sábado, 2 de octubre de 2010

La Flor de Lirolay



Este era un rey ciego que tenía tres hijos. Una enfermedad desconocida le había quitado la vista y ningún remedio de cuantos le aplicaron pudo curarlo. Inútilmente habían sido consultados sabios más famosos.

Un día llegó al palacio, desde un país remoto, un viejo mago conocedor de la desventura del soberano. Le observó, y dijo que sólo la flor del lirolay, aplicada a sus ojos, obraría el milagro. La flor del lirolay se abría en tierras muy lejanas y eran tantas y tales las dificultades del viaje y de la búsqueda que resultaba casi imposible conseguirla.
Los tres hijos del rey se ofrecieron para realizar la hazaña. El padre prometió legar la corona del reino al que conquistara la flor del lirolay.

Los tres hermanos partieron juntos. Llegaron a un lugar en el que se abrían tres caminos y se separaron, tomando cada cual por el suyo. Se marcharon con el compromiso de reunirse allí mismo el día en que se cumpliera un año, cualquiera fuese el resultado de la empresa.

Los tres llegaron a las puertas de las tierras de la flor del lirolay, que daban sobre rumbos distintos, y los tres se sometieron, como correspondía a normas idénticas.

Fueron tantas y tan terribles las pruebas exigidas, que ninguno de los dos hermanos mayores la resistió, y regresaron sin haber conseguido la flor.

El menor, que era mucho más valeroso que ellos, y amaba entrañablemente a su padre, mediante continuos sacrificios y con grande riesgo de la vida, consiguió apoderarse de la flor extraordinaria, casi al término del año estipulado.

El día de la cita, los tres hermanos se reunieron en la encrucijada de los tres caminos.

Cuando los hermanos mayores vieron llegar al menor con la flor de lirolay, se sintieron humillados. La conquista no sólo daría al joven fama de héroe, sino que también le aseguraría la corona. La envidia les mordió el corazón y se pusieron de acuerdo para quitarlo de en medio.

Poco antes de llegar al palacio, se apartaron del camino y cavaron un pozo profundo. Allí arrojaron al hermano menor, después de quitarle la flor milagrosa, y lo cubrieron con tierra.

Llegaron los impostores alardeando de su proeza ante el padre ciego, quien recuperó la vista así que pasó por los ojos la flor de lirolay. Pero, su alegría se transformó en nueva pena al saber que su hijo había muerto por su causa en aquella aventura.

De la cabellera del príncipe enterrado brotó un lozano cañaveral.

Al pasar por allí un pastor con su rebaño, le pareció espléndida ocasión para hacerse una flauta y cortó una caña.

Cuando el pastor probó modular en el flamante instrumento un aire de la tierra, la flauta dijo estas palabras:

No me toques, pastorcito,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de lirolay.

La fama de la flauta mágica llegó a oídos del Rey que la quiso probar por sí mismo; sopló en la flauta, y oyó estas palabras:
No me toques, padre mío,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de lirolay.

Mandó entonces a sus hijos que tocaran la flauta, y esta vez el canto fue así:
No me toquen, hermanitos,
ni me dejen tocar;
porque ustedes me mataron
por la flor de lirolay.

Llevando el pastor al lugar donde había cortado la caña de su flauta, mostró el lozano cañaveral. Cavaron al pie y el príncipe vivió aún, salió desprendiéndose de las raíces.
Descubierta toda la verdad, el Rey condenó a muerte a sus hijos mayores.

El joven príncipe, no sólo los perdonó sino que, con sus ruegos, consiguió que el Rey también los perdonara.

El conquistador de la flor de lirolay fue rey, y su familia y su reino vivieron largos años de paz y de abundancia.


Este cuento es conocido en la región norteña, en la región andina y en la región central. En Salta se lo llama "la flor lirolay"; en Jujuy "La flor del ilolay"; en Tucumán "La flor dl lirolá y también "del lilolá" y en Córdoba, La Rioja y San Luis "La flor de la Deidad".

Se consultaron las versiones recogidas por los siguientes maestros: Sra. Carmen A. Prado de Carrillo, Carmen de Canarraze, de Jujuy; Srta. Angélica D´Errico, de Salta; Sra. Elena S. de Aguirre y Sr. Adrián Cancela, Srtas. María Isabel Chiggia, Esther López Güemes y Sra. Elena S. de Aguirre, de Tucumán; Srta. Tránsita Caneón, de La Rioja y Srta. María E. O. González Elizalde, de Córdoba; Srta. Dolores Sosa ("La flor de lilolay"), Sra. Emma Pallejá, de Entre Ríos; Sra. María Luisa C. de Rivero, Alda C. de Suárez, de San Luis; Srtas. Urbana E. Romero, Aldea A. Nuñez e Irma Carbaux, de Santa Fe.
El tema ha sido puesto en verso por Juan Carlos Dávalos.
Extraída de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Guillermo Kraft Ltda., 1940

jueves, 30 de septiembre de 2010

Canción: El barco chiquitito (Rosa León)



Habia un barco chiquitito
Habia un barco chiquitito

que no sabi bi bia navegar
que no sabi bi bia navegar
oe oe oeoeoe oe oe

despues de cinco o seis semanas
despues de cinco o seis semanas

no habia na na nada que comer
no habia na na nada que comer
oe oe oeoeoeoe oe oe

y prepararon calcetines
y prepararon calcetines

con salsa bla blan blanca y al jerez
con salsa bla blan blanca y al jerez
oe oe oeoeoeoe oe oe

y se pusieron muy malitos
y se pusieron muy malitos

y se tuvi vi vieron que volver
y se tuvi vi vieron que volver
oe oe oeoeoeoe oe oe

si nuestra historia os ha gustado
si nuestra historia os ha gustado

la volvere re remos a contar
la volvere re remos a contar
oe oe oeoeoeoe oe oe

Rosa León - Debajo un botón (canciones infantiles)



Debajo un botón, ton, ton
Del señor Martín, tin, tin
Había un ratón, ton, ton,
¡ay! que chiquitín, tin, tin.

¡Ay! que chiquitín, tin, tin,
Era aquel ratón, ton, ton,
Que encontró Martín, tin, tin,
Porque es juguetón, ton, ton.

Es tan juguetón, ton, ton,
El señor Martín, tin, tin,
Que metió el ratón, ton, ton,
En un calcetín, tin, tin.

En un calcetín, tin, tin,
Vive aquel ratón, ton, ton,
Lo metió Martín, tin, tin,
Porque es juguetón, ton, ton.

Debajo un botón, ton, ton
Del señor Martín, tin, tin
Había un ratón, ton, ton,
¡ay! que chiquitín, tin, tin.

¡Ay! que chiquitín, tin, tin,
Era aquel ratón, ton, ton,
Que encontró Martín, tin, tin,
Porque es juguetón, ton, ton.
Debajo un botón, ton, ton
Del señor Martín, tin, tin
Había un ratón, ton, ton,
¡ay! que chiquitín,… 

Dedicado al sapo Pepe


En el jardín de mi casa
tengo un sapo juguetón
cosquilloso y muy glotón...
¡Come muchos caramelos!
Lo bautizé hace poquito
con todo mi corazón
y me llené de emoción...
¡Es un sapo muy bonito!
.
Ayer me invitó a pasear
por un jardín de colores...
¡Que bonitas son tus flores
exlamé con alegría!
El sapito muy feliz
se olvidó de sus temores
y de los agrios dolores
y se comió una perdíz
.
Y este cuento colorado,
llego verde hasta su fín...
*
*
Autora: Justina Cabral
País: Argentina
Derechos reservados












miércoles, 29 de septiembre de 2010

El basilisco del pozo - Mendoza, Araba -

En Mendoza de Araba existe un barrio llamado Urrialdo que hace muchos años estaba muy poblado, tenía numerosas casas y era un lugar próspero y rico.Un día, sin embargo, ocurrió algo que angustió y acabó con la alegría de los habitantes de Urrialdo. Una serpiente robó un huevo de gallina y lo empolló.

Llegado el momento, el huevo se rompió, y de él salió un basilisco. Tenía el tamaño de un gato, su cabeza parecía la de un gallo con dientes, su cuerpo era de serpiente, tenía unas alas llenas de espinas y su cola era larga y puntiaguda como una lanza.
El basilisco es el animal más terrible que existe, y sus armas son sus ojos y sus dientes. La mirada del basilisco es mortal, hace que las plantas se marchiten, que los árboles se sequen y que
los pájaros caigan en pleno vuelo. La única planta capaz de resistir su mirada es la “hierba de gracia”(boskoitza), que cura las heridas causadas por los dientes del basilisco. Y sólo hay dos animales capaces de vencerlo: el gallo y la comadreja.
El horrible animal muere al oír el canto de un gallo o cuando la comadreja le da un mordisco. Pero los habitantes de Urrialdo
no lo sabían. El basilisco apareció un buen día en el pozo, sentado encima de un tronco que flotaba en el agua. Las primeras en verlo fueron dos mujeres que se acercaron a lavar la ropa.
—¿Qué es eso que hay en medio del agua? —preguntó una.
—Pues..., no sé... Yo diría que es un gallo... —respondió la otra.
—¿Un gallo en medio del agua? ¿Dónde se ha visto algo igual?

En eso, el basilisco clavó su mirada en ellas, y dos segundos más tarde estaban muertas.
El monstruo desapareció. Nadie podía explicar aquellas muertes, y el temor empezó a apoderarse de los habitantes de Urrialdo cuando, al día siguiente, apareció un hombre muerto, y luego otro, y otro... Todas las muertes tenían lugar cerca del pozo, pero nadie había visto nada raro, así que decidieron mandar a un mozo para que vigilase.

Aún no había amanecido y el joven se subió a un árbol y esperó, oculto entre las ramas. Cerca del mediodía, vio un carruaje que se acercaba por el camino del pozo. Los viajeros contemplaban el paisaje y hacían comentarios sobre las casas. En eso, se fijaron en el lago y al instante, emergiendo entre las aguas, apareció el basilisco. Su mirada se clavó en el carruaje y, antes de que el mozo que estaba en el árbol pudiera darse cuenta de lo que ocurría, el vehículo y sus ocupantes desaparecieron.
Martín se quedó con la boca abierta del asombro, se frotó los ojos creyendo que estaba soñando, miró de nuevo al lago..., pero el basilisco había desaparecido. Al enterarse de lo ocurrido, todos los habitantes de Urrialdo comenzaron a temblar de miedo. No sabían cómo luchar contra un ser tan poderoso y decidieron marcharse del pueblo, porque lo más importante era seguir vivos. Sólo unos pocos se atrevieron a quedarse allí. Pero el tiempo pasaba, las casas abandonadas iban cayéndose de viejas y los que habían decidido quedarse eran cada día más pobres, porque tenían miedo a salir y encontrarse con el basilisco, y tampoco se atrevían a utilizar el agua del pozo.
Los animales andaban sueltos, tratando de encontrar comida porque sus dueños ya no se ocupaban de ellos. Cuando se acercaban al pozo para beber, aparecía el basilisco y los mataba con la mirada.
Un día, un viejo gallo al que casi ya no le quedaban plumas, se acercó al pozo. El basilisco apareció y se lo quedó mirando, pero su mirada nada podía contra el viejo gallo, que también lo miró, y así estuvieron durante un buen rato. Creyendo el gallo que aquel otro había ido a quitarle el puesto de jefe en el gallinero, cogió aire, hinchó el pecho y cantó tan fuerte como cuando era joven. El basilisco se convirtió en estatua de piedra, se rompió en varios cachos y se hundió en el agua. Nunca más se ha visto un basilisco en la región, pero los habitantes que se habían marchado no regresaron, y el pueblo de Urrialdo no volvió a conocer la prosperidad que una vez tuvo.
En su «Diccionario de mitología vasca», J. M. de Barandiaran comenta, hablando de la palabra “osin”, pozo o lago, que es creencia popular que en aquellos pozos en donde el agua tira hacia abajo viven ciertos genios. A algunos de estos pozos se les atribuye un origen extraordinario como, por ejemplo, en Bikuña de Araba y otros pueblos de la comarca se recuerda que en un lugar del monte Basabea se hundieron dos yuntas de bueyes con sus carros y sus boyeros, apareciendo después un pozo que aún existe. En el pueblo alavés de Caicedo se cuenta que, en el mismo sitio donde se encuentra el lago, había hace tiempo un rico caserío que se hundió en la tierra porque sus habitantes no quisieron socorrer a una pobre mendiga.

Toti Martínez de Lezea - Leyendas de Euskal Herria -

jueves, 16 de septiembre de 2010

La blanca gaviota y el travieso sol

Erase una bella gaviota tan blanca, pero tan blanca, que al pasar por una nube no se veía, porque se confundía con el color de las nubes.

Todas las mañanas al despertarse, salía volando en dirección al Sol, buscando nuevas aventuras. Ella sabía que en la mañana el Sol salía por el Oriente, y que si volaba hacia él, iría alejándose de su casa. También sabía que por las tardes el Sol se ponía por el Occidente, y que si se dirigía hacia él, iría a su casa. Por esta razón nuestra amiga jamás se perdía.

Se cuenta que un día el Sol amaneció contento y con ganas de hacer alguna travesura. Se trazó un plan y se propuso jugarle una broma a nuestra amiga la gaviota. Ese día el Sol salió como siempre por el Oriente, pero en el plan estaba calculado no ponerse por el Occidente sino por el Sur. -¡imagínense lo que pasará con esta loca travesura!-. Al amanecer, nuestra amiga se enrumbó como de costumbre hacia el Oriente, contenta como siempre mirando el mar y a los muchos peces haciendo piruetas; le agradaba ver las rocas en la orilla del mar y de vez en cuando parloteaba con otras gaviotas que venían de otros sitios. Ese día almorzó sobre una roca que estaba situada en el medio del mar, mientras escuchaba como el mar con violentas olas iba y venía. Así, después de tanto ajetreo, se dedicó a esperar que el Sol se ocultara por el Oeste para que le sirviera de guía una vez más en su regreso a casa. Al rato levantó vuelo y se dirigió al Sol, pero éste siguiendo su plan de jugarle una mala pasada, no se estaba poniendo por el Oeste sino por el Sur, tal y como lo había decidido. Nuestra amiga tal vez un poco cansada no se percató que su vuelo iba directo a las montañas.

Ella se dió cuenta que no encontraba su casa, sólo veía montañas, bosques y árboles, pero su casa no se veía por ninguna parte. Cansada de volar decidió pararse a descansar y tratar de entender lo que pasaba.

Al posarse sobre un árbol encontró a una graciosa ardilla que al ver la gaviota se asustó, pues nunca había visto un ave de mar por tierra.

¿Qué estás haciendo tú por aquí, tan lejos de tu mundo?, le preguntó la ardillita.

Realmente no entiendo lo que pasa, todos los días para regresar a mi casa me guío por el Sol, pero en esta oportunidad me perdí en el camino, estoy en un lugar desconocido. ¿Qué hago ahora?, preguntó la extraviada gaviota.

Sólo alguien con todo el conocimiento necesario, podría ayudarte y en el bosque, solo el señor sabio Don Juan Lechuza es capaz de encontrarle una solución a ese terrible problema, le dijo la ardillita.

¿Y dónde puedo encontrar al señor sabio Don Juan Lechuza?, le preguntó la gaviota.

El se encuentra en el árbol más, pero más grande del bosque, y en la punta más, pero más alta, le respondió la ardillita.

La gaviota emprendió el vuelo, no sin antes despedirse de su apreciada amiga quien, aparte de darle una información que podía ayudarla mucho, le había dado además tranquilidad y esperanza, al ofrecerle una solución al problema.

Tan sólo tenia que encontrar al señor sabio Don Juan Lechuza, y para ello necesitaba encontrar el árbol más alto del bosque. Se dijo a si misma: ¿Cómo puedo encontrar el árbol más alto del bosque?. Bueno, creo que eso no es dificil; subiré volando a lo más alto y el pico del árbol que se vea más, será porque es el más alto, y así lo hizo. Ascendió rapidísimo hasta lo más alto y desde allí vió cual era el pico que más sobresalía y se dirigió hasta ese pico, se posó en el árbol y llamó al señor sabio Don Juan Lechuza, pero nadie respondía; repitió su llamado pero en ese árbol no había respuesta.

Busco el árbol más alto y no entiendo porqué si este es el que más se ve desde la altura, no es el más alto.

Nuestro amigo el carpintero le resolvió el problema:

Este árbol parece el más alto, pero no lo es, porque está ubicado en la loma más elevada de la montaña, pero los árboles más altos están en las bases de las montañas e igualan a los de la punta o parecen más pequeños porque al estar en la base, los de la cima parecen más altos. ¡Pues claro! - dijo la gaviota, pero ahora ¿Cómo encontraré el árbol más alto?.

Nuestro amigo el carpintero le dijo:

El árbol más alto es el más viejo y el más viejo es el más duro, porque los árboles al crecer van colocando más y más capas de corteza alrededor de ellos mismos y por eso son los más duros. Veamos, yo he picado todos los árboles de éste bosque y puedo decirte que el más duro es el Sr. Roble, que está en la base de la montaña, pegado a la ladera del río.

La gaviota se emocionó toda, agradeció de mil maneras a nuestro amigo el carpintero y se dirigió hacia el árbol más grande, el Sr. Roble.




Al llegar a él, inmediatamente empezó a buscar al señor sabio Don Juan lechuza, pero el árbol era gigantesco, iba a tener que buscar mucho hasta encontrarlo. Buscaba y buscaba, y no lo hallaba. Se encontró con el Señor Saltamontes, pero al acercársele a él, pegó un salto tan grande que ni siquiera pudo ver a dónde se había ido. Se encontró con el Sr. Grillo, pero éste sólo grillaba pidiendo agua y no pudo entenderse con él. Al fin se consiguió con alguien que hablaba algo que ella entendía, era el Sr. Gavilán, fuerte y poderoso, la miró de arriba a abajo y le preguntó: ¿Qué haces por aquí?

Nuestra amiga la gaviota le contestó: Busco al señor sabio Don Juan Lechuza.

El gavilán le responde: Al sabio no le gusta, ni necesita la luz; debes buscarlo en las zonas más oscuras del árbol. ¡Claro!, dijo la gaviota, a las lechuzas no les gusta la luz, el debe estar en las zonas más oscuras.

Velozmente se dirigió a las zonas oscuras del árbol y allí por fin encontró al señor sabio Don Juan Lechuza. ¡Señor sabio, señor sabio!, por favor, ¡Podría usted ayudarme?, tengo mucho tiempo buscándolo para ver si puede ayudarme a encontrar el camino de regreso a casa. Vea, señor sabio, estoy perdida desde ayer cuando salí como siempre a ver el mar.

Nuestro amigo el señor sabio se volteó lentamente, como siempre hacen las lechuzas, abrió un solo ojo y vió a nuestra desesperada amiga que estaba solicitando su ayuda, y le dijo: Tu eres una gaviota marina, blanca como las nubes, solo comes pescado y vives en las rocas de las montañas que están al borde del mar, hazme el favor de decirme ¿Qué haces por aquí tan lejos de tu casa?.



La gaviota le explicó con detalles todo lo ocurrido y nuestro amigo el Buho se puso a pensar, había que buscar el camino de vuelta y este debía de ser tan claro que no produjera ninguna confusión ni equivocación y que fuera fácil de recordar para que la gaviota si se volviese a perder algún día, pudiera fácilmente conseguir el camino a su casa. El señor Lechuza, como todos los sabios, resolvía los problemas con preguntas y por ello le preguntó a nuestra amiga la gaviota:

¿Qué es lo que más abunda por tu casa, amiga gaviota?

El agua, contestó la gaviota.

¿Y de dónde viene toda esa agua?.

Bueno, a veces de la Iluvia, pero también de algunos rios que caen al mar, contestó la gaviota.

Y el agua de esos rios ¿De dónde viene?.

De las montañas, dijo la gaviota.

¡Aaah!, entonces ¿Cómo regresarás a tu casa?

La gaviota lo miró fijamente y pensó. De repente vió la respuesta. Claro, era sencillo, si seguía cualquier río, debería liegar al mar, y al llegar al mar, todo era mís sencillo. Le preguntó al sabio:

¿Qué río debo seguir?

¿Cuál crees tú que debes seguir?

El más grande.

¡Por supuesto! - exclamó el sabio.

Una vez conseguido su objetivo, la gaviota le dió mil gracias al señor sabio Don Juan Lechuza y voló hasta lo más alto que pudo, desde allí pudo ver un gran río que bordeada el bosque por su lado derecho, se dirigió hasta él y empezó a volar sobre el río siempre en la misma dirección en que éste iba, voló y no fue mucho, de repente se encontró con el mar. Dios mío, ¡Que maravillosa sensación!.

Inmediatamente reconoció el lugar y sin más dudas voló rápidamente a su casa. ¡Qué bién se sentía!, no tanto por haber conseguido el camino a su casa, sino porque había aprendido cómo poder volver a su casa sin necesitar al Sol, se habia independizado. Ya no necesitaba al Sol para que la guiara, ella sólamente con sus conocimientos podría encontrar todos los caminos.




domingo, 8 de agosto de 2010

Los siete Infantes de Lara

Qué gran día para los castellanos aquel en que se ganó Calatrava la Vieja! Y ¡qué bien peleó en aquella ocasión Ruy Velázquez, el noble caballero! Siempre dando las heridas primeras, siempre adelantado en la haz. Y con trescientos hombres que llevaba mató a más de cinco mil moros. ¡Ojalá hubiera muerto aquel día! Su nombre hubiera pasado limpio y glorioso al recuerdo de los castellanos y no sería maldecido; su cuerpo yacería bajo rico enterramiento y no bajo carretadas de piedras arrojadas por los caminantes. Y no hubiera tramado gran traición contra sus sobrinos los siete Infantes de Lara. Ésta es la dolorosa historia.

Como recompensa por el triunfo de Calatrava, el Rey dio a Ruy Velázquez en matrimonio a doña Lambra, hermosísima mujer. Celebráronse las bodas en Burgos y las tornabodas en Salas, de donde eran los siete Infantes, también llamados de Lara. Grandes fiestas se hacían, alegres en grado sumo. A ellas llegaron los siete Infantes, que fueron recibidos con muestras de cariño por su madre doña Sancha, mujer de Gonzalo Gustioz y hermana de Ruy Velázquez. Uno a uno fueron abrazados y besados tiernamente, sobre todo Gonzalico, de ellos el preferido. Los siete Infantes eran de noble apostura y bravo corazón; la más pura concordia, el cariño más acendrado entre ellos reinaba y cada uno estaba presto a dar la vida, si necesario fuera, por los demás; nunca existió ni la más pequeña diferencia. «Hijos, les dijo la madre, id a descansad a vuestra posada de la calle Cantarranas, y no salgáis, que las plazas están llenas de gente, y por fútiles motivos se originan trifulcas peligrosas.» Y ellos así lo hicieron.


En tanto, había pasado la hora de la comida, y todos los caballeros que habían venido a las fiestas de tornabodas salieron a la plaza a correr *bohordos y a tirar *tablados, pero ninguno bohordaba bien: un caballero cordobés salió al campo y tiró una vara con fuerza y gallardía, entre el aplauso de la concurrencia. Y volviéndose al grupo de nobles damas que presidía doña Lambra, gritó:
«¡Amad, señoras, amad, que más vale un caballero de Córdoba la llana que veinte ni treinta de los que son tan nombrados en esta tierra». Y doña Lambra, llena de entusiasmo, exclamó:

«¡Maldita sea la dama que su cuerpo te niegue. Y si yo fuera libre, tuyo sería mi favor!». Pero doña Sancha, que estaba presente, enrojeció de vergüenza y le hizo ver que esas palabras no estaban bien en labios de una mujer recién dada en matrimonio a Ruy Velázquez. Doña Lambra, echando atrás su hermosa cabeza, miró a la madre de los siete Infantes y le escupió estas palabras: «Callad, doña Sancha, que vos como puerca en ciénaga paristeis siete hijos». Y un viejo servidor que allí se hallaba, lleno de dolor y de indignación, fue a la posada en donde estaban los Infantes.


Venía este buen hombre cabizbajo por la calle. Gonzalo, que estaba asomado al barandal, le dijo: «¡Eh!, ¿qué os pasa, ayo?; ¿por qué esa cara de pesar?». Y el ayo, que tal era, le dijo «Vengo lleno de dolor por algo que he oído que ofende a vuestra sangre» Y entrando en la casa, quiso retirarse sin decir más, temiendo que los Infantes quisieran vengar el insulto hecho a su madre; pero obligado por ellos, tuvo que relatar lo sucedido. Gonzalo, saliendo como una exhalación, cogió su caballo, entró en la plaza y tomando una vara, la lanzó con tanta fuerza, que el tablado cayó estruendosamente, y volviéndose a donde estaban las damas, les gritó insultándolas: «Amad, puercas, amad, que un caballero de mi sangre vale más que cuarenta de Córdoba». Dona Lambra, llena de ira, se retiró, y fuése al palacio de Ruy Velázquez, gritando: «¡Venganza, venganza!» Ruy Velázquez, viéndola así, le preguntó qué había sucedido, y ella contestó: «Vuestros sobrinos, los siete Infantes de Lara, me han insultado y amenazado injuriosamente, diciéndome que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar.» Ruy Velázquez salió y fue a la plaza, en donde se había trabado una gran pelea: Gonzalo había matado a Álvar Sánchez, primo de doña Lambra, y contra aquél se lanzó Ruy, hiriéndole y queriéndolo rematar, sin conseguirlo, por la intervención de los hermanos, que habían acudido prestamente a la plaza. Y de esta manera comenzó la lucha entre los de Lara y los caballeros de doña Lambra.

Durante algún tiempo la enemistad persistió, traduciéndose en continuas reyertas. Al fin intervinieron el Rey y Gonzalo Gustioz, estableciéndose la paz. Se decidió que para probar la buena voluntad de los hasta entonces enemigos, los siete Infantes escoltasen a doña Lambra a Barbadillo, que era heredad suya. Llegados allí, el rencor de la vengativa dama renació y ordenó a un criado que arrojase un cohombro lleno de sangre a Gonzalo. Éste, al verse agraviado tan sin razón, quiso matar al sirviente, siendo ayudado por sus hermanos. Pero el sirviente huyó a donde estaba su señora, la cual lo amparó, protegiéndolo bajo su falda, lo cual era signo de inviolabilidad. Pero los Infantes no hicieron caso de ello y allí mismo dieron muerte a quien de tan mala manera había insultado a uno de ellos. Doña Lambra fue de nuevo a pedir venganza a Ruy Velázquez, diciéndole que si no se la concedía, iría a pedírsela a Almanzor. Ruy Velázquez, entonces, tramó una gran venganza contra su cuñado y sus sobrinos.


Fue a visitar a Gonzalo Gustioz, y saludándole, con grandes muestras de afecto, le dijo: «Venturosamente ya pasaron los tiempos en que nuestras gentes eran enemigas. Quiero mostrarte mi buena voluntad encargándote de una importante embajada. Conviene conocer la opinión de Almanzor en ciertos asuntos de frontera. Yo os pido que llevéis cartas mías al gran guerrero, que sin duda os recibirá y honrará como a quien sois». Gonzalo Gustioz aceptó de buen grado y tomó la carta que, escrita en árabe, le entregaba Ruy Velázquez. «Mañana, al alborear, saldré», dijo. Y, en efecto, al día siguiente, después de haberse despedido de sus hijos, se puso en camino hacia la frontera.


Llegó a Córdoba, se dio a conocer como emisario a los guardias de las murallas y fue conducido a palacio. Allí Almanzor lo recibió con muchos honores, y habiéndole preguntado cuál era su embajada, Gonzalo Gustioz le entregó la carta. El semblante del caudillo moro se ensombreció: «¡Ah Gonzalo Gustioz!: mal haya la hora en que trajisteis esta carta. En ella me pide Ruy Velázquez que os dé muerte». Gonzalo se estremeció, comprendiendo que había sido traicionado, y así lo hizo ver a Almanzor. Mas éste, que era de natural caballeresco, no quiso prestarse a tan infame treta, y le dijo al cristiano: «No haré lo que se me pide, mas sí he de retenerte aquí. No te duelas de esto, que estarás bien tratado». Y le dio como sirvienta a una hermana suya, una bella mora.



En la misma carta decía Ruy Velázquez que, además de entregarle a Gonzalo Gustioz, haría que los Infantes fuesen a la frontera con poca gente para que pudiesen ser muertos por los moros, sin peligro ni riesgo para éstos. En efecto, un día pidió a los Infantes que le acompañasen en una pequeña algarada que iba a hacer contra tierras de moros. Los Infantes aceptaron y se despidieron de su madre, quien en vano trató de retenerlos. Iban acompañados del viejo ayo Nuño Salido. Por el camino tuvieron varios agüeros, y el ayo, interpretándolos como de mal presagio, quiso que se volviesen a Salas, mas los jóvenes se burlaron cariñosamente de él. Llegados por las sierras de Altamira, cerca del valle de Arabiana, Ruy Velázquez les dijo: «Es hora de mostrar vuestro valor. Corred ese campo de moros, y si necesitáis ayuda, yo os la prestaré». Soltaron las riendas y se internaron en el valle, creyendo que todo iría bien. Mas de pronto vieron salir de los desfiladeros gran cantidad de enemigos que los rodearon y se lanzaron contra ellos. Los infantes no se amedrentaron por ello; empuñaron sus lanzas, y a los primeros moros que llegaron les hicieron pagar cara su osadía. ¡Dios, qué bien peleaban! Sus brazos estaban empapados en sangre enemiga. Al fin saltaron sus lanzas, rotas, y empuñaron las fuertes espadas. Durante varias horas continuó la pelea; el moro Alicante, que era quien capitaneaba a la gente de Almanzor, estaba admirado de ver el valor de aquellos jóvenes cristianos, y dando treguas, les hizo pasar a las tiendas que había dispuesto, confortándolos con vino y alimentos. Nuño Salido se dolía de la traición, dirigiéndoles tiernas palabras. Alicante estaba presto al perdón cuando Ruy Velázquez, llegando de improviso, lo llamó aparte y le dijo: «¡Mal cumplís las órdenes de vuestro señor! Esta blandura sin duda engendrará la ira de Almanzor, que os hará pagar cara vuestra transigencia». Y Alicante, temeroso de merecer un duro castigo, ordenó que se reanudase la pelea. De nuevo la lucha tomó gran fuerza, los siete Infantes y Nuño Salido peleaban bien, pero al fin fueron cayendo uno tras otro en presencia de Ruy Velázquez, que desde un alcor próximo presenciaba el cumplimiento de su venganza.


El moro Alicante cogió las cabezas de los siete Infantes y la de Nuño Salido y partió hacia Córdoba; era víspera de San Cebrián. Llegó a la ciudad mora, entró en palacio y presentó su trofeo a Almanzor. Éste puso las cabezas en un tablado y mandó llamar a Gonzalo Gustioz. Llegó el cautivo, y Almanzor le dijo: «Aquí tienes ocho cabezas de gente noble. Prueba a ver si las reconoces».



Gonzalo las limpió, y cogiendo una estalló, al mirarla, en sollozos: «¡Ay triste de mí, que sí las conozco! ¡Nunca fue hombre tan desdichado!».


Y dirigiéndose a ellas comenzó a hablarles con la voz que le temblaba de lágrimas, como las hojas del chopo tiemblan con la lluvia de abril: «Dios os salve, Nuño Salido, buen compadre. ¿Qué hicisteis con los hijos que os encomendé? Mas perdonad, que bien veo que habéis cumplido con vuestro deber». Tomó la cabeza del heredero y le dijo: «¡Oh hijo Diego González, aquí paró vuestra gallardía, vuestro porte de alférez del conde Garci Fernández! Mis tierras quedaron sin nadie que las heredara». Y así fue hablando con todas las cabezas, elogiando a cada hijo sus cualidades:


a Martín, su destreza en las tabas y su buena conversación; a don Suero, lo estimado que era de todos; a Fernán, su maestría en la caza; a Ruy y a Gustioz, su valor en la guerra; y sobre todo, lloró acariciando y besando la del menor, la de Gonzalillo, que era el preferido de su madre. Y de este llanto tuvo tan gran angustia, que cayó como muerto en tierra. Todos los presentes hubieron gran lástima de él. Y Almanzor ordenó que fuera conducido a los aposentos que le habían sido destinados, en donde la hermana del caudillo atendió con todo cariño al desdichado castellano.


En esa hermosa mora encontró gran consuelo Gonzalo Gustioz. Y pasando el tiempo, hubo amores entre ellos. Cuando ella tenía en el vientre el fruto de esos amores, Almanzor determinó dar libertad a Gonzalo, el cual, antes de partir de Córdoba, le entregó a su amada un anillo partido por la mitad, diciéndole que si era varón el hijo que tuviera, que cuando llegase a su edad moza, lo enviase a la cristiandad para que vengase a sus hermanos.


Pasó el tiempo, y el hijo de Gonzalo Gustioz y de la hermana de Almanzor fue creciendo, hasta hacerse un gallardo mancebo. Se había criado en palacio y nadie le había hablado de su origen. Mas un día, jugando al ajedrez con un príncipe moro, tuvo una disputa con él, y éste lo insultó llamándole hijo de nadie. Mudarra, que así era el nombre del bastardo, mató al que lo había insultado y fue a preguntar a su madre la verdad sobre su origen. La mora se lo contó todo, le entregó el anillo partido y le dijo que era llegado el tiempo en que había de marchar a la cristiandad para vengar a su padre y hermanos.


Mudarra partió, despidiéndose de Almanzor, el cual le tenía gran cariño, y marchó a Burgos. Allí buscó a su padre, se dio a conocer con el anillo y le pidió que le guiase al sitio en donde podría encontrar a Ruy Velázquez. Gran alegría recibió el buen viejo Gonzalo Gustioz al ver que al fin eran vengadas tantas traiciones e injurias, y bendijo a Mudarrillo. Éste se puso en camino, persiguiendo a Ruy Velázquez, que al saber su llegada había huido.


Al fin una tarde encontró Mudarra a un caballero reposando debajo de una haya. Le saludó preguntándole su nombre, y al reconocerlo como Ruy Velázquez, le dio muerte sin que el traidor pudiera defenderse. Su cuerpo quedó allí sin sepultura, cubierto de piedras que los castellanos echaron sobre él; y desde entonces todos los que pasaban por aquella pedrera, en vez de rezar un padrenuestro, echaban otra piedra maldiciendo el ánima del traidor.
Doña Lambra fue más tarde presa y quemada viva. Y así se cumplió la venganza por la traición de que fueron objeto los siete Infantes de Lara.
Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953

* tablados: Armazón o castillete muy levantado del suelo y contra el cual los caballeros lanzaban bohordos o lanzas, hasta derribarlo o desbaratarlo. Fue ejercicio usual en las fiestas medievales.

* Bohordo: Lanza corta arrojadiza, usada en los juegos y fiestas de caballería.





La Leyenda de los infantes de Lara, incorporada al Romancero y cuyos hechos responderían a una realidad histórica situada en el último cuarto del siglo X, tuvo un éxito considerable en la Castilla de la Edad Media. Según ella, los siete hermanos, hijos del noble Gonzalo Gustioz, fueron capturados por los musulmanes en una emboscada preparada por Ruy Velázquez, trasladados a Córdoba y decapitados. Los cadáveres se condujeron a Castilla y según una tradición no textual, fueron depositados en unos sepulcros pétreos que se ubicaron en el pórtico meridional del monasterio de San Millán de la Cogolla. De este modo, el monasterio fue también conocido como panteón de los siete héroes castellanos.
Mudarra (también llamado «hijo de la renegada»), hijo bastardo de Gonzalo Gustioz —padre de los infantes— y de una hermana del mismo Almanzor, recibió su educación de este caudillo musulmán. Vengó después la muerte de sus hermanastros. Al menos desde el siglo XVI, los monasterios de San Millán de la Cogolla y San Pedro de Arlanza pujaron por la pretensión de conservar la sepultura de los siete jóvenes asesinados. El apasionamiento llevó a que en 1600 el abad del monasterio riojano, fray Plácido de Alegría, procediera a la apertura notarial de los siete sarcófagos ubicados en el pórtico del primitivo asentamiento en Suso, a fin de certificar su autenticidad. La aparición de los cadáveres descabezados fue prueba que, poco tiempo después, convenció tanto a Sandoval como a Yepes para sellar la contienda a favor de la Cogolla. De este modo, el monasterio se conoció también como panteón de los siete héroes castellanos. Años antes, en diciembre de 1569, se habían encontrado en la iglesia parroquial de la villa de Salas «las cabeças de los siete Infantes dentro de vn arca de madera, cubiertas con vn lienço».

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