Fuertes

Como se dibuja a un niño





















Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.
Pintarle mucho flequillo,
—que esté comiendo un barquillo—;
muchas pecas en la cara
que se note que es un pillo;
—pillo rima con flequillo
y quiere decir travieso—.
Continuemos el dibujo:
redonda cara de queso.

Como es un niño de moda,
bebe jarabe con soda.
Lleva pantalón vaquero
con un hermoso agujero;
camiseta americana
y una gorrita de pana.
Las botas de futbolista
—porque chutando es artista—.
Se ríe continuamente,
porque es muy inteligente.
Debajo del brazo un cuento
por eso está tan contento.

Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.

Gloria Fuertes


El cuento de Canillo el pescador

Recogido por el etnólogo vasco don José Miguel de Barandiarán, en Ataun, su pueblo natal, en 1922, el cuento "Canillo el pescador y Canillo el chico". "Kanillo arrantzalea ta Kanillo-txiki", pasó a convertirse en la más popular de todas las narraciones que, sobre asunto marinero, modernamente hayan circulado por Euskal Herria. Eso, a pesar de que la población guipuzcoana de Ataun se encuentre enclavada muchos kilómetros tierra adentro, al pie de la sierra de Aralar.
(ilustración de José Carlos Iribarren)

Dice el cuento que Canillo, un humilde pescador, pescó un día un besugo muy distinto a los que pescaba habitualmente. Porque se trataba de un besugo que sabía hablar. Y porque le prometió, a cambio de la libertad, colmar de riquezas al pescador. Canillo no dudó en devolver el pez a la mar, y ese mismo día, al volver a su casa, se encontró con que era poseedor de una inmensa fortuna.

Pero, ¡humana debilidad! Pasado poco tiempo, Canillo había dilapidado toda su riqueza, viéndose en la necesidad de volver a practicar la pesca para poder subsistir. Y otro día, ¡gran sorpresa!, volvió a pescar al mismo besugo de la otra vez. Pero en esta ocasión, a cambio de riquezas, además de la libertad, lo que el asombroso pez pidió a Canillo fue que le entregase el primer ser que al volver a casa le saliese al camino. Pensando que quien siempre salía a recibirle a su vuelta de la mar era un perrito, el pescador accedió. Devolvió pues el besugo al agua y emprendió el regreso a casa, remando presuroso.

Mas para su desgracia, ese día, tal vez porque se retrasó algo más de lo habitual, quien salió a su encuentro fue su propio hijo, Canillo el Chico. Mucho lo sintió, pero entregó el muchacho al besugo, que no era sino un diablo que había adoptado tal apariencia, y pronto volvió a enriquecerse.

Canillo el chico, por su parte se encaminó a una casa negra, la del diablo, donde en adelante permanecería cautivo, teniendo que servirle a aquél como un esclavo, Y como cierta noche hiciera mucho ruido cuando dormía sobre su camastro, el diablo le amenazó con arrojarlo a la mar. Como, aunque sin querer, repitió el ruido, a la mar se vio arrojado.

Nadó y nadó, y al amanecer llegó el muchacho a un punto apartado de la costa. Allí se encontró con un león, una paloma y una hormiga, que delante de una yegua muerta, se disputaban cómo repartírsela. Al ver al muchacho le explicaron que el litigio duraba ya tres días y que a ver si a él se le ocurría alguna solución. Canillo el Chico les propuso entonces hacer el siguiente reparto: adjudicar toda la carne al león, dar las entrañas a la paloma y dejar la médula para la hormiga.

Tan contentos se mostraron los tres animales, que cada cual dio una virtud al muchacho. El león le dijo que podría convertirse en león siempre que quisiera, con tan sólo exclamar legoi -león-. La paloma que podría ser paloma diciendo uso -paloma-. Y la hormiga le concedió la posibilidad de ser hormiga, pronunciando la palabra txingurri -hormiga-.

Convertido ahora en paloma por propia voluntad, el muchacho voló hasta la casa del diablo de la costa, encontrándose con que éste estaba siendo peinado en aquel momento por su criada. Se posó en uno de los árboles del jardín y aguardó. Pronto descubriría la criada a la paloma, y exclamaría: "¡Qué hermosa paloma!". A lo que respondería el diablo: "¡Cómo tú!". Seguidamente la criada añadiría: "Tú pareces inmortal, ¿sería posible que tú perdieras la vida de algún modo?". El diablo que parecía estar excesivamente locuaz aquella tarde, respondería: "En el monte Iparrarre vive mi hermano. En su vientre hay una liebre. En el vientre de la liebre una paloma. En el vientre de la paloma un huevo. Solo aquel que me arroje ese huevo a la frente podrá acabar conmigo". Canillo, que no había perdido una sola palabra, voló presuroso al monte Iparrarre.

Descubriendo una casa en las proximidades de aquel monte, se presentó en ella Canillo con su apariencia humana, y preguntó si necesitaban criado. Como le respondieron que sí, de criado se quedó en la casa o, más exactamente, como pastor, al cuidado de un rebaño de ovejas. Eso sí, le advirtieron que no llevase los animales al monte Iparrarre, pues podían perecer a manos de un diablo que allí había.

Lo primero que hizo el eventual pastor fue llevar el rebaño al lugar prohibido donde, sin tardanza, se le apareció el diablo en figura de hombre. Canillo dijo Legoi, se convirtió en león y comenzó a luchar contra el diablo, aunque, a decir verdad, ninguno resultó vencedor.
Tan sólo el diablo exclamaría: "¡Ah si estuviera aqui mi hermano!". A lo que Canillo, a su vez repondría: "¡Ah si pudiera comerme el panecillo que cuecen en mi casa a las once de la mañana!". Las únicas que salieron beneficiadas fueron las ovejas, que comieron más que nunca.

Al día siguiente Canillo volvió a llevar el rebaño al mismo sitio. Nuevamente se le apareció el diablo. Y otra vez, convertido en león, luchó contra él sin éxito por ninguna de las dos partes. Aunque también ahora, ambos repitieron la misma frase del día anterior. Lo que ninguno de los dos sabía era que estaban siendo espiados por una criada de la casa.

Al tercer día el resultado de la disputa entre el diablo y Canillo sería muy distinto. Porque la criada, cuando el muchacho exclamó la frase que aludía al panecillo, le arrojó uno hecho por ella misma, lo que dio al joven las fuerzas necesarias para al fin matar al diablo. Así una vez muerto éste, abrirle el vientre, sacarle la liebre, de ésta la paloma y a ella el huevo, fue coser y cantar.

De ahí a matar al otro diablo, el de la costa, arrojándole el huevo en mitad de la frente, fue todo una misma cosa. Libre definitivamente de los dos diablos, Canillo el Chico volvería junto a su padre, con quien viviría en lo sucesivo rodeado de riquezas.

Y colorín colorado...

sábado, 20 de noviembre de 2010

El cocodrilo mentiroso


A veces es difícil ganarse la vida y entonces hay que derrochar ingenio para poder salir adelante. Algo de esto le pasaba a un cocodrilo que vivía a orillas del río, en plena selva.

Confundido con el fango, acechaba a los animales que se acercaban al agua a beber, inmóvil bajo el sol, como una estatua de piedra. De esta forma. lograba atrapar a muchos de ellos.

Tanto fue el cántaro a la fuente que nuestro cocodrilo acabó siendo muy conocido por estos pagos. Para poder comer tuvo que inventarse un nuevo método.

Este consistía en liarse un pañuelo a la boca y comenzar a lloriquear. Los animales de la selva, creyendo que le pasaba algo malo, se acercarían a echar un vistazo y entonces... ¡zás!, podría comerse a los incautos.

El método empezó a salirle bien.

Una tarde, bajó al río una bandada de patitos. No tardaron algunos de ellos en escuchar el llanto del cocodrilo. Curiosos de remate, se fueron acercando uno a uno y el cocodrilo terminó dando buena cuenta de ellos. Sólo quedó el patito más pequeño, quien, siendo más listo que los demás, no se creyó la comedia del cocodrilo y se marchó, diciéndole que iba a avisar al médico.

Pilló distraido al cocodrilo, y le puso una estaca entre las fauces. De este modo quedó su boca tan abierta que todos los patitos que estaban en el vientre del cocodrilo, pudieron salir sanos y salvos.

Una vez más el ingenio se impuso a la glotonería y a la fuerza.

Y colorín colorado...

viernes, 19 de noviembre de 2010

El juego del escondite


Al moscardón y a la mariposa les apetecía jugar y están discutiendo sobre el juego más conveniente.

-Propongo que juguemos al escondite -dice la mariposa que, por cierto, es colorada.

-¿Al escondite? ¡Ja, ja, ja! -contesta el moscardón, entre grandes carcajadas-. Pero mujer, con las alas tan grandes que tienes te encontraría en cualquier sitio en que te escondieras!-

-¿Ah, sí? Eso tendrás que demostrarlo, amiguito- afirma ella, desafiante.

Se inicia el juego. Primero le toca esconderse al moscardón, y lo hace detrás de un matorral. Es tan marcado el zumbido de sus alas que la mariposa le encuentra con facilidad.

Ahora le toca el turno de esconderse a la mariposa. Ésta se refugia entre los pétalos de una flor de su mismo color y se enmascara perfectamente. Parece una parte inseparable de la misma.

El pobre moscardón busca y busca durante horas. Al fin, grita en voz alta:

-¡Bueno, vale, me rindo! ¡Ya puedes salir de tu escondite!

Moraleja: Las apariencias pueden engañarnos y los colores sirven para ocultarse tanto como para ser delatado. Todo depende del uso que le demos.


jueves, 18 de noviembre de 2010

La amapola encantada

Había una vez una mujer bella y buena a la que todos querían.

Todos, menos una malvada bruja, que, llena de envidia, le echó un hechizo convirtiéndola en amapola.

Sin embargo, el hechizo no era lo suficientemente poderoso, y cuando se ponía el sol, la infeliz víctima dejaba de ser flor y volvía a convertirse en persona. Así, todas las noches, la joven regresaba a su casa, donde su marido la esperaba impacientemente.

Una noche le dijo a su marido:

-¡Tienes que salvarme, ya no puedo seguir así!
-Pero ¿qué puedo hacer yo?
-Si consigues cortarme, se romperá el hechizo.

El marido se lo prometió, y a la mañana siguiente se dirigió al campo, pero se encontró con que había millares de amapolas.

-¿Cómo sabré cuál es mi amada esposa? -se lamentó.

De pronto encontró la solución.

-¡Será la única que no tenga rocío en sus pétalos, pues ella ha pasado la noche junto a mí! -gritó feliz.

Y efectivamente, encontró la flor que buscaba, la cortó y su esposa volvió a transfromarse para siempre en la bella mujer que había sido.

Y Colorín Colorado...




Arenillo, el gusano de tierra

Arenillo vive en una maceta que hay sobre el alféizar de una ventana. Es un gusanito de arena, que come pequeños trozos de raíz y se entretiene removiendo la tierra. Gracias a su labor, la planta que adorna la maceta crece fuerte y hermosa.

-Es la planta más bonita de todo el barrio -dice Dormilón, un gato negro al que le gusta dormir sobre la ventana, y que es muy amigo de Arenillo.

El gusanito es muy feliz; tiene un amigo que le quiere, sabrosas raíces para comer y vive en un lugar donde el aire es puro y casi siempre da el sol.

Pero un día, Dormilón no aparece sobre la ventana; ni al otro día, ni al otro. Arenillo comienza a preocuparse.

-¿Le habrá ocurrido algo malo? -se pregunta-. A lo mejor es que ha encontrado un amigo mejor que yo, y no tiene tiempo para gastarlo con un gusano de tierra -se contesta él mismo, apesadumbrado.

Al cuarto día, aparece Dormilón. El gusanito se alegra muchísimo de ver a su amigo sano y salvo. Bueno, la verdad es que tiene un par de arañazos y un ojo a la virulé.

-He encontrado a la gatita más guapa del mundo -le cuenta orgulloso Dormilón-, y ahora somos los novios más felices de todos los tejados del barrio.

-¿Novia? ¿Qué es eso? -pregunta Arenillo-. ¿Acaso esa cosa es mejor que un amigo?

Dormilón explica al gusanito lo que es una novia, y después le dice:

-He venido sólo para contártelo, porque eres mi mejor amigo, pero ahora me voy corriendo, ella me está esperando.

Y dicho esto, el gato desaparece dando un gran salto por la ventana.

-Yo jamás tendré novia -piensa Arenillo cuando se queda solo-, pues no puedo salir a buscarla como mi amigo Dormilón. Si salgo de esta maceta el sol quemaría mi cuerpo antes de encontrar una compañera.

Y desde ese día, a Arenillo ya no le parecen las raíces tan sabrosas ni el sol tan brillante.

Hasta que una mañana, muy temprano, unos fuertes ruidos sobre la ventana despiertan al gusanito.

Lleno de curiosidad, y con mucho cuidado, Arenillo asoma la cabecita entre la tierra. Es la dueña de la casa, que está poniendo más macetas.

Ninguna es tan bonita como la suya, pero esto ya no le importa.
Arenillo está a punto de meterse de nuevo entre la cálida tierra de su maceta, cuando oye una vocecita que le pregunta:

-¡Hola! ¿Tú también vives aqui?

Arenillo mira en esa dirección y ve a la más encantadora de las gusanitas que le está guiñando un ojo desde la maceta que hay junto a la suya. Por un momento, casi está apunto de desmayarse.
Pero enseguida se repone de la impresión y, lleno de atrevimiento, le pregunta:

-¿Quieres ser mi novia, preciosa criatura?

La gusanita, que se llama Curvitas, se pone colorada, pues es muy tímida, pero luego contesta que sí con un parpadeo de pestañas que hace que el gusanito corra hacia ella, sim miedo al sol que cae sobre la ventana.

Ahora, Arenillo es el gusano más feliz de todas las macetas del barrio, y está deseando que Dormilón vuelva a visitarle para poder decirle que él también tiene una novia maravillosa.

Y Colorín Colorado...


miércoles, 17 de noviembre de 2010

La princesa y el guisante


Había una vez un Príncipe que quería casarse con una Princesa, pero con una Princesa de verdad. Dio la vuelta al mundo buscando una, y aunque a decir verdad no faltaban princesas, no podía nunca estar seguro de si eran verdaderas princesas; siempre había alguna cosa en ellas que le parecía sospechosa. En consecuencia, se mostraba muy afligido por no haber encontrado lo que deseaba.

Una noche en que hacía un tiempo horrible, los relámpagos se cruzaban, el trueno retumbaba y la lluvia caía a torrentes, algo espantoso, alguien llamó a la puerta del castillo y el viejo Rey se apresuró a abrir.

Era una princesa. ¡Pero gran Dios, de qué manera la habían puesto la lluvia y la tormenta! El agua se escurría por sus cabellos y sus vestidos, le entraba por la espalda y le salía por los talones. Sin embargo, se presentó como una verdadera Princesa.

-Eso lo sabremos bien pronto -pensó la vieja Reina. Y enseguida, sin decir nada a nadie, entró en la alcoba, deshizo la cama y puso un guisante sobre el tablero. Enseguida tomó veinte colchones y los extendió sobre el guisante, y además veinte almohadones que amontonó encima de los colchones.

Era ésta la cama destinada a la Princesa. A la mañana siguiente le preguntaron cómo había
pasado la noche.

-Muy mal -contestó, apenas si he cerrado los ojos en toda la noche. Dios sabe lo que había en esta cama, pero una cosa tan dura, que he llenado la piel de cardenales. ¡Qué suplicio!

Por la respuesta se conoció que era una verdadera Princesa, pues había sentido un guisante a través de veinte colchones y veinte almohadones. ¿qué mujer sino una Princesa podía tener la piel tan delicada?

El Principe, perfectamente convencido de que era una verdadera Princesa, la tomó por esposa y el guisante fue colocado en el museo, donde debe hallarse, a no ser que algún curioso se lo haya llevado.

He aquí una historia tan verdadera como la Princesa.



Cuento de Hans Christian Handersen
Ilustrado por Michael Fiodorov

martes, 16 de noviembre de 2010

El dragón amable

Alicia y su muñeca Carlota jugaban en el jardín. Alicia estaba un poquitín aburrida. Había mucho silencio porque su mejor amiga, que vivía al lado, se habia ido a visitar a su abuela. Entonces, de pronto, se oyó un ruido extraño. Parecía que alguien estaba llorando. ¿Quién podía ser?

Y entonces apareció entre los árboles, al fondo del jardín, una criatura muy extraña. Pero como Alicia tenía muchísimos libros de cuentos hadas y libros muy bien ilustrados, no tardó ni un minuto en saber qué era.

-¡Es un dragón! -exclamó-. ¡Mira, Carlota, un dragón de verdad!

No se asustó, porque se veía de lejos que el dragón no era fiero. No era muy grande y estaba trastornado, porque unos grandes lagrimones le bajaban por las mejillas.

-¡Pobre de mí!- gemía-. ¡Pobre de mí, pobre de mí!
-¡No te preocupes! -dijo Alicia, sacando su pañuelo y ofreciéndoselo al dragón para que pudiera secarse las lágrimas.

-Gracias -dijo el dragón y dejó de llorar.
-Ahora, cuéntame qué te pasa -le rogó la niña.

-Que no parezco un dragón -dijo el animal con los labios temblorosos-. Se supone que los dragones son feroces y siempre andan peleando. Yo no quiero pelear y no me gusta rugir. Los demás dragones se burlan de mí. -Emitió un simpático rugido -. Ya lo ves. Esto es todo lo que puedo hacer. No suena muy feroz, ¿verdad?

-No, la verdad, no mucho.
Después de decir esto, Alicia reflexionó unos instantes.

-Mira -propuso, ven a mi casa y te presentaré a mis amigos. Esto te animará. -Y lo hizo entrar en su casa.

-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto! -dijo su mamá.
-Es un pobre dragón que está triste -explicó Alicia-, y quiero presentarle a mis amiguitos para que se alegre un poco.
-Allí están -dijo.

Y allí, sentados por toda la habitación estaban todos sus juguetes: los dos ositos, el marinero y el espantapájaros, el bebé y el búho sabio.
-¡Mirad! -les dijo Alicia-. Éste es mi amigo el dragón y está triste porque no es fiero.
-¡Gracias a Dios! -exclamó el muñeco vestido de marinero.
-A mí me parece un dragón muy simpático -comentó el espantapájaros.

El búho normalmente no hablaba demasiado porque dormía todo el día y sólo por la noche se despertaba. Pero mira por dónde, resulta que ahora estaba completamente despierto.
-Y ¿puede saberse para qué quieres ser fiero? -preguntó.
-Porque todos los demás lo son -dijo el dragón con un gran suspiro.

-Pues yo pienso... -dijo el búho, y todos prestaron atención a lo que iba a decir- pienso que podrías ser el único dragón amable de todo el país.
-Sí, claro, no es mala idea... -meditó el dragón.
-Tú sabes que todo el mundo cree que los dragones son feroces. Se llevarán una gran sorpresa si tropezaran con uno que fuera amable y simpático y ayudara a la gente.

-¡Qué buena idea! -comentó el dragón-. ¡Voy a empezar enseguida!
-¡Viva! -gritaron todos y agitaron sus manos diciéndole adiós.
Cuando llegó a la puerta, antes de salir, volvió la cabeza y emitió un gentil gruñido.

Muchos años después, corría la noticia de que un dragón muy grande habia sido visto en la ciudad. La gente rápidamente corrió a sus casas a cerrar las puertas y echar los cerrojos, pero, con gran asombro, pudieron darse cuenta de que el dragón resultaba ser muy pacífico.

Los días que no hacia viento, ayudaba soplando, para que se secara la ropa tendida. Se quedaba quieto durante horas y horas para que pudieran dibujarle. Y muchas veces se le oía tararear una alegre cancioncilla.

Alicia escuchaba lo que se decía y sonreía para sus adentros. Ella sabía muy bien que aquel dragón era el suyo.

Es un cuento de Mabel Lucie Attwell. Las ilustraciones son de la misma autora.



lunes, 15 de noviembre de 2010

El congreso de ratones














Juntáronse los ratones,
Para librarse del gato;
Y después de un largo rato
De disputas y opiniones,
Dijeron que acertarían
En ponerle un cascabel,
Que, andando el gato con él,
Guardarse mejor podrían.

Salió un ratón barbicano,
Colilargo, hociquirromo,
Y, encrespando el grueso lomo,
Dijo al senado Romano,
Después de hablar culto un rato:
“¿Quién de todos ha de ser
El que se atreva a poner
Ese cascabel al gato?”

Lope de Vega