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domingo, 7 de agosto de 2011

Teodosio de Goñi, Aralar, Nafarroa



Teodosio de Goñi es un personaje a caballo entre la historia y la leyenda. Fue un guerrero vascón, hijo de Miguel de Goñi, señor del Valle de Goñi, hoy de Gesalaz, perteneciente a la merindad de Estella, y propietario de una casa fuerte en lo alto de una colina. Miguel de Goñi era uno de los miembros del Consejo de los Doce que gobernaba el territorio navarro.


La siguiente leyenda se ha transmitido con muy pocos cambios a lo largo de generaciones.

Según la leyenda, volvía Teodosio de Goñi a su casa después de guerrear contra los godos que intentaban dominar Nafarroa, cuando se le apareció un hombre extraño en Erretabidea, camino del valle de Ollo, y le dijo que su mujer, Constanza de Butrón, le traicionaba con un amante.



Loco de rabia, Teodosio espoleó su caballo, llegando a su casa ya de noche y subiendo rápidamente al dormitorio. Un rayo de luna entraba por la ventana iluminando la habitación, y el caballero observó que había dos personas en la cama. Creyendo que eran Constanza y su amante, sacó la espada y la clavó en los dos cuerpos de los durmientes, matándolos en el acto. Al salir de la habitación, Teodosio se topó con su mujer, que se había despertado al oírle llegar. —¡Constanza! —exclamó el hombre sorprendido. —¡Teodosio! ¡Qué alegría! —exclamó Constanza a su vez, abrazándolo. —Pero..., si tú estás aquí, ¿quiénes son los que duermen en nuestra cama? —inquirió Teodosio sin recuperarse de la sorpresa. —Tus padres —le informó su mujer—. Han venido a visitarme y les he dado la mejor alcoba de la casa, la nuestra.


Teodosio mata a sus padres. Grabado. S. XVIII





Horrorizado por su acción, el caballero fue a Roma en peregrinación y aceptó el castigo que se le impuso: colgarse una gruesa cadena a la cintura y dormir al raso hasta que la cadena se desgastase y cayese por sí sola, lo que significaría el perdón divino por el doble parricidio. Llevaba ya siete años vagando por la sierra de Aralar sufriendo el castigo, y la cadena estaba tan nueva como al principio.


Teodosio de Goñi pide la absolución de su parricidio al Papa

Un día, al acercarse a una sima muy profunda, escuchó un estruendo terrible. Poco después, apareció un dragón enorme que acababa de despertarse de su sueño, un sueño que había durado cien años, y tenía hambre. Al ver a Teodosio se dirigió hacia él, dispuesto a tragárselo de un solo bocado. El pobre caballero apenas podía moverse, debilitado por la penitencia y la pesada cadena que llevaba colgada.

—¡San Miguel! —gritó al ver avanzar al dragón—. ¡Ayúdame!
Su grito se escuchó en el cielo y Dios dijo al arcángel:
—¡Miguel! Te llaman en la tierra.
—Yo no bajo si no es Contigo —respondió el arcángel.
Bajó, pues, san Miguel con Dios sobre su cabeza y luchó contra el dragón, matándolo

En el mismo instante en que la bestia se desplomaba muerta, se rompió la cadena que ceñía la cintura de Teodosio, y cayó al suelo.

En agradecimiento por su ayuda, Teodosio de Goñi y su mujer mandaron edificar el santuario de San Miguel in Excelsis, al cual acuden todavía hoy las mujeres estériles que desean tener hijos.

Aparición de San Miguel de Aralar a Teodosio de Goñi. Grabado de Francisco Preciado. 1740

En uno de los muros del templo hay un agujero por donde se oyen los ruidos, dicen, del infierno. Es creencia popular que se quitan los dolores de cabeza si se introduce ésta por ese agujero. También existen unas cadenas colgadas en otro de los muros que, siempre según la tradición, son las de Teodosio, y que quitan los males de cabeza y algunas veces hasta los de dientes si se dan tres vueltas a su alrededor.



Toti Martinez de Lezea, Leyendas de Euskal herria




domingo, 9 de enero de 2011

Kixmi, el único Dios

La larga marcha de los bautizados

La introducción del cristianismo en Euskal Herria se produce de forma lenta y dificultosa, en el espacio de tiempo comprendido entre los siglos I y VIII. No obstante, todavia en el siglo IX, a diversos núcleos, especialmente los cercanos al litoral oceánico, no ha llegado el símbolo de la cruz. El fenómeno religioso aparece en la vasconia romana vía Tolosa, capital de Aquitania, donde San Saturnino convierte a Honesto, quien por su parte traería aquella doctrina, por vez primera, a Iruñea -Pamplona-, conocida por aquel entonces como la Pompeiópolis de los romanos. Ahí, tradicionalmente, se dijo que empezó todo.

En la Iruña de aquellos días vivía el joven senador Firmio, quien habiendo abrazado la nueva doctrina, no sólo se hizo sacerdote, sino que llegó a ser el primer obispo de Pamplona. Ello acontecía en las postrimerías del siglo I. Tras su muerte en el martirio, alcanzaría la santidad, siendo conocido como San Fermín, patrón de la capital de Navarra hasta nuestros días.

(En la foto, sepulcros pre-románicos en la cueva de las Gobeas, Laño -Álava-)

Claro está que todo esto no puede probarse desde un punto de vista histórico, ya que otros estudios sitúan la venida de San Saturnino a tierra vasca en el siglo III. Lo cierto es que, a pesar de este vacío de datos cronológicos exactos, tenemos que Pamplona era ya importante foco de la cristiandad en los comienzos de la andadura de esta nueva fe. Y que irradiándola desde aquí, el ideal cristiano tomaba cuerpo en tierras de Rioja, Burgos y Sur de Álava.

Prueba de ello son las numerosas cuevas, todavía hoy existentes en las zonas mencionadas, conocidas popularmente como "cuevas basilicatas". Se trata de grutas que fueron naturales, pero que en su día se adaptaron artificialmente en su interior viviendas eremitas, templos cristianos destinados al culto e incluso necrópolis. Aunque desde un punto de vista histórico más moderno, las cuevas basilicatas parecen datar de épocas posteriores, tal vez siglos VII y VIII, si bien muchas de ellas debieron de ser empleadas con la finalidad para la que se crearon, todavía en el siglo IX.

Muchas leyendas debió dar el Camino de Santiago, de las cuales han perdurado, desgraciadamente, al menos a su paso por tierra vasca, muy pocas de ellas. La más importante, sin embargo, con diversas variantes, se localiza en tierras riojanas, en Santo Domingo de la Calzada, para ser exactos.

Dice la leyenda, en esencia, que trasladándose en peregrinación hacia Compostela, dos esposos galos y su hijo, un adolescente, se hospedaron una noche en una fonda de Santo Domingo de la Calzada. Que habiendo intentado seducir la posadera al muchacho, éste no se dejó convencer y la rechazó. Y que la posadera, para vengarse del joven peregrino, escondió un objeto valioso en su equipaje.

Al día siguiente, al reemprender el viaje, el muchacho sería detenido, al serle encontrado el objeto puesto por la posadera, y qu ésta, en su venganza, había denunciado como robado. El joven es ahorcado y sus padres han de continuar solos la peregrinación.

Mas de regreso de Santiago, el matrimonio vuelve a pasar por Santo Domingo y se encuentra con que su hijo sigue vivo, aunque colgando del patíbulo todavía. De inmediato dan cuenta del prodigio al juez quien, incrédulo, cuando está a punto de comerse un gallo asado, dice que eso es
tan imposible como que el gallo cantase. Milagrosamente, el gallo no sólo cantó, sino que recobrando la vida, correteó ante los ojos de todos los presentes. El muchacho fue descolgado y ante la fe que parecía derrochar, la posadera al fin confesó su delito.

Prodigio de semejante magnitud, atribuido al mismo Santiago, se observa en otra leyenda que nos remonta al siglo XI. Se dice que treinta caballeros de Lorena, dispuestos a iniciar la peregrinación hasta la tumba del Apóstol, prometieron solemnemente ayudarse unos a otros a lo largo del viaje, y no abandonarse bajo ninguna circunstancia. Tan sólo uno de ellos se abstuvo de prometer nada.

Sucedió que, tras haber llegado hasta Gascuña sin incidencias, uno de los peregrinos cayó gravemente enfermo. Recordando entonces la promesa, cargaron como pudieron con áquel, lo cual les retrasó diez días el viaje hasta el puerto de Cisa. Discutirían allí el asunto y resolverían abandonarlo al fin, cosa que hicieron, pues de lo contrario ninguno de ellos lograría, ni por asomo, llegar a Galicia.

(Imagen de Santiago, en la Parroquia de Puentelarreina -Navarra-)

Solamente aquel peregrino que nada prometió se quedó con el enfermo, cargándoselo a cuestas. Así logró llegar, una madrugada, hasta lo alto del Pirineo, una vez dejado atrás San Miguel el Viejo, en Baja Navarra. Pero esa noche moriría el peregrino, sintiendo su caritativo compañero que a él mismo parecían abandonarle las fuerzas. Dicen que entonces se le apareció el Ápostol Santiago, y que montando en su caballo al vivo y al muerto, emprendieron tan loca carrera que al alba estaban ya en los montes del Gozo, a menos de una milla de la catedral compostelana.

Información obtenida de Nosotros los Vascos



domingo, 21 de noviembre de 2010

El cuento de Canillo el pescador

Recogido por el etnólogo vasco don José Miguel de Barandiarán, en Ataun, su pueblo natal, en 1922, el cuento "Canillo el pescador y Canillo el chico". "Kanillo arrantzalea ta Kanillo-txiki", pasó a convertirse en la más popular de todas las narraciones que, sobre asunto marinero, modernamente hayan circulado por Euskal Herria. Eso, a pesar de que la población guipuzcoana de Ataun se encuentre enclavada muchos kilómetros tierra adentro, al pie de la sierra de Aralar.
(ilustración de José Carlos Iribarren)

Dice el cuento que Canillo, un humilde pescador, pescó un día un besugo muy distinto a los que pescaba habitualmente. Porque se trataba de un besugo que sabía hablar. Y porque le prometió, a cambio de la libertad, colmar de riquezas al pescador. Canillo no dudó en devolver el pez a la mar, y ese mismo día, al volver a su casa, se encontró con que era poseedor de una inmensa fortuna.

Pero, ¡humana debilidad! Pasado poco tiempo, Canillo había dilapidado toda su riqueza, viéndose en la necesidad de volver a practicar la pesca para poder subsistir. Y otro día, ¡gran sorpresa!, volvió a pescar al mismo besugo de la otra vez. Pero en esta ocasión, a cambio de riquezas, además de la libertad, lo que el asombroso pez pidió a Canillo fue que le entregase el primer ser que al volver a casa le saliese al camino. Pensando que quien siempre salía a recibirle a su vuelta de la mar era un perrito, el pescador accedió. Devolvió pues el besugo al agua y emprendió el regreso a casa, remando presuroso.

Mas para su desgracia, ese día, tal vez porque se retrasó algo más de lo habitual, quien salió a su encuentro fue su propio hijo, Canillo el Chico. Mucho lo sintió, pero entregó el muchacho al besugo, que no era sino un diablo que había adoptado tal apariencia, y pronto volvió a enriquecerse.

Canillo el chico, por su parte se encaminó a una casa negra, la del diablo, donde en adelante permanecería cautivo, teniendo que servirle a aquél como un esclavo, Y como cierta noche hiciera mucho ruido cuando dormía sobre su camastro, el diablo le amenazó con arrojarlo a la mar. Como, aunque sin querer, repitió el ruido, a la mar se vio arrojado.

Nadó y nadó, y al amanecer llegó el muchacho a un punto apartado de la costa. Allí se encontró con un león, una paloma y una hormiga, que delante de una yegua muerta, se disputaban cómo repartírsela. Al ver al muchacho le explicaron que el litigio duraba ya tres días y que a ver si a él se le ocurría alguna solución. Canillo el Chico les propuso entonces hacer el siguiente reparto: adjudicar toda la carne al león, dar las entrañas a la paloma y dejar la médula para la hormiga.

Tan contentos se mostraron los tres animales, que cada cual dio una virtud al muchacho. El león le dijo que podría convertirse en león siempre que quisiera, con tan sólo exclamar legoi -león-. La paloma que podría ser paloma diciendo uso -paloma-. Y la hormiga le concedió la posibilidad de ser hormiga, pronunciando la palabra txingurri -hormiga-.

Convertido ahora en paloma por propia voluntad, el muchacho voló hasta la casa del diablo de la costa, encontrándose con que éste estaba siendo peinado en aquel momento por su criada. Se posó en uno de los árboles del jardín y aguardó. Pronto descubriría la criada a la paloma, y exclamaría: "¡Qué hermosa paloma!". A lo que respondería el diablo: "¡Cómo tú!". Seguidamente la criada añadiría: "Tú pareces inmortal, ¿sería posible que tú perdieras la vida de algún modo?". El diablo que parecía estar excesivamente locuaz aquella tarde, respondería: "En el monte Iparrarre vive mi hermano. En su vientre hay una liebre. En el vientre de la liebre una paloma. En el vientre de la paloma un huevo. Solo aquel que me arroje ese huevo a la frente podrá acabar conmigo". Canillo, que no había perdido una sola palabra, voló presuroso al monte Iparrarre.

Descubriendo una casa en las proximidades de aquel monte, se presentó en ella Canillo con su apariencia humana, y preguntó si necesitaban criado. Como le respondieron que sí, de criado se quedó en la casa o, más exactamente, como pastor, al cuidado de un rebaño de ovejas. Eso sí, le advirtieron que no llevase los animales al monte Iparrarre, pues podían perecer a manos de un diablo que allí había.

Lo primero que hizo el eventual pastor fue llevar el rebaño al lugar prohibido donde, sin tardanza, se le apareció el diablo en figura de hombre. Canillo dijo Legoi, se convirtió en león y comenzó a luchar contra el diablo, aunque, a decir verdad, ninguno resultó vencedor.
Tan sólo el diablo exclamaría: "¡Ah si estuviera aqui mi hermano!". A lo que Canillo, a su vez repondría: "¡Ah si pudiera comerme el panecillo que cuecen en mi casa a las once de la mañana!". Las únicas que salieron beneficiadas fueron las ovejas, que comieron más que nunca.

Al día siguiente Canillo volvió a llevar el rebaño al mismo sitio. Nuevamente se le apareció el diablo. Y otra vez, convertido en león, luchó contra él sin éxito por ninguna de las dos partes. Aunque también ahora, ambos repitieron la misma frase del día anterior. Lo que ninguno de los dos sabía era que estaban siendo espiados por una criada de la casa.

Al tercer día el resultado de la disputa entre el diablo y Canillo sería muy distinto. Porque la criada, cuando el muchacho exclamó la frase que aludía al panecillo, le arrojó uno hecho por ella misma, lo que dio al joven las fuerzas necesarias para al fin matar al diablo. Así una vez muerto éste, abrirle el vientre, sacarle la liebre, de ésta la paloma y a ella el huevo, fue coser y cantar.

De ahí a matar al otro diablo, el de la costa, arrojándole el huevo en mitad de la frente, fue todo una misma cosa. Libre definitivamente de los dos diablos, Canillo el Chico volvería junto a su padre, con quien viviría en lo sucesivo rodeado de riquezas.

Y colorín colorado...

domingo, 17 de octubre de 2010

Mamarruak


Los pequeños genios que en algunos lugares dicen que tienen aspecto de insectos y en otros que son pequeños hombrecillos vestido de rojo, reciben los nombres más diversos: prakagorriak, mamarruak, galtzagorriak, gaizkiñak, mozorroak, bestemutilak, etxejaunak, ximeigorriak o aidetikakoak, todos ellos recogidos por J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de mitología vasca», así como el extraño nombre de patu, del cual dicen que, cuando una persona no tiene suerte en sus negocios, se comenta de ella que “ez du horrek patu onik”, es decir: “ése no tiene buena suerte”.

Estos personajillos son capaces de los mayores portentos y ayudan a aquél que los posee. Lo mismo pueden hacer que una yunta de bueyes gane una apuesta de arrastre que pueden arar un campo en un abrir y cerrar de ojos o, incluso, trasladar a su dueño a largas distancias, como la historia que cuentan del brujo de Bargota, en Nafarroa, que se trasladaba a Madrid para ver una corrida de toros y estaba de vuelta nada más terminada.

*** *** *** *** *** ***

En Añes de Araba vivía un hombre que era tenido por brujo. Su casa estaba un poco apartada del pueblo y nadie se acercaba por allí, a menos que tuviese una buena razón para hacerlo. Todo el mundo lo temía, pues era capaz de acabar con una buena cosecha o de desaparecer durante varios días y volver con pócimas y objetos mágicos de los países más lejanos.

Durante muchos años, los habitantes de Añes y el brujo vivieron en paz, pero, con el tiempo, el brujo se convirtió en una persona ambiciosa y desagradable. Empezó a exigir

más y más cosas. Si veía un caballo que le gustaba, se lo pedía al dueño, amenazándole con matar a todos los
animales de su cuadra si se negaba; otro día era un jamón; otro, un par de ocas o una barrica de buen vino. Los habitantes del pueblo soportaban su tiranía porque no
convenía hacerlo enfadar, pero cada vez era más difícil tenerlo contento. —Tenemos que hacer algo... —comentaban.

—¡Hay que acabar con ese brujo! —decían unos.

—¿Y quién va a ser el valiente? —respondían otros.

Un día, el temido brujo decidió casarse. Mandó recado al alcalde diciéndole que quería una esposa, y que le preparase una muchacha para el día siguiente. En caso de no cumplir sus deseos, destruiría el pueblo. El alcalde no tuvo más remedio que seguir las órdenes y eligió a Grazia, una chica alegre y lista que no estaba dispuesta a casarse con el brujo, pero tampoco quería que les ocurriera nada a sus vecinos.

No sabiendo cómo solucionar el problema, aquella noche la muchacha se acercó a la casa del brujo y se puso a mirar por la ventana. El brujo estaba haciendo una de sus mezclas mágicas. Echaba hierbas y polvos en una gran olla y luego lo revolvía todo con un palo largo. Estuvo así durante mucho rato, pero cuando quiso retirar la olla del fuego, no pudo hacerlo porque era muy pesada. Entonces cogió una hoz que había encima de la mesa, soltó el mango y de su interior salieron cuatro hombrecillos vestidos de rojo que se pusieron a dar saltos mientras decían:

—¿Qué quieres que hagamos? ¿Qué quieres que hagamos?

—Retirad la olla del fuego —les ordenó el brujo.

Ante el asombro de Grazia, que seguía mirando por la ventana, los cuatro enanillos cogieron la enorme olla y la retiraron del fuego.

—¿Y ahora? ¿Qué quieres que hagamos? —volvieron a preguntar.

El brujo extendió su mano y los cuatro se subieron a su palma.

—Ahora nada, queriditos. No sé lo que haría sin vosotros... Si supieran en el pueblo que vosotros sois mi magia... Ja, ja, ja —rió el brujo—. ¡Pero nunca lo sabrán! Si mañana no me han buscado una novia, os mandaré para que destruyáis las casas, queméis los campos y matéis a todos los animales. Y ahora, meteos en el mango de la hoz.

Así lo hicieron los cuatro geniecillos, y el brujo enroscó de nuevo el mango a la cuchilla. Luego, apagó la luz y se fue a dormir.

Grazia esperó mucho tiempo quieta, sentada debajo de la ventana, pensando. Decidió robar la hoz y, con mucho cuidado, abrió la ventana y se metió en la casa. Se acercó a la mesa y cogió la hoz. Entonces, los geniecillos empezaron a gritar:

—¡Amo! ¿Eres tú? ¿Qué quieres que hagamos?

Grazia salió corriendo de la casa con la hoz en la mano, pero el ruido que hizo y los gritos de los geniecillos despertaron al brujo, que, al darse cuenta de lo que ocurría, saltó de la cama y empezó

a perseguirla. La muchacha corría y corría, pero el brujo corría más deprisa.

—¡Devuélveme la hoz! —gritaba.

Grazia, desesperada, veía cómo el brujo estaba cada vez más cerca y, cuando éste ya estaba a punto de alcanzarla, se detuvo en seco y con todas sus fuerzas lanzó la hoz que fue a caer al camino de piedra. La hoz rebotó tres veces y el mango se rompió. Al instante salieron los cuatro geniecillos y desaparecieron de la vista dando saltos de alegría.

El brujo se detuvo. Empezaba a amanecer.

—¿Qué has hecho? —preguntó con una voz muy débil.

Grazia se giró para mirarle. ¿Era cierto lo que estaba viendo?

¡El brujo estaba desapareciendo! En pocos segundos, sólo quedó de él la túnica tirada en el suelo. La joven fue corriendo hasta el pueblo y contó lo ocurrido. Se formó una cuadrilla para ir a investigar, pero, cuando llegaron al lugar, no encontraron nada, ni siquiera la casa.

Durante muchos años, los habitantes de Añes intentaron apoderarse de los cuatro geniecillos, dejando un mango de hoz encima de un arbusto en la noche de la víspera de San Juan. Pero, que nosotros sepamos, nadie lo ha conseguido todavía.

Leyendas de Euskal Herria de Toti Martínez de Lezea


miércoles, 29 de septiembre de 2010

El basilisco del pozo - Mendoza, Araba -

En Mendoza de Araba existe un barrio llamado Urrialdo que hace muchos años estaba muy poblado, tenía numerosas casas y era un lugar próspero y rico.Un día, sin embargo, ocurrió algo que angustió y acabó con la alegría de los habitantes de Urrialdo. Una serpiente robó un huevo de gallina y lo empolló.

Llegado el momento, el huevo se rompió, y de él salió un basilisco. Tenía el tamaño de un gato, su cabeza parecía la de un gallo con dientes, su cuerpo era de serpiente, tenía unas alas llenas de espinas y su cola era larga y puntiaguda como una lanza.
El basilisco es el animal más terrible que existe, y sus armas son sus ojos y sus dientes. La mirada del basilisco es mortal, hace que las plantas se marchiten, que los árboles se sequen y que
los pájaros caigan en pleno vuelo. La única planta capaz de resistir su mirada es la “hierba de gracia”(boskoitza), que cura las heridas causadas por los dientes del basilisco. Y sólo hay dos animales capaces de vencerlo: el gallo y la comadreja.
El horrible animal muere al oír el canto de un gallo o cuando la comadreja le da un mordisco. Pero los habitantes de Urrialdo
no lo sabían. El basilisco apareció un buen día en el pozo, sentado encima de un tronco que flotaba en el agua. Las primeras en verlo fueron dos mujeres que se acercaron a lavar la ropa.
—¿Qué es eso que hay en medio del agua? —preguntó una.
—Pues..., no sé... Yo diría que es un gallo... —respondió la otra.
—¿Un gallo en medio del agua? ¿Dónde se ha visto algo igual?

En eso, el basilisco clavó su mirada en ellas, y dos segundos más tarde estaban muertas.
El monstruo desapareció. Nadie podía explicar aquellas muertes, y el temor empezó a apoderarse de los habitantes de Urrialdo cuando, al día siguiente, apareció un hombre muerto, y luego otro, y otro... Todas las muertes tenían lugar cerca del pozo, pero nadie había visto nada raro, así que decidieron mandar a un mozo para que vigilase.

Aún no había amanecido y el joven se subió a un árbol y esperó, oculto entre las ramas. Cerca del mediodía, vio un carruaje que se acercaba por el camino del pozo. Los viajeros contemplaban el paisaje y hacían comentarios sobre las casas. En eso, se fijaron en el lago y al instante, emergiendo entre las aguas, apareció el basilisco. Su mirada se clavó en el carruaje y, antes de que el mozo que estaba en el árbol pudiera darse cuenta de lo que ocurría, el vehículo y sus ocupantes desaparecieron.
Martín se quedó con la boca abierta del asombro, se frotó los ojos creyendo que estaba soñando, miró de nuevo al lago..., pero el basilisco había desaparecido. Al enterarse de lo ocurrido, todos los habitantes de Urrialdo comenzaron a temblar de miedo. No sabían cómo luchar contra un ser tan poderoso y decidieron marcharse del pueblo, porque lo más importante era seguir vivos. Sólo unos pocos se atrevieron a quedarse allí. Pero el tiempo pasaba, las casas abandonadas iban cayéndose de viejas y los que habían decidido quedarse eran cada día más pobres, porque tenían miedo a salir y encontrarse con el basilisco, y tampoco se atrevían a utilizar el agua del pozo.
Los animales andaban sueltos, tratando de encontrar comida porque sus dueños ya no se ocupaban de ellos. Cuando se acercaban al pozo para beber, aparecía el basilisco y los mataba con la mirada.
Un día, un viejo gallo al que casi ya no le quedaban plumas, se acercó al pozo. El basilisco apareció y se lo quedó mirando, pero su mirada nada podía contra el viejo gallo, que también lo miró, y así estuvieron durante un buen rato. Creyendo el gallo que aquel otro había ido a quitarle el puesto de jefe en el gallinero, cogió aire, hinchó el pecho y cantó tan fuerte como cuando era joven. El basilisco se convirtió en estatua de piedra, se rompió en varios cachos y se hundió en el agua. Nunca más se ha visto un basilisco en la región, pero los habitantes que se habían marchado no regresaron, y el pueblo de Urrialdo no volvió a conocer la prosperidad que una vez tuvo.
En su «Diccionario de mitología vasca», J. M. de Barandiaran comenta, hablando de la palabra “osin”, pozo o lago, que es creencia popular que en aquellos pozos en donde el agua tira hacia abajo viven ciertos genios. A algunos de estos pozos se les atribuye un origen extraordinario como, por ejemplo, en Bikuña de Araba y otros pueblos de la comarca se recuerda que en un lugar del monte Basabea se hundieron dos yuntas de bueyes con sus carros y sus boyeros, apareciendo después un pozo que aún existe. En el pueblo alavés de Caicedo se cuenta que, en el mismo sitio donde se encuentra el lago, había hace tiempo un rico caserío que se hundió en la tierra porque sus habitantes no quisieron socorrer a una pobre mendiga.

Toti Martínez de Lezea - Leyendas de Euskal Herria -

lunes, 21 de junio de 2010

EL DRAGÓN DE ARRASATE


Son muchos los dragones que pueblan las simas de los montes de Euskal Herria. Todos ellos son terribles y peligrosos. Los hay de una, tres y siete cabezas; con alas y sin alas; casi todos echan fuego por la boca —o las bocas, cuando tienen varias—; algunos tienen forma de dragón, otros de enorme lagarto y otros son como serpientes gigantes. Su nombre en euskera es “herensuge”.

Según cuenta J. M. de Barandiaran, cuando el herensuge vivía en la sierra de Ahuski, atraía el ganado para alimentarse; cuando vivía en Aralar, en Muragain o en la Peña de Orduña, se alimentaba de carne humana. Varios autores recogen la siguiente leyenda en distintos lugares, aunque la más famosa es la de Arrasate-Mondragón.

Arrasate es una villa industrial de la comarca del Alto Deba, pero hace mucho tiempo era un pueblo pequeño cuyos habitantes se ocupaban de las tareas agrícolas y del ganado y también trabajaban el hierro que se extraía en las minas del monte Udala.

Parecían felices y contentos, pero un gran peligro se cernía sobre la localidad. Una vez al año, la sima de un monte cercano crujía, temblaba, y de sus entrañas salía un monstruo terrible.

Era un dragón feroz que echaba fuego por la boca, abrasando y aplastando bajo sus enormes patas todo lo que se ponía en su camino. Los habitantes de Arrasate llevaban muchos años sufriendo esta aparición del herensuge, y habían llegado a una especie de pacto con la bestia. Cada vez que la sima empezaba a retumbar, se echaba a suertes entre las jóvenes solteras del pueblo y la elegida era conducida a la entrada de la sima.

Nunca regresaba ninguna, pero, a cambio, el pueblo no sufría los ataques del monstruo durante todo un año. En Arrasate vivía un herrero valeroso, que no temía a nada ni a nadie y cuya fuerza era conocida en toda la región. El herrero se había enamorado de una muchacha de ojos azules, y ella también le correspondía. Los dos hicieron planes y decidieron casarse. Llegó el día de la boda. Todo estaba dispuesto: el joven vestido con unos calzones de terciopelo negro, faja y chaleco, camisa blanca, capa corta y sombrero de fieltro y la novia con falda de terciopelo verde oscuro, basquiña a juego, blusa bordada y el cabello con flores recién cortadas. Los dos del brazo, seguidos por sus parientes y amigos, se dirigían a la iglesia cuando un enorme estruendo hizo detenerse al cortejo.

La pareja y sus invitados se miraron consternados y, sin mediar palabra, encaminaron sus pasos hacia la plaza, donde ya se habían reunido todos los habitantes de Arrasate. El alcalde sorteó a las jóvenes y, ante el horror del herrero, la elegida fue su novia, que, por no estar aún casada, entraba también en la elección. Tuvieron que sujetarlo entre varios mientras otros conducían a la novia a la sima y regresaban corriendo a sus casas. En cuanto lo soltaron, el herrero fue a su taller, cogió una barra de hierro con una punta afilada y la puso al fuego de la fragua. En pocos minutos, el hierro estaba al rojo vivo.

El herrero subió a toda velocidad hasta la sima y llegó justo en el momento en el que elherensuge salía de la cueva y, relamiéndose, se dirigía hacia la joven que, petrificada por el terror, esperaba su fin. Dándole un fuerte empujón, el herrero retiró a su novia del camino del dragón y se enfrentó con él.

El herensuge se quedó quieto durante un momento, extrañado de ver allí un hombre en lugar de una joven hermosa, pero, encolerizado por la intrusión, lanzó una gran llamarada contra él. El herrero, que estaba atento, dio un gran salto y, esquivando el chorro de fuego, clavó con todas sus fuerzas la barra en la garganta del monstruo, que se derrumbó sobre sus patas, provocando, con su caída, un temblor de tierra en toda la zona del Alto Deba.

El herrero y su novia regresaron a Arrasate entre las aclamaciones de sus vecinos, que al fin se veían libres de la amenaza, se casaron y tuvieron siete hijas que, gracias a su padre, crecieron sin temor a ser elegidas como ofrenda alherensuge. Desde entonces, y como recuerdo de la proeza del herrero, aparece un dragón en el escudo de Arrasate.

Leyendas de Euskal Herria de Toti Martinez de Lezea



sábado, 12 de junio de 2010

MATEO TXISTU


En la zona de Tolosa, aunque otros cuentan que sucedió en Ataun y otros en Oiartzun, vivía hace ya mucho tiempo un cura que tenía a cargo una pequeña parroquia. Sus ocupaciones no eran muchas, aparte de las normales de su cargo —misas, bautismos y funerales—, por lo que tenía bastante tiempo libre para dedicarse a su afición favorita: la caza.

Sus vecinos y parroquianos le apodaban “Mateo Txistu”, ya que eran de sobra conocidos los silbidos con los que llamaba a sus perros cuando se preparaba a salir en busca de alguna presa, y todos comentaban jocosamente la afición del cura, al que, por otra parte, no se le conocían otros vicios.

Pasaban los días y las estaciones sin que nada turbase la paz del lugar y la de sus habitantes. Pero un día, el diablo, que siempre andaba buscando la debilidad en las almas humanas, se presentó ante Mateo Txistu bajo la apariencia de un caballero distinguido. Mateo, que no era tonto, enseguida se dio cuenta de quién era en realidad el elegante señor.

— ¿Qué quieres, malvado? —le preguntó de sopetón.
— ¿Yo? ¡Nada! —respondió el diablo, confundido
— Entonces..., ¿por qué estás aquí?

Y riéndose, Mateo Txistu silbó a sus perros, cogió la escopeta y desapareció de la vista del diablo internándose en un bosque cercano.

El diablo se quedó rabiando por haber hecho el ridículo, ya que un cura de pueblo lo había reconocido. Un diablo avergonzado es muy peligroso, porque su reacción puede ser terrible. Pasó varios días pensando en la forma de vengarse de la burla y, finalmente, dio con la fórmula.

Un domingo, en medio de la misa, una hermosa liebre blanca asomó su hocico por la puerta de la sacristía donde los perros del cura esperaban a su dueño. En cuanto vieron a la liebre, los perros levantaron las orejas y comenzaron a ladrar furiosamente.

Mateo interrumpió un momento la misa y echó una ojeada hacia la sacristía para conocer el motivo de tanto alboroto. Cuál no sería su sorpresa al ver a la liebre plantada en la puerta, invitándole a salir en su busca. No lo pensó dos veces: dejó la misa, abandonó a los asombrados feligreses, cogió la escopeta y salió con los perros en pos de la liebre que había escapado campo a través.

Nunca más se supo de él. No regresó. Sin embargo, desde entonces, muchos son los que le han oído silbar a sus perros, otros han oído los tristes ladridos y, alguna que otra noche clara de luna llena, pueden verse con claridad las siluetas del cura, los perros y la liebre en su eterno vagar.

Lección / Moraleja:
Ésta es “la leyenda del cazador que, en castigo a su afición desordenada, corre sin tregua ni reposo por todo el mundo, acompañado de sus perros, formando parte del inmenso ciclo de cazas aéreas y nocturnas que figuran en los relatos míticos”, dice J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de mitología vasca».

TTARTTALO, Zegama, Gipuzkoa


Entre los muchos personajes mitológicos vascos, hay uno especialmente aterrador: Ttarttalo o Torto, el cíclope antropófago de un solo ojo en medio de la frente. Se le representa como pastor de ovejas y constructor de dólmenes, de donde procede el nombre de “Ttarttaloetxe” que se le da a un dolmen situado en lo alto del monte Saadar, en Zegama.

El siguiente relato, recogido por J. M. de Barandiaran en su «El mundo en la mente popular vasca», es parecido al del cíclope de Homero, aunque con la variante del anillo parlante. Entre las hipótesis que se barajan sobre esta leyenda, hay una que señala que los marinos vascos pudieran haber tenido relaciones con los marinos griegos y haberla traído así a nuestra tierra.


Dos hermanos que regresaban a Zegama, en Gipuzkoa, después de un largo viaje, se perdieron y, tras mucho caminar, encontraron una cueva en la que se refugiaron para pasar la noche. Poco tiempo después apareció Ttarttalo con sus ovejas y, entrando en la cueva, cerró la entrada con una enorme piedra. Al darse cuenta de la presencia de los dos hermanos, fijó en ellos su único y terrible ojo y dijo al mayor:

—Tú, para hoy.
Y al otro:
—Tú, para mañana.

Y, diciendo esto, cogió al mayor, lo atravesó con un asador y lo puso al fuego; luego se lo comió ante los aterrorizados ojos del hermano menor. Antes de echarse a dormir, colocó en el dedo anular del joven un anillo hablador que a la pregunta: “¿Dónde estás?”, invariablemente respondía: “¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!” —Así sabré dónde estás en todo momento —dijo el gigante, y se quedó dormido.

Durante un buen rato, el joven no supo qué hacer. Desesperado, daba vueltas dentro de la cueva, esperando encontrar un lugar por el que huir, pero únicamente había una salida posible, que estaba tapiada por una enorme piedra que él solo era incapaz de mover. De pronto, tuvo una idea genial. Cogió el asador, lo calentó al fuego y se lo clavó a Ttarttalo en su único ojo. El gigante lanzó un grito espantoso y se arrancó el asador. —¡Me has dejado ciego, miserable! —gritó—. ¡Voy a destrozarte con una sola mano! Ttarttalo, furioso, empezó a buscar a tientas al joven, que corría de un lado para otro, evitando los manotazos del gigante.

Al no poder encontrarlo entre las ovejas y las pieles, Ttarttalo movió la roca que tapaba la entrada de la cueva e hizo pasar a las ovejas una a una entre sus piernas. El joven, cubierto con una piel de oveja, también pasó y, al verse fuera, empezó a correr tan deprisa como pudo. Al darse cuenta de que su presa había escapado, el gigante recordó el anillo y gritó: —¿Dónde estás?

—¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! —contestó el anillo.

Guiándose por la voz del anillo, Ttarttalo echó a correr detrás del joven. Cada una de sus zancadas equivalía a diez pasos del pobre mozo, que veía cómo se le acercaba más y más, pero continuaba corriendo mientras intentaba sacarse el anillo del dedo, sin conseguirlo. A punto de desfallecer, el joven sacó un pequeño cuchillo de monte que llevaba en la bota y se cortó el dedo, tirándolo a un pozo con anillo y todo.

—¿Dónde estás? — Ttarttalo gritó una vez más:
—¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! —respondió el anillo desde el fondo del pozo. Y Ttarttalo, el cíclope monstruoso que aterrorizaba la región, cayó al pozo y se ahogó.

Desde entonces, ningún otro de su especie ha vuelto a aparecer por Zegama ni por los pueblos vecinos, aunque nadie se acerca demasiado a Ttarttaloetxe, por si acaso.

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Leyendas de Euskal Herria, Toti Martinez de Lezea




jueves, 10 de junio de 2010

MARI Anboto

Mari es la diosa suprema de la mitología vasca. Posee varias moradas, pero una de las más conocidas es la que tiene en el monte Anboto, por lo que también es conocida como Anbotoko Dama o Damla.

Mari tiene un compañero, Maju o Sugoi, que la visita todos los viernes por la tarde y le peina el cabello con su peine de oro. Tiene también dos hijos, Atarrabi y Mikelats, representantes el primero del bien y el segundo del mal.

Algunas veces Mari se casa con mortales, con los cuales tiene hijos e hijas. Aunque se la representa de muy diversas maneras, hay una particularmente atractiva: una hermosa mujer, con largos cabellos, un castillo de oro en su mano derecha y un dragón a sus pies. La siguiente leyenda se encuentra recogida en el «Libro dos Linhagens», escrito por el conde Pedro de Barcellos en el siglo XVI.


Era don Diego López de Haro, señor de Bizkaia en el siglo XIV, un gran cazador, y siempre que podía salía en busca de algún jabalí o de algún otro animal salvaje de los que, en aquel entonces, abundaban en nuestros bosques y montes. Un día en que se afanaba en la caza de una buena pieza, oyó cantar a una mujer en lo alto de una peña.

La voz era tan bella que don Diego sintió unos enormes deseos de conocer a su dueña, y se dirigió hacia ella. Nunca había visto una mujer tan hermosa. Era alta y esbelta, de piel blanca y ojos negros que contrastaban con el rubio dorado de sus cabellos, que casi llegaban hasta el suelo. Llevaba un vestido verde bordado con hilos de oro, y una cinta, también de oro, en la frente.

Era tal su esplendor que don Diego se enamoró locamente de ella. —¿Quién eres?—le preguntó. —La señora de Anboto —respondió ella. —Puesto que tú eres señora de Anboto y yo señor de Bizkaia, ¿quieres casarte conmigo? La Dama aceptó, pero le hizo prometer que nunca, nunca haría la señal de la cruz en su presencia. Se casaron y tuvieron una hija, Urraka, y un hijo, Iñigo Gerra.

Pasaron los años y la felicidad reinaba en el castillo de don Diego López de Haro. Un día volvió de la caza el caballero trayendo consigo un enorme jabalí que los encargados de la cocina dispusieron para la cena. Estando toda la familia a la mesa, dos de los perros de la casa entraron en el comedor y empezaron a ladrar pidiendo parte del banquete. Uno era un gran perro alano, muy fiero, y el otro una perrita de aguas, mucho más pequeña. Don Diego, divertido, les lanzó una pata del jabalí y los dos perros se abalanzaron sobre ella, disputándosela. Ante el asombro de todos, la perrita mató al alano y escapó arrastrando la jugosa pata. Don Diego no pudo reprimirse e hizo la señal de la cruz, al tiempo que exclamaba: —¡Dios mío! ¡Jamás había visto algo igual.

En aquel mismo instante, Mari cogió a su hija de la mano y ambas salieron volando por una de las ventanas. Nunca más se supo de ellas.

Pasaron de nuevo los años y, durante una guerra contra los castellanos, don Diego fue hecho prisionero y llevado a una fortaleza en Toledo. Iñigo Gerra pidió consejo a los suyos para liberar a su padre, pero nadie conocía el modo, hasta que un viejo de larga barba blanca abrió la boca.

—Iñigo, si quieres ayuda —le dijo—, ve a pedírsela a tu madre. Ella sabrá decirte lo que tienes que hacer.

Fue pues Iñigo al monte Anboto y vio a Mari encima de una peña.

—Iñigo Gerra, querido hijo —habló Mari—, ven hasta mí porque ya sé que vienes a preguntarme cómo sacar a tu padre de la prisión.

Mari lanzó un grito y apareció un hermoso caballo blanco ensillado. —Este es Pardal —continuó diciendo la Dama—. Te lo doy. Con él ganarás batallas, pero nunca debes de quitarle la silla, ni siquiera darle de comer o beber. Hoy mismo te llevará a Toledo y os traerá de vuelta a casa.

En efecto, Iñigo montó el caballo y, al momento, se encontró en el patio de la fortaleza en donde estaba encerrado su padre, lo buscó, lo cogió de la mano, lo llevó hasta el caballo y ambos regresaron a Bizkaia sin que ningún soldado hiciera nada por detenerlos, puesto que se habían vuelto invisibles. Desde aquel entonces, todas las entrañas de las vacas que se mataban en la casa del señor de Bizkaia eran colocadas sobre una peña como ofrenda a la Dama de Anboto. Y decían que, de no hacerlo, caería un mal sobre don Diego o sobre sus descendientes, como así ocurrió. Un tataranieto de don Diego dejó de hacer la ofrenda y perdió un ojo por no seguir la tradición.

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Leyendas de Euskal Herria
Toti Martinez de Lezea




El puente



“Hace mucho tiempo, las lamias del monte Lexarantzü se comprometieron a hacer un puente en el río de Ligi. ¡Un trabajo difícil, si los hay! ¿Pero es que hay algo que no puedan las lamias?

Fue una noche oscura, ya que no quieren mirones. Se pusieron a trabajar con presteza y en silencio, para acabar el puente antes del amanecer. Levantaron el arco del puente, no de los dos apoyos a la vez, como los hombres; sino desde el uno cara al otro, como acostumbran las lamias.

Había un panadero no lejos de allí y, como siempre, al poco de medianoche encendió el horno. Un gallo joven del gallinero, viendo la iluminación del horno, creyendo que ya era la aurora, comenzó a cantar y a sacudir las alas. Las lamias, con las últimas piedras en las manos, iban a colocarla en su lugar. Cuando oyeron el canto del gallo, ¡brau! tiraron la piedra al fondo del río y ellas, dando un grito estentóreo, se perdieron en la oscuridad.

Desde entonces, cuando el río está en estiaje, cualquiera puede ver en el estribo un gran agujero: el que debía ocupar la última piedra de las lamias.”

La Lamia enamorada


En la mitología vasca, las lamias son genios mitológicos a menudo descritos con pies de ave. Casi siempre femeninos, moran en los ríos y las fuentes, donde acostumbran a peinar sus largas cabelleras con codiciados peines de oro. Suelen ser amables y la única forma de enfurecerlas es robarles sus peines. La propia mitología vasca explica su desaparición a causa de la fundación de ermitas.
A veces adoptan la forma de una bella mujer y atraen a los hombres, siendo posible distinguirlas únicamente por sus pies de pato. En ocasiones tenían hijos con ellos. En otras leyendas son mitad humanos y mitad peces. Otras dicen que no son más que la diosa Mari.
En Euskal Herria existen numerosos vestigios del paso de las lamias, cuya existencia estaba muy arraigada en la creencia popular; de ahí que se dijese: “direnik ez da sinistu behar; ez direnik ez da esan behar” (no hay que creer que existan; no hay que decir que no existen). J. M. de Barandiaran recoge los siguientes topónimos (casi todos en Bizkaia): Laminategi (Mutriku), Lamikiz (Markina), Lamindau (Dima), Laminerreka (Zeberio), Laminapotzu (Zeanuri), Laminarrieta (Bedia), Laminazulo (Anboto), Laminaran (Mundaka), Lamiako (Leioa). La siguiente leyenda fue recogida tanto por J. M. de Barandiaran como por R. Mª de Azkue, y es una de las más hermosas que existen.

He aqui una leyenda...

“Una vez un joven pastor de Orozko, en Bizkaia, llamado Antxon, andaba por el monte con su rebaño cuando oyó un canto maravilloso, y quedó tan asombrado que se olvido de las ovejas y se dirigió hacia el lugar de donde provenía la voz.
Al separar unos matorrales vio algo que le dejó boquiabierto. Sobre una roca enclavada en medio de de rio estaba sentada la joven más hermosa que jamás había visto. Tenía el cabello largo y rubio, tan largo que le llegaba a los pies… Se peinaba con un peine de oro mientras cantaba una extraña melodia.Antxon no podía apartar sus ojos de ella.
En eso, la joven dejó de cantar y dirigió su mirada hacia los matorrales.Al ver al joven pastor se zambullo fugazmente en el rio.Al poco sacó la cabeza del agua, escondiéndose tras la roca, asomándose temerosamente…mientras el muchacho contemplaba, atónito, el juego.Finalmente,no volvió a esconderse y abriendo sus grandes ojos transparentes la preciosa lamia preguntó:
-¿Quién eres? El pastor permaneció mudo. -¿Quién eres?- insistió la joven -Antxon, Soy Antxon-acertó a responder al fin-. ¿Y Tú?
La joven lamia se echo a reír y no respondió, zambullendose de nuevo. El pastor esperó y esperó, pero al ver que no salia, regresó al pueblo confuso. Durante unos cuantos días no salio de casa, y no podía dejar de pensar el la joven del rio.Por fin se decidió y otra vez cogió el camino hacia el monte.A medida que se acercaba al lugar, de nuevo escucho aquel canto de los angeles, y se sintió feliz.
La hermosa joven, al igual que la vez anterior, peinaba sus cabellos rubios sentada encima de la roca junto a la cascada…. Al ver a Antxon dejó de cantar y le sonrió
-Buenos dias, Antxon- dijo-.Te estaba esperando. -¿A mi?-pregunto estupefacto. -Si, a ti.Acércate, acércate.
Antxon se aproximó a la orilla, y allí se sentó.Pasaron las horas y ninguno de los dos hablaba, sólo se miraban.
-¿Te casarás conmigo?-.Pregunto la joven lamia cuando el sol comenzaba a ocultarse. -Si-.Respondió Antxon. En señal de compromiso, la joven le entrego un anillo, que el se puso en el dedo anular al instante.
Tras la despedida el joven ya en casa….
-Ama, voy a casarme- le dijo Antxon a su madre. -Pero, hijo…,¿con quien?-pregunto su madre, asombrada, pues no sabia que su hijo tuviese novia. -Con la joven más hermosa del mundo.vive arriba en el monte, junto al rio. -Pero…¿quien es?- insistió la madre. -La mujer más hermosa que he visto en mi vida. -¿como se llama?¿quienes son sus padres? -Es la más hermosa, la más hermosa…
La madre llego a la conclusión de que su hijo estaba hechizado. Salio presurosa a la calle, habló con sus vecinos, con la abuela, con el tío, con el cura….todos le aconsejaron de forma distinta:Si es bruja, esto..Si es Lamia,lo otra..Si es extrangera, aquello….finalmente el hombre más viejo de Orozko dió también su opinión.
-Si es lamia, tendrá los pies de pato-sentenció…
La madre regresó a casa e hizo prometer a su hijo que miraría los pies a su novia.Despues de mucho insistir, Antxon prometió que asi lo haría, miraría los pies a su hermosísima novia. De pronto, se apoderó de el un gran deseo de verla de nuevo, y echo a correr hacia el monte.
Su enamorada se estaba bañando y jugueteaba con los peces, entraba y salía del agua como un delfín y su risa era como el sonido de mil cascabeles.Se acercó silenciosamente, queriendo darle una sorpresa pero…..ahi!los pies de su amada no eran como los de todo el mundo!
-estaré soñando?-se preguntaba,incredulo…
Los pies de la joven parecian patas de pato, definitivamente eran pies de pato! Antxon se quedó paralizado por el estupor y después regreso al pueblo con el corazón destrozado. Al entrar en casa su madre que le esperaba, notó que algo extraño sucedía.
-¿Y qué, hijo? ¿Que ha pasado? ¿Has visto sus pies?-le pregunto impaciente. -Son como los pies de los patos…-murmuro el joven. -Es una LAMIA! No puedes casarte con ella! lo oyes!, los humanos no se casan con las lamias.
Antxon, presa de gran tristeza, se metió en la cama y enfermó.La fiebre le hacia delirar, veía el rostro de su amada y oía su voz llamándole..:”Zatoz,maitea,zatoz”(“Ven,querido,ven”).Pero él nunca volvió, porque murió de pena.
El día del entierro la lamia acudió a la casa de Antxon, se acercó al lecho, lo cubrió con una sábana de oro y besó sus fríos labios. Siguió al cortejo fúnebre hasta la puerta de la iglesia, pero, como todo el mundo sabe, las lamias no pueden entrar en las iglesias, entonces regresó al monte llorando por su amor perdido.Tanto y tanto lloró que, en el lugar donde cayeron sus lágrimas brotó un manantial que recuerda para siempre el amor imposible entre la lamia y el pastor.”

Leyendas de Euskal Herria de Toti Martinez de Lezea

miércoles, 9 de junio de 2010

Eguzkilore, la flor del Sol



Hace miles y miles de años, cuando los hombres empezaban a poblar la tierra, no existían ni el sol ni la luna y los hombres vivían en constante oscuridad, asustados por los numerosos genios que salían de las entrañas de la tierra en forma de toros de fuego, caballos voladores enormes dragones…


Los hombres, desesperados, decidieron pedir ayuda a la Tierra.

-Amalur (madre Tierra)-le rogaron-te pedimos que nos protejas de los peligros que nos acechan constantemente…

La Tierra estaba muy atareada y no hizo caso a los hombres, pero estos tanto y tanto insistieron que al final les atendió:

-Hijos míos, me pedís que os ayude y eso voy a hacer. Crearé un s
er luminoso al que llamaréis Luna.


Y la Tierra creó la Luna.

Al comienzo, los hombres se asustaron mucho y permanecieron en sus cuevas sin atreverse a salir, pero, poco a poco, fueron acostumbrándose.

Al igual que los hombres, los genios y las brujas ta
mbién se habían atemorizado al ver aquel objeto luminoso en el cielo pero también se acostumbraron y no tardaron en salir de sus simas y acosar de nuevo a los humanos.

Acudieron una vez más los hombres a la Tierra.

-Amalur -le dijeron- te estamos muy agradecidos porque nos has regalado a la madre Luna pero aún necesitamos algo más poderoso puesto que los genios no dejan de perseguirnos.

-De acuerdo, c
rearé un ser todavía más luminoso al que llamaréis Sol. El Sol será el dia y la Luna, la noche.


Y la Tierra creó al Sol.

Era tan grande, luminoso y caliente que los hombres tuvieron que ir acostumbrándose poco a poco pero su gozo fue muy grande porque, gracias al calor y a la luz del Sol, crecieron las plantas de vivos colores y los árboles frutales. Y, lo que es aún má
s importante, los genios y las brujas no pudieron acostumbrarse a la gran claridad del día y desde entonces sólo pudieron salir de noche.

Otra vez fueron los hombres a ver a la Tierra.

-Amalur -le dijeron- te estamos muy agradecidos porque nos has regalado la madre Luna y la madre Sol pero necesitamos aún algo más porque aunque durante el día no tenemos problemas, al llegar la noche los genios salen de sus simas y nos acosan.

Nuevamente, la Tierra les dijo:

Está bien. Voy a ayudaros una vez más. Crearé para vosotros una flor tan hermosa que, al verla, los seres de la noche creerán que es el propio Sol.

Y la Tierra creó la flor Eguzkilore (Flor del Sol) que hasta nuestros días defiende nuestras casas de los malos espíritus, brujos, lamias, genios de la enfermedad, la tempestad y el rayo.»





Los Mitos y leyendas vascas del Dragon Herensurge


Érase una vez un genio que se aparecía en forma de serpiente -suge significa en vasco culebra -, un gigantesco dragón de siete cabezas que vivía durante los meses de verano en la sima de Aralar. Cuando le crecía la séptima cabeza, se encendía en llamas y volaba raudo hacia Itxasgorrieta, la "región de los mares bermejos" de Poniente, cruzando los aires con un ruido espantoso, y allí se hundía.Cuando sentía hambre bajaba a los pueblos y causaba en ellos innumerables muertes.
La amenaza de Herensuge, el dragón-culebra, forzó durante siglos la aparición de héroes anónimos, que recurrían a la ayuda de fuerzas mágicas para vencerle cortando sus siete cabezas, liberando así a sus víctimas. Desde entonces, las centenarias hayas de Aralar conviven con el eco de multitud de fábulas.
Narrada en distintas versiones, la historia de Herensuge constituye una de las leyendas más bellas
de la mitología vasca.

A partir de la Edad Media, su figura se cristianiza y empieza a ser relacionada con el diablo. De este modo, mitología vasca y religión cristiana se funden en la leyenda de Don Teodosio de Goñi, en el siglo VIII.

Se cuenta que este caballero, señor de la comarca de Goñi, al volver a casa tras luchar contra los árabes, se encontró con el demonio disfrazado de ermitaño. Éste le dijo que, en su ausencia, su mujer le había sido infiel. Fuera de sí, acudió Don Teodosio hasta su casa y por error asesinó a sus padres, quienes dormían en su lecho conyugal. Para pagar su pecado, se retiró a Aralar atado con unas pesadas cadenas.

Un día se le apareció el diablo en forma de dragón. El caballero imploró al arcángel San Miguel, quien le libró de las ataduras de penitente y le ayudó a vencer al monstruo. Don Teodosio en acción de gracias mandó construir una ermita dedicada al arcángel. Y hasta hoy pervive en Navarra el culto a San Miguel, el mensajero divino que mantiene sometido al dragón o Príncipe de las Tinieblas.

Vencido para siempre desde hace siglos, Herensuge dormita bajo el trazado del Plazaola. A medio camino entre Pamplona y San Sebastián, su cuerpo reposa entre dos inmensos valles: al oeste, Aralar; al este, Ultzama.

BASAJAUN Y SAN MARTIN

Vieja leyenda recogida en Kortezubi

Basajaun, el señor del bosque, fue, para los antiguos y antiguas
moradoras vascas el primer agricultor, el primer molinero y el primer herrero,
de quién los seres humanos, aprendieron esos oficios.

En Kortezubi se cuenta que Basajaun había descubierto el
procedimiento para soldar el hierro, pero para los humanos era del todo
desconocido.

Así pues, San Martín intento averiguar cómo el basajaun hacía la
soldadura de dos piezas de hierro. Para ello mando anunciar en la zona de
Kortezubi que él había descubierto el procedimiento para soldar el hierro.

Entonces el Basajaun preguntó al pregonero:

- ¿Es que San Martín asperjó con agua arcillosa las piezas de hierro?

- No lo hizo, pero ya lo hará -contestó el pregonero.

Y así, utilizando como fundente la arcilla con agua, San Martín logró la
soldadura del hierro, técnica que luego se propagó por los pueblos.

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Joxe Miel Barandiaran
Diccionario de Mitología Vasca
Editorial Txertoa
Donostia, 2003