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lunes, 13 de abril de 2020

Nasreddín y la lluvia

Hace mucho, mucho tiempo, vivió en la India un muchacho llamado Nasreddín. Aunque en apariencia era un chico como todos los demás, su inteligencia llamaba la atención. Allá donde iba todo el mundo le reconocía y admiraba su sabiduría. Por alguna razón, siempre vivía historias y situaciones muy curiosas, como la que vamos a relatar.

Un día estaba Nasreddín en el jardín de su casa cuando un amigo fue a buscarle para ir a cazar.

– ¡Hola, Nasreddín! Me voy al campo a ver si atrapo alguna liebre. He traído dos caballos porque pensé que a lo mejor, te apetecía acompañarme. Otros diez amigos nos esperan a la salida del pueblo ¿Te vienes?

– ¡Claro, buena idea! En un par de minutos estaré listo.

Nasreddín entró en casa, se aseó un poco y volvió a salir al encuentro de su amigo. Partió montado a caballo y enseguida se dio cuenta de que era un animal viejo y que el pobre trotaba muy despacio, pero por educación, no dijo nada y se conformó.

Una vez reunido el grupo, los doce jinetes cabalgaron campo a través, pero el pobre Nasreddín se quedó atrás porque su caballo caminaba tan lento como un borrico. Sin poder hacer nada, vio cómo le adelantaban y se perdían en la lejanía.

De repente, estalló una tormenta y comenzó a llover con mucha fuerza. Todos los cazadores azuzaron a sus animales para que corrieran a la velocidad del rayo y consiguieron guarecerse en una posada que encontraron por el camino. A pesar de que fue una carrera de tres o cuatro minutos, llegaron totalmente empapados, calados hasta los huesos. Tuvieron que quitarse las ropas y escurrirlas como si las hubieran sacado del mismísimo océano.

A Nasreddín también le sorprendió la lluvia, pero en vez de correr como los demás en busca de refugio, se quitó la ropa, la dobló, y desnudo, se sentó sobre ella para protegerla del agua. Él, por supuesto, también se empapó, pero cuando acabó la tormenta y su piel se secó bajo los rayos de sol, se puso de nuevo la ropa seca y retomó el camino. Un rato después, al pasar por la posada, vio los once caballos atados junto a la puerta y se detuvo para reencontrarse con sus amigos.

Todos estaban sentados alrededor de una gran mesa bebiendo vino y saboreando ricos caldos humeantes. Cuando apareció Nasreddín, no podían creer lo que estaban viendo ¡Llegaba totalmente seco!

El amigo que le había invitado a la cacería, se puso en pie y muy sorprendido, le habló:

– ¿Cómo es posible que estés tan seco? A ti te ha pillado la tormenta igual que a nosotros. Si a pesar de que nuestros caballos son veloces nos hemos mojado… ¿Cómo puede ser que tú, que has tardado mucho más, no lo estés?

Nasreddín le miró y muy tranquilamente, sólo le respondió:

– Todo se lo debo al caballo que me dejaste.

El amigo se quedó en silencio y pensó que allí había gato encerrado. Dispuesto a descubrir el truco, tomó la decisión de que al día siguiente, para el camino de vuelta a casa, le daría a Nasreddín su joven y rápido caballo, y él se quedaría con el caballo lento.

Después del amanecer, partieron hacia el pueblo con los caballos intercambiados. De nuevo, se repitió la historia: el cielo se oscureció y de unas nubes negras como el carbón comenzaron a caer gotas de lluvia del tamaño de avellanas.

El amigo de Nasreddín, que iba en el caballo lento, se mojó todavía más que el día anterior porque tardó el doble de tiempo en llegar al pueblo. En cambio, Nasreddín, repitió la operación: se bajó rápidamente de su caballo, dobló la ropa, se sentó sobre ella, y desnudo, esperó a que cesara la lluvia. Soportó la tormenta sobre su cabeza, pero cuando cesó de llover y salió el sol, no tardó secarse y se puso la ropa seca. Después, retomó el camino a casa.

Por casualidad, ambos se cruzaron en el camino justo a la entrada del pueblo. El amigo chorreaba agua por todas partes y cuando vio a Nasreddín más seco que una uva pasa, se enfadó muchísimo.

– ¡Mira cómo me he puesto! ¡Estoy tan mojado que tendré suerte si no pillo una pulmonía! ¡La culpa es tuya por darme el caballo lento!

Nareddín, como siempre, sacó una gran enseñanza de lo sucedido. Sin levantar la voz, le contestó:

– Amigo… Dos veces te ha pillado la tormenta, a la ida en un caballo rápido, a la vuelta en un caballo lento, y las dos veces te has mojado. En tus mismas circunstancias, yo he acabado totalmente seco. Reflexiona: ¿No crees que la culpa no es del caballo, sino de que tú no has hecho nada de nada por buscar una solución?

Su amigo, avergonzado, calló. Nasreddín, como siempre, tenía toda la razón.

Moraleja: Cuando algo nos sale mal, no podemos echar la culpa siempre a los demás o a las circunstancias. Tenemos que aprender que muchas veces, el éxito o el fracaso dependen de nosotros y de nuestra actitud ante las cosas.

Si un día estamos ante un problema, lo mejor es pensar en la mejor manera de solucionarlo y actuar con decisión.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La fábula del lápiz de Paulo Coelho

El niñito miraba a la abuela escribir una carta. En un momento dado, le preguntó:

.-Abuela, ¿estás escribiendo una historia que nos sucedió a nosotros? ¿Es por casualidad, una historia sobre mí?

 La abuela dejó de escribir, sonrió y le comentó al nieto:

.- Estoy escribiendo sobre ti, es verdad.  Ahora bien, más importante que las palabras es el lápiz que estoy usando.  Me gustaría que tú fueras como él, cuando crezcas.

El niño miró el lápiz, intrigado, y no vio nada especial.

.- ¡Pero, si es igual a todos los lápices que he visto en mi vida!

 Todo depende de cómo mires las cosas.  Hay cinco cualidades en él que, si consigues conservarlas, te harán siempre una persona en paz con el mundo.

Primera cualidad:

.-Puedes hacer grandes cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una Mano que guía tus pasos. A esa Mano la llamamos Dios y Él debe conducirte siempre en la dirección de su voluntad.

Segunda cualidad:

.-De vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas.  Con eso el lápiz sufre un poco, pero al final está más afilado.  Por tanto, has de saber soportar algunos dolores, porque te harán ser una persona mejor.

Tercera cualidad:

.-El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores.  Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.

Cuarta cualidad:

.-Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior,  sino el grafito que lleva dentro.  Por tanto, cuida siempre lo que ocurre dentro de ti.

Por último, la quinta cualidad del lápiz:

.-Siempre deja una marca. Del mismo modo, has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas tus acciones.

Paulo Coelho de su libro “Como el Río que fluye: Pensamientos y Reflexiones 1998-2005.

lunes, 23 de enero de 2012

El águila y el escarabajo


«Que me matan; favor»: así clamaba 
una liebre infeliz, que se miraba
en las garras de una Águila sangrienta. 
A las voces, según Esopo cuenta, 
acudió un compasivo Escarabajo;
y viendo a la cuitada en tal trabajo, 
por libertarla de tan cruda muerte, 
lleno de horror, exclama de esta suerte: 

«¡Oh reina de las aves escogida!
¿Por qué quitas la vida
a este pobre animal, manso y cobarde? 
¿No sería mejor hacer alarde
de devorar a dañadoras fieras,
o ya que resistencia hallar no quieras, 
cebar tus uñas y tu corvo pico
en el frío cadáver de un borrico?»

Cuando el Escarabajo así decía, 
la Águila con desprecio se reía,
y sin usar de más atenta frase, 
mata, trincha, devora, pilla y vase. 

El pequeño animal así burlado 
quiere verse vengado.
En la ocasión primera
vuela al nido del Águila altanera, 
halla solos los huevos, y arrastrando, 
uno por uno fuelos despeñando; 
mas como nada alcanza
a dejar satisfecha una venganza, 
cuantos huevos ponía en adelante 
se los hizo tortilla en el instante. 

La reina de las aves sin consuelo, 
remontaba su vuelo,
a Júpiter excelso humilde llega, 
expone su dolor, pídele, ruega 
remedie tanto mal; el dios propicio, 
por un incomparable beneficio,
en su regazo hizo que pusiese 
el Águila sus huevos, y se fuese; 
que a la vuelta, colmada de consuelos, 
encontraría hermosos sus polluelos. 

Supo el Escarabajo el caso todo: 
astuto e ingenioso hace de modo 
que una bola fabrica diestramente 
de la materia en que continuamente 
trabajando se halla,
cuyo nombre se sabe, aunque se calla, 
y que, según yo pienso,
para los dioses no es muy buen incienso. 

Carga con ella, vuela, y atrevido
pone su bola en el sagrado nido. 
Júpiter, que se vio con tal basura, 
al punto sacudió su vestidura, 
haciendo, al arrojar la albondiguilla, 
con la bola y los huevos su tortilla. 

Del trágico suceso noticiosa, 
arrepentida el Águila y llorosa 
aprendió esa lección a mucho precio:

a nadie se le trate con desprecio, 
como al Escarabajo,
porque al más miserable, vil y bajo, 
para tomar venganza, si se irrita, 
¿le faltará siquiera una bolita?

Felíx María Samaniego






lunes, 9 de enero de 2012

La luciérnaga y la serpiente


Cuenta una fábula que en cierta ocasión una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía muy rápido y llena de miedo de la feroz depredadora, pero la serpiente no pensaba desistir en su intento de alcanzarla.

La luciérnaga pudo huir durante el primer día, pero la serpiente no desistía, dos días y nada, al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga detuvo su agitado vuelo y le dijo a la serpiente: ¿Puedo hacerte tres preguntas?

No acostumbro conceder deseos a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar, respondió la serpiente.

Entonces dime:
¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
¡No!, contestó la serpiente.

¿Yo te hice algún mal?
¡No!, volvió a responder su cazadora.

Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
¡Porque no soporto verte brillar!, fue la última respuesta de la serpiente.

Muchos de nosotros nos hemos visto envueltos en situaciones donde nos preguntamos:

¿Por qué me pasa esto si yo no he hecho nada malo?
Sencillo... porque hay algunos(as) que no soportan verte brillar.

Cuando esto pase, no dejes de brillar, continúa siendo tú mismo, continúa y sigue dando lo mejor de ti, sigue haciendo lo mejor, no permitas que te lastimen, no permitas que te hieran, sigue brillando y no podrán tocarte... porque tu luz seguirá intacta. Tu esencia permanecerá, pase lo que pase..... Se siempre auténtico, aunque tu luz moleste a los depredadores!!

viernes, 19 de noviembre de 2010

El juego del escondite


Al moscardón y a la mariposa les apetecía jugar y están discutiendo sobre el juego más conveniente.

-Propongo que juguemos al escondite -dice la mariposa que, por cierto, es colorada.

-¿Al escondite? ¡Ja, ja, ja! -contesta el moscardón, entre grandes carcajadas-. Pero mujer, con las alas tan grandes que tienes te encontraría en cualquier sitio en que te escondieras!-

-¿Ah, sí? Eso tendrás que demostrarlo, amiguito- afirma ella, desafiante.

Se inicia el juego. Primero le toca esconderse al moscardón, y lo hace detrás de un matorral. Es tan marcado el zumbido de sus alas que la mariposa le encuentra con facilidad.

Ahora le toca el turno de esconderse a la mariposa. Ésta se refugia entre los pétalos de una flor de su mismo color y se enmascara perfectamente. Parece una parte inseparable de la misma.

El pobre moscardón busca y busca durante horas. Al fin, grita en voz alta:

-¡Bueno, vale, me rindo! ¡Ya puedes salir de tu escondite!

Moraleja: Las apariencias pueden engañarnos y los colores sirven para ocultarse tanto como para ser delatado. Todo depende del uso que le demos.