domingo, 18 de enero de 2015

La sirenita y el pez



Autor:  Xavier Coderch

El pozo amargo

Tiempo ha que en la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto. Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar.

Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate. Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de sus pensamientos.

Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín.

Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte y va por la espalda al corazón de don Fernando. Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.

Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas. Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.

Viajero: Esta es la leyenda que dio nombre a la calle del Pozo Amargo, en cuya plaza solitaria verás una losa que cubre aquella poterna de aguas no salobres, sino amargas de las lágrimas que en ella derramó la bella israelita.

Autor: Pablo Gamarra
foto del pozo de  "gabillo", en Flickr.com



sábado, 17 de enero de 2015

La trama de la vida


Leyendas de Oriente    

El visir Alí-ben Hassán, primer ministro de Amgiad el gran califa, se paseaba un día por los alrededores de Bagdag. desde la mañana  no había tenido más que disgustos. Había dormido mal. Luego, su hijo primogénito, Nerudín, que salió de casa la noche anterior, había vuelto ya bien claro el sol, vergonzosamente borracho, revelando a las claras que se trataba con los jóvenes calaveras de Bagdag y que infringía la sabia ley del Profeta, que prohibe el uso del vino y de los licores. Por otra parte, la criada que tenía el cargo de acompañar a su hija al baño, le había comunicado al regresar que, por quinta vez, en el espacio de otros tantos días, un joven de aire satisfecho se había atravesado en su camino como por casualidad, y que Armina, al pasar, con el pretexto de arreglarse el velo, se lo había desarreglado, de manera que permitió al apuesto desconocido ver su radiante rostro, hecho que en toda doncella mahometana constituye un grave olvido de las reglas de la buena conducta.

Muy malhumorado ya por estas desazones, Alí había ido al Consejo, y al presentarse ante el califa Amgiad éste le había recibido friamente. Hacía poco tiempo que una sedición revolvía a una provincia próxima. Alí la había reprimido con gran energía, sin considerar el asunto digno de ser expuesto a su glorioso señor y amo; pero los enemigos del ministro,  no habían sido igualmente reservados  y el califa reprochó con gran vehemencia a su ministro, primero, el haber dado lugar a que surgiese una sedición en su reino; segundo, el haberle ocultado el hecho, y tercero, el haberla reprimido por la fuerza y no por la persuasión, que es ciertamente preferible, aunque desgraciadamente no siempre eficaz. Por esta causa, Alí había salido del consejo muy molesto por la impresión, siempre dolorosa para un estadista, de que su crédito había mermado considerablemente.




Llegado apenas a su casa, su esposa había reñido con él, acusándole de tacañería en la cantidad que le destinaba para vestirse y declarándole que la esposa del gobernador de palacio se vestía mejor que ella, que en realidad no tenía nada que ponerse. Alí inclinó la cabeza ante la tormenta y mandó a sus criados que le sirviesen su comida, esperando hallar en los placeres de la mesa una compensación a sus disgustos públicos y privados; más por desgraciada casualidad, el cocinero prescindió aquel día de todos los platos que le gustaban al visir.


Completamente desesperado, Alí salió de su casa, dejó la ciudad y se fué a pasear al campo.
Verdaderamente- murmuró Alí según iba andando-, hay días en que debiera uno poner fin a su existencia. ¿Para qué le sirve a uno la vida sino para rabiar?

Un sol abrasador quemaba el camino que seguía el visir, que no tardó en sentir un irresistible deseo de encontrar algún lugar umbroso. Después de mucho buscar, llegó a un sendero que, por lo estrecho y torcido, prometía frescura y paz, y se internó en él. Anduvo hasta una tapia ruinosa, cerca de la cual se alzaba una palmera. Alí lanzó un suspiro de satisfacción y se echó junto a la tapia, a la sombra de las anchas hojas del árbol. Seguramente no hubiera tardado en quedarse dormido, si no hubiese comenzado  a molestarle un monótono zumbido. Miró el visir a un lado y otro, y vió girar alrededor de su cabeza una mosca preciosa verde y oro.

Como Alí deseaba la paz del sueño, la espantó dos o tres veces con la mano, pero la obstinada mosca volvió una y otra vez a él, acabando por posársele descaradamente en la nariz.

Esto ya era demasiado. Alí se sentó bruscamente y dió un manotazo vigoroso a su enemiga sin alcanzarlo. Pero la mosca, en su precipitada fuga, no vió que se iba derecha a la tela de una araña muy gorda tendida entre un ángulo de la tapia y el tronco de la palmera. El visir no pudo menos de sentirse satisfecho al pronto, diciendo para sus adentros:

-¡Ahora me dejarás dormir un rato, mosca mareona!

Y como siguiera observando lo que le ocurría a la mosca verde-oro, vió salir de una grieta de la tapia una mostruosa araña que tenía tan grande el vientre como la yema de un dedo de hombre y unas patas largas, negras y velludas. Corrió la araña hacia su presa y se puso a tejer una red en torno de la mosca, que aleteaba en un vértigo de terror y de angustia. Hacía tan desesperados esfuerzos para librarse de sus ligaduras, que Alí se compadeció al fin, al ver la inútil lucha, y aun cuando estaba muy cansado, no quiso dejar perecer a su enemiga de un modo tan triste. Levantándose, pues, espantó a la araña y libró después a la mosca de su cautiverio.

-Ahora espero que me dejes en paz- le dijo abriendo los dedos y dejándola libre.

La mosca echó a volar y Alí la perdió enseguida de vista. Entonces volvió a tenderse a la sombra de la palmera, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Una voz que pronunciaba su nombre le despertó, y al abrir los ojos vió ante él un personaje de deslumbradora belleza y proporciones gigantescas. De sus hombros salían dos alas tenues y transparentes. Alí comprendió que se hallaba en presencia de un genio.

-Visir, dijo la aparición-, me has prestado un verdadero servicio. Yo era la mosca que zumbaba ha poco alrededor de tu cabeza. Había tomado aquella forma con el fin de dejar un rato mi ordinaria grandeza y volar libremente en los rayos del sol. Un perverso encantador, enemigo mío, trató de aprovechar la ocasión y se convirtió en la araña aquella en cuya tela quedé preso y de la cual no hubiese escapado a no ser por tu auxilio. Porque has de saber que, aun cuando se nos permite tomar la forma que se nos antoja, corremos al mismo tiempo el riesgo de caer en iguales lazos que los seres cuyo aspecto adoptamos, y si caemos, sólo puede librarnos de ellos el auxilio de los hombres. Así me he salvado gracias a tu generosa intervención, y en pago a ello pídeme un favor, pues cualquiera que éste sea prometo concedértelo.

El visir permaneció silencioso y al fin repuso:

-Hace una hora estaba yo pensando que no nos trae ninguna ventaja el vivir muchos años, porque diversos disgustos nos estropean muchos días de nuestra existencia y, por lo tanto, sería mucho mejor vivir menos tiempo, siempre que nuestra existencia se compusiera exclusivamente de días claros y felices. Pues, si está en tu poder hacerlo, suprime de mi vida futura todos los días de aflicción y déjame vivir sólo aquellos que haya de verme tranquilo y alegre. Si me complaces, pagarás con largueza el favor que te he hecho.

Al oir tales palabras el genio sonrió de un modo enigmático y dijo a Alí:

-¿Has meditado bien tu deseo?
-Sí- respondió Alí.
-¡Pues sea como quieres!

Instantaneamente el visir sintió que su fantástico interlocutor le cogía la mitad del cuerpo y le elevaba hasta una altura tal, que perdió el sentido; y cuando volvió en sí se encontró en la cama de su casa de Bagdag, con el cuerpo tan estirado y tan frío, que no podía hacer el más ligero movimiento.
Tenía cerrados los ojos, mas a pesar de ello veía lo que pasaba en torno suyo y oía todo lo que hablaban en el aposento, que estaba lleno de gente. Hallándose allí su esposa, sus hijos y sus criados, llorando todos y lamentando la pérdida de tan buen esposo, tan buen padre, tan buen amo y tan fiel y noble amigo.

Y pensó Alí: -¿Es que estoy muerto?
-Sí- contestóle una voz.

El genio apareció a los pies de la cama, sin que fuera visible para nadie más que para Alí, cuyos pensamientos leía.

-¡Pérfido espíritu!- pensó el visir-. ¿Es este el modo de cumplir tu promesa?

-No me acuses a mí- replicó el genio-; acusa solamente a tu propia torpeza. ¿Por qué me pediste lo que era imposible? Dos hadas tienen el cargo de hilar el destino de los hombres. Al principio de todas las cosas, se puso ante una de dichas hadas un montón de lana blanca para que hilara con ella los días dichosos, y ante la otra un montón de lana negra para que con ella tejiera los días que habían de ser infaustos. Pero una noche, mientras las hadas dormían, llegó el diablo y se divirtió un rato revolviendo los dos montones de lana, enredándola de tal modo, que cuando las hadas se despertaron les fué imposible separar la lana negra de la lana blanca. Desde entonces tiene que hilar los días con los colores mezclados, y por eso se componen de alegrías y tristezas. recuerda los que has vivido, y di si hay alguno en que no hayas tenido alguna satisfacción, por pequeña que haya sido. Al pedirme que cortara de tu vida futura todos aquellos días en que hubieras de tener algún disgusto, me pediste en realidad que suprimiese todos, y ha llegado para ti el día de la liberación, que es el de la muerte. Siento mucho haber tenido que darte esta lección, pero tú lo has querido así.

-Desgraciadamente no puede servirme ya de nada puesto que he muerto- dijo Alí.

El genio se sonrió entonces y le dijo:

-Soy benévolo. Si quieres, será como si no me hubieses dicho nada; volveré a llevarte al lugar donde te traje y no se cambiará nada en tu existencia. ¿Aceptas?

-No puedo desear cosa mejor- respondió el visir.

El genio tendió los brazos a Alí, ante cuya vista desapareció todo, y por segunda vez se quedó privado de
sentido. Cuando lo recobró estaba al pie de la tapia, a la sombra de la palmera donde se había quedado
dormido antes. Levantándose, preguntándose a sí mismo si le había ocurrido realmente aquello o si había sido sencillamente un sueño, y se encaminó a su casa pensativo.


Y llegando a ella, se enteró Alí de que su hijo Nuredín se había puesto tan  malo a consecuencia de los excesos de la noche anterior, que había jurado no volver a beber más que agua. Supo también que el joven con
quien se encontraba su hja tan frecuentemente al ir y volver del baño, era hijo de uno de los personajes más ricos e importantes de Bagdag, y que había pedido formalmente la mano de Armina. Además, recibió el visir una carta del califa Amgiad, su soberano, declarándole que , después de reflexionar, consideraba prudente y enérgica su conducta, y asegurándole que gozaba más que nunca de la estimación regia. Por fin, la esposa del visir había hecho una visita a la esposa del gobernador de palacio, y había visto con sus propios ojos que el nuevo vestido de aquella dama era un verdadero mamarracho, por lo cual estaba de muy buen humor.

Y hasta el cocinero había resuelto reparar la negligencia de la mañana, y sirvió a Alí una comida exquisita.

Así terminó, del modo más dichoso, un día que había comenzado tan adversamente, y el visir, al ir a
acostarse, se confesó a sí mismo, sonriendo, que el genio, real o imaginario, le había dado una lección
sabia, que nunca más olvidaría.



Saturnino Calleja Fernández (Burgos 1853 - Madrid, 9 de julio de 1915) fue un editor, pedagogo y escritor español, fundador de la Editorial Calleja, autor de libros de educación primaria y de lecturas infantiles.
Realizó dos importantes novedades en el mundo editorial de la época: publicó grandes tiradas de los libros y cuentos (con muy pequeño margen de beneficio, con lo que abarató mucho los precios) e ilustró profusamente todos ellos con dibujos de los mejores artistas, con lo que logró unos cuentos atractivos y al alcance de los bolsillos de menor poder adquisitivo, acostumbrando a leer, con ello, a varias generaciones de niños.

Por otra parte, los libros de pedagogía eran entonces escasos, malos y caros. Calleja editó otros, basados en las más modernas tendencias pedagógicas europeas, y los llenó de bonitas ilustraciones (su gran lema era "Todo por la ilustración del niño") y los repartió (a veces a costa de su bolsillo) por las entonces paupérrimas escuelas de los pueblos de España.

La Editorial Calleja publicó del orden de los 3.000 títulos, no solo de cuentos, sino también libros de texto y libros de pedagogía (muchos de estos escritos por el propio Calleja), así como literatura clásica (varias ediciones del Quijote, la primera edición completa de Platero y yo, etc.), diccionarios como el Diccionario manual de la lengua española ilustrado con millares de grabados, mapas geográficos, retratos de hombres célebres y láminas enciclopédicas), atlas, libros de medicina, higiene, derecho, baile, cocina etc.

Es muy conocido por su colección de cuentos económicos, baratísimos, al alcance de todos los bolsillos infantiles que tuvieran 5 y 10 céntimos. De esto deriva la expresión "¡Tienes más cuento que Calleja!".
Información obtenida de Wikipedia





domingo, 4 de enero de 2015

Al hombre de la luna se le hizo un rato tarde de J.R.R. Tolkien












Existe un bar, un viejo bar
        detrás de un altozano,
donde hay cerveza tan oscura
que un día el Hombre de la Luna
        bajó a tomar un trago.

Allí hay un gato borrachín
        que en el violín es ducho.
Y su arco sube, y baja, y va
gimiendo aquí, siseando allá,
        chirriando cual serrucho.

El posadero tiene un perro
        amigo de las bromas.
Si cuenta un chiste algún cliente
alza la oreja y ríe fuerte
        y a veces se sofoca.

Y tiene una vaca con cuernos,
        altiva cual princesa,
que con la música enloquece,
agita el rabo y se estremece,
        mientras baila en la hierba.

Los platos, ¡oh!, de plata son,
        igual que las cucharas.
Para el domingo, un juego fino
la víspera, con todo mimo,
        se limpia y abrillanta.

Bebía el Hombre de la Luna,
        y ya maullaba el gato.
El perro el rabo se cazaba,
la vaca, loca, y la cuchara
        danzaba con el plato.

El Hombre un trago más tomó,
        rodando de la silla.
Durmió, y soñaba con cerveza.
Palidecieron las estrellas,
        el alba aparecía.

Le dijo al gato el postillón:
        "Relinchan muy ansiosos
los blancos potros de la Luna,
pues su amo ronca sin premura
        y el Sol saldrá bien pronto".

El gato, entonces, comenzó
        su música estridente,
chirriando y serruchando aprisa.
El dueño al Hombre sacudía:
        "¡Ya son las tres y veinte!"

Llevaron al Hombre a la Luna,
        subiendo la lomada.
Detrás, los potros galopando;
la vaca iba saltando; un plato
        huyó con la cuchara.

Pero el violín tocó más rápido,
        rugía el perro, andaban
vaca y potros patas arriba,
y del lecho todos salían
        a bailar a la sala.

¡Saltó la cuerda del violín!
        Reía el perro; un brinco
sobre la Luna dio la vaca;
con el plato huyó la cuchara
        de plata del domingo.

Así la Luna al fin partió
        y el Sol se alzó en el cielo.
Mas ¡qué sorpresa se llevó,
pues todos al salir el Sol
        a la cama se fueron!

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En la taberna de Bree, "El Poney pisador" Frodo salta sobre una mesa y recita esta canción inventada por Bilbo. 

Los Libros Voladores (Cortometraje Animado 3D) HD





La historia es protagonizada por Morris Lessmore, quien vive en Nueva Orleans. Un día, mientras estaba en el balcón de un hotel escribiendo un libro, el hombre es atrapado por un huracán que...