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viernes, 11 de marzo de 2022

La pequeña luciérnaga

 


. Cuento de Tailandia 


Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales. 

Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar. 

—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Id vosotros que yo estoy muy bien en casita. 

Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien que no comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba. 

— ¡Qué no quiero salir a volar! —Repetía la pequeña luciérnaga—. ¡Mira que sois pesados, eh! 

Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña. 

—Hemos de hacer algo con esta hija —decía su madre angustiada—. No puede ser que la pequeña no quiera salir nunca de casa. 

—No te preocupes, mujer —añadía su padre intentando calmarla—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de éstos sale a volar con nosotros. 

Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa. Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo: 

— ¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros? 

— No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga. 

—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela. 

—Pues. —Explicó por fin la pequeña luciérnaga—, para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna. 

La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña luciérnaga. 

—¡Ay, mi niña! —Dijo con una sonrisa—. Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes. 

— ¿Qué es lo que debo saber de la luna y que no sé? —preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad. 

—Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches —Respondió la abuela—. La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad. 

— ¿De veras que hay noches en que se esconde la luna? —se sorprendió la pequeña. 

— ¡Que sí, mi niña! —continuó explicando la abuela—. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz. 

La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. Esa noche, la pequeña luciérnaga salió del lampati para iluminar la noche, y salir a volar con su familia y sus amigos. Y así fue cómo la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.

jueves, 10 de marzo de 2022

Downie el guerrero de chocolate

 


Con la ayuda de un pequeño guerrero Downi, Jamal fue capaz de marcharse de su aldea para conocer el mundo y así vivir las más apasionantes aventuras...¿quieres conocer su historia? 

En un pueblo muy pequeño al norte de la India vivía un niño que se llamaba Jamal. Era de familia muy humilde, compartía habitación con sus cinco hermanos y niñó hindú nunca había ido más allá del bosque que rodeaba su aldea. Se dedicaba a ayudar en las tareas de casa, cuidar el ganado y en los ratos libres jugar con sus amigos a construir grandes figuras de barro que los pequeños bautizaron con el nombre de Downies, con el deseo que esas figuras se convirtieran en los guardianes de su humilde aldea.

Pero llegó un día que esa rutina de todos los días no fue suficiente para Jamal. Sintió un cambio en su interior, era la necesidad de conocer otras realidades y visitar otros lugares.

Jamal explicó a sus padres esa nueva necesidad que sentía y los dos lo comprendieron pero su padre le contestó que, después de su viaje, regresara al pueblo cargado de riquezas, que esa sería la forma de ayudar a su familia a salir de la pobreza. Su madre en cambio desapareció unos minutos y regresó con un pequeño guerrero de barro, semejante los guerreros Downi que Jamal solía construir con sus amigos, envuelto en un pañuelo. «Ves tal lejos como te lo pida el corazón, él te protegerá», le dijo depositando la pequeña figura en su mano.

Así fue como el pequeño Jamal dejó el lugar que lo había visto nacer y crecer y se adentró en el bosque, cruzó montañas, malvivió en grandes ciudades, aprendió a meditar en los grandes templos hinduistas, se refugió en la guarida de sabios expertos en la sanación con yerbas mágicas, lucho contra animales y aprendió a respetarlos y domesticarlos. Vivió mil y una aventuras que lo formaron y lo enriquecieron como persona.

Jamal regresó a su poblado años después pero no cargado de riquezas como le exigió su padre, sino cargado de experiencias y conocimientos. Jamal se había convertido en uno de los hombres más sabios del país y trajo a su pueblo la riqueza soñada por su padre pero gracias a la astucia que había adquirido durante su viaje.

Desde aquel día en el poblado de Jamal, todas las mujeres cocinan deliciosos downies de chocolate en forma de guerrero que les recuerdan a los niños de la aldea que con el conocimiento pueden llegar hasta donde quieran.

(Cuento hindú)

Con el conocimiento podemos llegar a donde nos propongamos.

La carreta vacía

 



Cuentos Sufíes 

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oidos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el ruido de una carreta. Eso es, dijo mi padre, y es una carreta vacía. ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, sí aún no la vemos?, le pregunté. Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber, a través del ruido que hace, cuando una carreta está vacía. Cuanto más vacía está, mayor es el ruido que produce. Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuno o violenta, presumiendo de lo que tiene, y considerando de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”. 


La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Nadie está más vacío que aquél que está lleno de sí mismo.


Buen niño

 


En la casa sólo viven Mauricio y su abuelita. Cuando la criada dice: -«Ya está la sopa en la mesa», Mauricio, que tiene cinco años, corre al cuarto de la abuelita y la ayuda a levantarse del sillón. La buena señora, apoyada en el niño, va hacia el comedor. Y durante la comida, Mauricio le acerca los manjares y la divierte refiriéndole cosas muy interesantes. Por la tarde, si la abuelita sale al jardín para tomar el fresco, Mauricio, después de ayudarla a sentarse en el banco, se retira precipitadamente hacia el fondo del patio. ¿Es que está ansioso por ir a jugar? No. Sigámosle con la vista, y veremos lo que hace. Miradlo: está cortando una azucena. Esa azucena es la más grande, la más blanca, la más linda. Y una vez que la tiene en su mano, corre con ella... ¿hacia dónde? Hacia allá, hacia la sombra de las parras, hacia el banco donde está sentada la abuelita. Se llega afanoso, contento, y alargando la flor a la señora, le dice sencillamente: -Abuelita querida, te traigo esta azucena... Y parece que esa flor es cosa más grande que un tesoro, porque la abuelita, que siempre está preocupada y triste, recibe la flor sonriendo, y después que la mira largamente, la coloca en su regazo, junto al libro de oraciones.

Una mariposa pasa volando, y el niño dice: -Yo quisiera dártela también. La abuelita hace en el aire un movimiento con la mano, como si fuera a cazar la mariposa, y exclama: -Ya la tengo aquí...

-¿De veras? -dice el niño. -¡De veras! -responde la abuelita. Entonces Mauricio, contento porque la abuelita tiene una mariposa y una azucena, pone su cabeza en el regazo de la señora, y queda allí en reposo, como un pajarito acurrucado. -¡Buen niño! -dice don Julio, el viejo amigo de la casa, entrando en el jardín. Y Mauricio, al oír esa exclamación, siente que un hermoso orgullo palpita dentro de su pecho.


  No hay orgullo más noble que el de ser bueno.

Del libro Rosas de la Infancia de María Enriqueta Camarillo

lunes, 13 de abril de 2020

Cosa de niñas (y niños)

En el cuento infantil «Cosa de niñas (y niños)», dos primos van a pelearse por una muñeca azul. Pablo lo hace solo para fastidiar a su prima Paola, pero en esa lucha entre los dos, ambos descubrirán algo sorprendente.

Además, Pablo descubrirá que las cosas que aparentemente solo son de niñas no tienen por qué ser aburridas. Y es que, ¿quién ha dicho que las muñecas son solo cosa de niñas?

Paola no podía creer que por fin fuera a conocer a su primo Pablo. No es que nunca se hubieran visto, es que la última vez que estuvieron juntos solo tenían tres años y ninguno se acordaba bien del otro. Después el primo Pablo se había ido con los tíos a vivir muy lejos y no habían vuelto a encontrarse. Pero por fin iban a hacerlo. Paola, que ya había cumplido siete años, lo había planeado todo.

– Nos bajaremos al patio y podremos llamar a Carlos y a Teo y jugar al escondite, o echar un partido de fútbol. ¡Qué ganas!

Pero la tarde en que Pablo iba a venir a casa, comenzó a llover a mares. ¡Todos los planes se habían estropeado! Quizá por eso cuando Paola estuvo frente a frente con Pablo no supo muy bien qué decirle.

– ¿Por qué no os vais al cuarto a jugar? – sugirió Mamá cuando vio la timidez de los dos primos.

Paola y Pablo obedecieron y se marcharon en silencio a la habitación de la niña. Pero allí, la cosa no mejoró. Paola se sentía incómoda con Pablo, pero era su primo. Y por eso, porque era su primo, tenía que aguantar que estuviera curioseando entre sus muñecas.

– ¿Te apetece que juguemos con ellas?
– ¡Con las muñecas! ¡menudo rollo! Eso es un juego de niñas.
– No es cierto, yo juego con mi amigo Carlos, y con su primo Teo. Nos lo pasamos fenomenal.
– Pues vaya dos amigos que tienes. Los niños deberían jugar al fútbol, y no a las muñecas.
– También jugamos al fútbol, listillo. Pero hoy está lloviendo, así que no podemos salir a la calle. Así que si quieres jugar al fútbol vete tú solo.

Pero Pablo no quería jugar solo al fútbol, y mucho menos con aquella lluvia tan molesta. Así que con cara de asco cogió una de las muñecas favoritas de Paola y empezó a zarandearla. Cuando Paola vio como el niño agarraba de malas formas su muñeca azul se enfadó un poco:

– No la cojas así, que le vas a hacer daño.
– Pero si no es más que una tonta muñeca. No es un bebé de verdad, es solo una muñeca.
– Ya, pero es mi muñeca favorita y no quiero que la estropees. Déjala.

Pero Pablo no estaba dispuesto a soltarla. Hacer rabiar a su prima Paola, era lo más divertido que se podía hacer en aquel día de lluvia.

– No pienso soltarla. Tendrás que cogerla tú.

Paola, muy enfadada, comenzó a tirar de su muñeca. ¡Tenía que recuperarla! Pero Pablo también tiraba desde el otro lado con fuerza.

– Suéltala.
– No, suéltala tú.

Y así habrían seguido toda la tarde si no llega a ocurrir la cosa más extrañísima que Paola y Pablo habían visto en su vida. De repente, la muñeca azul, muy cansada de que se pelearan por ella, comenzó a chillar.

– ¡Se puede saber qué os pasa a vosotros dos!

Pablo y Paola soltaron la muñeca asustados y se miraron sin entender nada.

– ¡Vaya par de animales! – siguió diciendo la muñeca azul muy enfadada. Justo en ese momento, alertada por los ruidos, entró en la habitación la mamá de Paola.
– ¿Se puede saber qué está pasando aquí? ¡Menudo ruido!
– Mira Mamá, mi muñeca azul ha hablado – pero al señalarla, Paola se dio cuenta de que la muñeca ya no estaba en el suelo.

– ¿Qué muñeca? Aquí no hay nada…

Pablo se dio cuenta de que la muñeca, con la misma cara de enfado de antes, estaba subiendo por la estantería como si fuera un experto escalador.

– Sí, sí, ahora está trepando entre los libros, fíjate, tía.

Pero cuando los tres miraron hacia la estantería, la muñeca estaba plantada junto a unos libros tan quieta como siempre había estado.

– ¡Qué tontería decís! Las muñecas no hablan y mucho menos se mueven. Seguid jugando, pero no hagáis ruido.

Pablo y Paola se miraron sorprendidos. ¿Era verdad que habían visto la muñeca moverse o se trataba de imaginaciones suyas? Pero la muñeca azul les sacó de dudas, y comenzó a hablar desde lo más alto.

– ¡Casi nos pilla! ¡Menos mal! Si un mayor viera a una muñeca hablar se moriría del susto.

– ¿¡Hablas de verdad!?

La muñeca azul se bajó de la estantería de nuevo y se colocó delante de los niños. Les contó que todos los muñecos tenían la capacidad de hablar entre ellos pero que no podían comunicarse con los niños a menos que su vida corriera peligro.

– Y si no llego a hacerlo… ¡habríais acabado conmigo! ¿Se puede saber por qué os estabais peleando?

Paola le contó que Pablo pensaba que las muñecas eran solo cosa de niñas y que jugar con ellas era muy aburrido.

– Eso es porque nunca has jugado con una muñeca – dijo mirando con cara de enfado al niño.

Pablo, muy avergonzado, tuvo que reconocer que la muñeca azul tenía razón: nunca había jugado con ellas.

– Pues ya va siendo hora…¡a jugar!

De repente, de los cajones de Paola comenzaron a salir muñecas y ¡¡todas hablaban!!

– ¿Qué os parece si organizamos un partido de fútbol entre muñecas? – sugirió una de ellas.
– O podemos organizar una guerra de muñecas.
– No, nada de violencia. Sería mejor que jugáramos al escondite.

Y eran tantas las propuestas de juego que ni Paola ni Pablo supieron que elegir… ¡así que jugaron a todas! Era tan divertido inventarse juegos, imaginar que las muñecas eran exploradoras en una selva peligrosisíma, o que eran detectives tratando de capturar a una ladrón muy malvado o corredoras de una carrera de obstáculos que iba de la cama de Paola al escritorio lleno de pinturas.

Cuando los tíos de Paola vinieron a buscar a Pablo y se lo encontraron rodeado de muñecas, jugando divertido se sorprendieron mucho:

– ¿Estás jugando con muñecas, Pablo?

El niño, guiñando un ojo a la muñeca azul y a su prima Paola, exclamó:

– Pues claro, al fin y al cabo… ¿quién ha dicho que las muñecas son cosa de niñas?



Fuente: pequeocio.com


Nasreddín y la lluvia

Hace mucho, mucho tiempo, vivió en la India un muchacho llamado Nasreddín. Aunque en apariencia era un chico como todos los demás, su inteligencia llamaba la atención. Allá donde iba todo el mundo le reconocía y admiraba su sabiduría. Por alguna razón, siempre vivía historias y situaciones muy curiosas, como la que vamos a relatar.

Un día estaba Nasreddín en el jardín de su casa cuando un amigo fue a buscarle para ir a cazar.

– ¡Hola, Nasreddín! Me voy al campo a ver si atrapo alguna liebre. He traído dos caballos porque pensé que a lo mejor, te apetecía acompañarme. Otros diez amigos nos esperan a la salida del pueblo ¿Te vienes?

– ¡Claro, buena idea! En un par de minutos estaré listo.

Nasreddín entró en casa, se aseó un poco y volvió a salir al encuentro de su amigo. Partió montado a caballo y enseguida se dio cuenta de que era un animal viejo y que el pobre trotaba muy despacio, pero por educación, no dijo nada y se conformó.

Una vez reunido el grupo, los doce jinetes cabalgaron campo a través, pero el pobre Nasreddín se quedó atrás porque su caballo caminaba tan lento como un borrico. Sin poder hacer nada, vio cómo le adelantaban y se perdían en la lejanía.

De repente, estalló una tormenta y comenzó a llover con mucha fuerza. Todos los cazadores azuzaron a sus animales para que corrieran a la velocidad del rayo y consiguieron guarecerse en una posada que encontraron por el camino. A pesar de que fue una carrera de tres o cuatro minutos, llegaron totalmente empapados, calados hasta los huesos. Tuvieron que quitarse las ropas y escurrirlas como si las hubieran sacado del mismísimo océano.

A Nasreddín también le sorprendió la lluvia, pero en vez de correr como los demás en busca de refugio, se quitó la ropa, la dobló, y desnudo, se sentó sobre ella para protegerla del agua. Él, por supuesto, también se empapó, pero cuando acabó la tormenta y su piel se secó bajo los rayos de sol, se puso de nuevo la ropa seca y retomó el camino. Un rato después, al pasar por la posada, vio los once caballos atados junto a la puerta y se detuvo para reencontrarse con sus amigos.

Todos estaban sentados alrededor de una gran mesa bebiendo vino y saboreando ricos caldos humeantes. Cuando apareció Nasreddín, no podían creer lo que estaban viendo ¡Llegaba totalmente seco!

El amigo que le había invitado a la cacería, se puso en pie y muy sorprendido, le habló:

– ¿Cómo es posible que estés tan seco? A ti te ha pillado la tormenta igual que a nosotros. Si a pesar de que nuestros caballos son veloces nos hemos mojado… ¿Cómo puede ser que tú, que has tardado mucho más, no lo estés?

Nasreddín le miró y muy tranquilamente, sólo le respondió:

– Todo se lo debo al caballo que me dejaste.

El amigo se quedó en silencio y pensó que allí había gato encerrado. Dispuesto a descubrir el truco, tomó la decisión de que al día siguiente, para el camino de vuelta a casa, le daría a Nasreddín su joven y rápido caballo, y él se quedaría con el caballo lento.

Después del amanecer, partieron hacia el pueblo con los caballos intercambiados. De nuevo, se repitió la historia: el cielo se oscureció y de unas nubes negras como el carbón comenzaron a caer gotas de lluvia del tamaño de avellanas.

El amigo de Nasreddín, que iba en el caballo lento, se mojó todavía más que el día anterior porque tardó el doble de tiempo en llegar al pueblo. En cambio, Nasreddín, repitió la operación: se bajó rápidamente de su caballo, dobló la ropa, se sentó sobre ella, y desnudo, esperó a que cesara la lluvia. Soportó la tormenta sobre su cabeza, pero cuando cesó de llover y salió el sol, no tardó secarse y se puso la ropa seca. Después, retomó el camino a casa.

Por casualidad, ambos se cruzaron en el camino justo a la entrada del pueblo. El amigo chorreaba agua por todas partes y cuando vio a Nasreddín más seco que una uva pasa, se enfadó muchísimo.

– ¡Mira cómo me he puesto! ¡Estoy tan mojado que tendré suerte si no pillo una pulmonía! ¡La culpa es tuya por darme el caballo lento!

Nareddín, como siempre, sacó una gran enseñanza de lo sucedido. Sin levantar la voz, le contestó:

– Amigo… Dos veces te ha pillado la tormenta, a la ida en un caballo rápido, a la vuelta en un caballo lento, y las dos veces te has mojado. En tus mismas circunstancias, yo he acabado totalmente seco. Reflexiona: ¿No crees que la culpa no es del caballo, sino de que tú no has hecho nada de nada por buscar una solución?

Su amigo, avergonzado, calló. Nasreddín, como siempre, tenía toda la razón.

Moraleja: Cuando algo nos sale mal, no podemos echar la culpa siempre a los demás o a las circunstancias. Tenemos que aprender que muchas veces, el éxito o el fracaso dependen de nosotros y de nuestra actitud ante las cosas.

Si un día estamos ante un problema, lo mejor es pensar en la mejor manera de solucionarlo y actuar con decisión.

jueves, 9 de abril de 2020

¿Qué necesito?

Un maestro se desplazó, junto a un grupo de monjes, a una gran ciudad para participar en unas jornadas sobre la meditación y el desapego de lo material. Habló sobre lo fácil que es vivir con poco, sin lujos, sin las necesidades impuestas por el consumismo desmedido. Contó que él apenas tenía muebles o ropas y era muy feliz.

Tras acabar las jornadas, el maestro y sus alumnos se fueron al aeropuerto para regresar. Como tenían dos horas libres decidieron entrar en un centro comercial, pues nunca había estado en ninguno. Pasearon por los pasillos observando todos los productos que les rodeaban, y cuando ya había transcurrido más de una hora decidieron irse, pero no encontraban al maestro por ningún lado.

Finalmente lo descubrieron yendo por los pasillos, tocando la mayoría de objetos, examinándolos, interesándose por ellos… incluso llegó a preguntar a algún vendedor por el precio o utilidad de los mismos. Asombrados por aquel comportamiento, ninguno se atrevió a decir nada y, lentamente, se dirigieron a la salida para esperarlo allí.

Cuando ya apenas faltaban unos minutos para embarcar observaron que el maestro salía tranquilamente del centro comercial y se dirigía hacia ellos.
-Bien, hermanos, se ha hecho un poco tarde, creo que ya es hora de marchar hacia casa -les dijo.

Todos se quedaron en silencio. En realidad ninguno de los alumnos se atrevía a decir nada, pero no entendían que justamente él hubiera caído en la redes del consumismo.
Finalmente, uno de ellos, el más joven, se atrevió a hablar.

-Maestro, ¿puedo hacerle una pregunta?
-Claro, adelante.

-Como es que usted, que cultiva la austeridad, ha estado tanto tiempo observando todo lo que había allí dentro.
-Es que me he quedado maravillado de todas las cosas que existen y no necesito.

Este cuento está incluido en mi libro: “CUENTOS PARA ENTENDER EL MUNDO 1“

Eloy Moreno

Ranita, la rana

Ranita la rana era una rana como todas las demás. Tenía la piel llena de circulitos muy parecidos a los cráteres de la luna, pero mucho más chiquitos y de un color verde-marrón, ojos saltones, y una larga lengua que estiraba para capturar insectos y alimentarse de ellos. Vivía muy feliz en una laguna a las afueras de la ciudad.

Cierto día, una familia que por allí paseaba, la vio y le pareció tan simpática que decidió llevarla al jardín de su casa. Ranita de repente se encontró en una latita con un poco de agua, que se movía al compás vaya a saber de qué y sin tener la menor idea de cuál sería su destino, se preocupó un poco.

Cuando la familia llegó a su casa, la dejó en el jardín, que a partir de ese momento se convertiría en su hogar. Sus ojos saltones miraron ese nuevo lugar: no era feo, al contrario, estaba lleno de plantas, flores, algunos bancos de madera, una hamaca y una pileta que Ranita confundió con una laguna que le pareció un poco extraña.

Ranita no era la única habitante de ese jardín, había caracoles, bichos bolita, gusanos, lombrices, un conejo y dos perritos. También estaban los pajaritos que hacían nido en los árboles, y mariposas curiosas que iban de aquí para allá. Los ojos de Ranita parecían aún más saltones que de costumbre, todo la maravillaba, todo le parecía lindo, a pesar de ser desconocido para ella.

Miraba las cosas con los ojos del corazón, de un corazón bueno, sencillo. Comenzó a saltar chocha de la vida dispuesta a recorrer cada rincón del jardín y hacerse nuevos amigos. Lo que la pobre Ranita no sabía era que no sería bienvenida por sus compañeros del lugar. Ninguno de los animalitos que allí vivían había visto en su vida una rana, por lo tanto no sabían bien de qué tipo de animal se trataba y aún menos cómo era Ranita por dentro más allá de su aspecto físico.

Tampoco les importó mucho que digamos. Todos y cada uno tenían algo que decir acerca de nuestra amiguita. Convengamos que la ranita no era muy bonita que digamos, pero en realidad ¿qué importaba eso?

- Está llena de verrugas ¡Qué asco!- dijo el caracol, a quien le costaba mucho terminar una frase.

- Me quiere imitar todo el tiempo saltando y saltando, pero no va a lograr saltar tanto como yo. ¿Vieron sus patitas? Parecen palitos de helado al lado de las mías- comentó el conejo.

-¿Y el color de su piel? Digo yo, ¿no estará medio podrida?-. Preguntó una mariposita que volaba por allí.

No sólo ningún animalito del jardín le dio la bienvenida, sino que en vez de preocuparse por conocer a Ranita y ver así si podían ser amigos, se ocuparon de criticar no sólo su apariencia, sino todo lo que hacía.

- ¡Es una burlona!-, se quejaba un gusanito- ¿No se dieron cuenta cómo nos saca la lengua?

- ¡Tienes razón! Nos burla a todos, no hace más que sacar esa lengua larga y finita que tiene ¿qué se cree?-. Agregó el conejo.

- Yo opino igual- dijo el caracol, cuyas frases nunca eran muy largas, porque si no tardaba demasiado en decirlas.

- ¿Y los ojos? ¡Parecen dos pelotitas de golf!! Para mí que los tiene tan afuera para poder mirarnos bien y burlarse mejor. Por ahí algún día se le caen vaya uno a saber-. Comentó un bicho.

- Pues si ella nos burla, haremos como si no existiera-dijo una mariposita.

Lo cierto es que Ranita sacaba su lengua a cada rato para alimentarse de insectos, como hacen todas las ranas hechas y derechas y no para burlarse de nadie. Tampoco tenía los ojos saltones para mirar a los demás, sino porque todas las ranas y sapos los tienen. Lo que ocurre, es que nadie se tomó el trabajo de preguntarle, de conocerla bien y así poder saber cómo era la ranita realmente.

Pasado un tiempito, Ranita empezó a sentirse muy solita. Intentaba hablar con sus vecinos, pero ninguno le hacia caso. La ranita quería volver a su laguna, pero por más que saltara lo más alto posible, sabía que no podría llegar hasta allí, ni salir del jardín siquiera. Dándose cuenta que no era bienvenida Ranita se metió dentro de un agujero que había en el pasto y trató de salir de allí lo menos posible para no molestar a nadie.

Llegó el verano y con él una invasión de mosquitos nunca antes vista en el jardín de la casa. Todos los animalitos se rascaban sin parar, trataban de esconderse bajo una piedra (los que entraban), los perritos en sus casas, el conejo en una cajita donde dormía, pero aún así los mosquitos avanzaban sin parar.

- ¡Esto nos va a matar!- decía el caracol dentro de su caparazón.

- ¡Ni saltando los puedo esquivar!- se quejaba el conejo.

- Menos mal que yo puedo esconderme debajo de las piedras - comentó aliviado el gusanito -, pero algún día tendré que salir a buscar comida.


Todos en el jardín estaban muy nerviosos y molestos. La única que estaba feliz era Ranita, nunca había tenido tan a mano tanta comida y además estaba muerta de hambre por todo el tiempo que había estado dentro del agujero. Dispuesta a hacerse una panzada, la ranita saltó al jardín y empezó a recorrerlo persiguiendo cuanto mosquito se cruzaba en su camino.

Con su larga lengua, que tantos problemas le había traído, agarraba todos y cada uno de los insectos que habían invadido el jardín. Al cabo de un tiempo, los demás animales empezaron a ver el resultado de la gran comilona de Ranita, no sólo porque la ranita ya tenía una panza que parecía un globo, sino porque ya casi no quedaban mosquitos dando vueltas.

- ¡Nos salvó, la gorda nos salvó! decía el caracol, quien en realidad quería gritar de contento pero no le salía demasiado.

- No entiendo- decía el gusanito-, primero nos burla y luego no saca de encima a los insectos molestos, ¿quién la entiende?

- ¿Yo qué quieren que les diga? ¡Salto de contento! ¡Por fin nos libramos de esos bichos!- agregó el conejo.

En eso intervino Koko, uno de los perritos de la casa, quien hasta ese momento, no se había metido

demasiado en el asunto.

- Yo diría que hay que ir a agradecerle ¿no les parece amigos?
- ¿A la gorda llena de verrugas, con color medio podrido y que encima se burlaba de nosotros todos el tiempo? ¡Ni loco que estuviera!- Gritó el gusanito.

- Es lo que corresponde y es lo que harán todos y cada uno de ustedes o de lo contrario me encargaré personalmente que ese animal verdoso y feúcho no coma más mosquitos.

Koko estaba enojado por la actitud de sus amigos.

- ¿Vamos chicos?- preguntó tembloroso el caracol, que se había asustado mucho de sólo pensar que los molestos mosquitos volvieran.

Y allí fueron todos, no muy convencidos por cierto. En una larga fila los más chiquitos primero y los más grandes después, con Koko incluido, fueron a agradecerle a Ranita. En realidad iba a empezar a hablar el caracol, pero tardó tanto que el conejo tomó la palabra.

- Mire doña, la verdad es que queremos agradecerle.

Ranita no entendía por qué le agradecían, pero de sólo ver que sus todos sus vecinos se habían acercado a hablarle, le sacaba una sonrisa más grande que su boca misma.

- Perdón, no entiendo- dijo Ranita humildemente-. Agradecerme a mí, ¿Por qué?

- Usted nos quitó esos molestos insectos, lo que no entendemos es por qué desde que llegó no hizo más que burlarse de nosotros y luego nos ayuda con los mosquitos.

- ¿Burlarme yo? ¿De quién? ¿Por qué lo habría hecho?

Ranita entendía menos aún que sus vecinos. La verdad es que en ese jardín todo era un malentendido. Eso pasa cuando las personas no se comunican y entonces no se conocen.

- Vamos confiese, de sacar esa lengua, todo el día sacándonos la lengua ¿se cree que no la veíamos? No sólo que nos sacó la lengua todo el tiempo, sino que para poder burlarse mejor, sacaba esos ojos que tiene bien para afuera.


- Lamento desilusionarlos vecinos, pero yo no me burlé de nadie. Me llamo Ranita, mis ojos son así saltones de nacimiento y la lengua la saco para cazar insectos. Si alguno de ustedes se hubiese acercado a hablarme o me hubiera dejado a mí acercarme, nos hubiéramos conocido y hubieran sabido bien cómo es una rana.

-¿Una qué?- preguntó el caracol que ya empezaba a sentirse avergonzado.

- Una rana caballeros, soy una rana con ojos saltones como todas las de mi especie y con una lengua larga que uso sólo para alimentarme y no para burlarme de nadie.

Muy dolida Ranita se fue a su agujerito, aunque ahora le costaba más entrar porque estaba mucho más gorda por todos los mosquitos que se había comido. Todos los animalitos quedaron en silencio. Sabían que habían actuado mal. También sabían que si se hubiesen presentado ante Ranita el día que ella llegó, jamás hubieran pensado que se burlaba de nadie.Hubiera sido tan fácil, sin embargo no lo hicieron.

Ahora, ante el dolor de Ranita, se daban cuenta del daño que habían hecho. Sin necesidad de decir una palabra, uno por uno, otra vez en filita se acercaron al agujerito de la rana. No hizo falta ponerse de acuerdo, pues todos querían hacer lo mismo.

- Doña Ranita se nos olvidó algo- dijo el conejo con voz un poco temblorosa.

- Pedirle perdón- agregó el caracol.

Con esta esa última palabra, simple pero muy grande, Ranita salió de su agujerito dispuesta a darles a sus vecinos una nueva oportunidad. Al cabo de un tiempo, los dueños de casa trajeron una lagartija. Los animalitos del jardín nuevamente veían un espécimen que no conocían. Sólo que esta vez actuaron diferente. Y una vez más, todos en filita, Ranita incluida, se acercaron al nuevo habitante, pero en esta ocasión para presentarse y darle la bienvenida.

Este cuento ha sido enviado por Paulina G. M. (México)

Amiguitos recuerden: hay que respetar siempre y no juzgar a los demás por sus apariencias



jueves, 2 de abril de 2020

Los dos ratoncitos

Érase una vez dos pequeños ratoncitos que vivían en un pequeño y acogedor agujero en compañía de su mamá.

No les faltaba de nada: estaban siempre calentitos, tenían comida, podían protegerse de la lluvia y también del frío…pero aun así, casi nunca estaban contentos, sobre todo cuando llegaba la hora de irse a dormir, que siempre les parecía pronto.

Un día, como muchos otros días, los dos ratoncitos fueron a dar un paseo antes de la cena para poder ver a sus amiguitos y charlar un rato antes de volver a casa, y tanto alargaron el paseo que no consiguieron encontrarse con ninguno de sus amigos, puesto que se había hecho bastante tarde.

Los ratoncitos se habían alejado mucho de casa y no estaban seguros de si podrían encontrar el camino de vuelta. Y tanto se asustaron que se pararon en el camino para darse calor y sentirse más acompañados el uno con el otro.

De pronto, en mitad de la noche y del silencio, les pareció escuchar ruido. ¿Serían las hojas movidas por el aire? ¿Sería un gran y temible gato que les querría dar caza? Y en medio de la incertidumbre apareció mamá, que llevaba toda la noche buscándoles.

Desde aquel día ninguno de los dos ratoncitos volvió a quejarse cuando llegaba la hora de irse a la cama. Se sentían tan a gustito en casa protegidos por mamá y disfrutando de todos y cada uno de sus cuidados, que hasta meterse en la cama calentita les parecía un plan fantástico, y tenían razón. Por aquel entonces ya eran conscientes de que desobedecer a su mamá podía tener consecuencias muy desagradables, y tenían tiempo de sobra durante el día para disfrutar de sus amigos y de todas las cosas que les divertían, como el brillo del sol y la brisa de la mañana.

Comprendieron que estar en casa no era algo aburrido, sino el mejor lugar que podía haber en el mundo.



La mariposita Rosita

Érase una vez una pequeña mariposa que volaba por el prado. Era frágil y delicada, y la más bella de todas las de su especie.  Brillante como un rayo de sol, aquella mariposita se llamaba Rosita.

Rosita jugaba con las tiernas amapolas y las dulces margaritas en el hermoso prado donde vivía, lleno de flores de mil colores. Sin embargo, Rosita no era feliz del todo, ya que ansiaba irse a vivir a las montañas azules que vislumbraba a lo lejos.
Un día tras mucho pensar decidió irse, y mientras volaba de flor en flor, se encontró con un pajarito que la obsequió con una gran sonrisa al pasar:

    -Buenos días, sr. pájaro-  le dijo.

    -Buenos días mariposita- le contestó.

   - Pajarito, ¿qué te pasa en el ojo derecho?

    -Me ha entrado una pequeña rama y no puedo ver bien. ¿Podrías sacármela?

   - Por supuesto- dijo la mariposita Rosita. Y acercándose al pajarillo se la quitó.

   - Muchas gracias, ahora ya veo bien- dijo el pájaro- y tú ¿dónde vas?

    -Me dirijo a las montañas azules- le dijo.

   - ¿Pero no ves, pequeña mariposita, que las montañas están muy, muy lejos? Eres todavía demasiado pequeña y no conseguirás llegar.


    -Sí podré, son unas montañas muy bonitas y deseo con todas mis fuerzas vivir allí.

    -Pues nada, que tengas mucha suerte- dijo el pajarito mientras se despedía algo preocupado por la audacia de Rosita.

La mariposita Rosita siguió su camino y al rato se encontró con un gran conejo blanco de largos bigotes:

   - ¡Hola conejo!, me llamo Rosita.

    -¡Hola mariposita Rosita!

    -¿Qué es eso que tienes clavado en la pata de atrás?

   - No sé, no puedo verlo, ¿me lo puedes decir tú?

   - Pues parece una pequeña espina- contestó la mariposita- ¿Quieres que te la quite?

    -Sí, por favor, me duele mucho y no puedo correr- contestó el conejo.

    -¡Ah! ¡Qué alivio! ¿Y tú, mariposita? ¿Hacia dónde vas?

    -Voy camino de las montañas azules- le dijo.

    -No podrás llegar hasta allí, están demasiado lejos y son unas montañas muy altas. Te deseo mucha suerte.

La mariposita Rosita pensó que aquellos animalitos estaban exagerando, sin embargo, a medida que se alejaba del prado y subía a las montañas notaba que estaba cada vez más y más cansada. Su afán de llegar hasta la cima, sin embargo, la hacía seguir adelante, pero llegó un momento en que sintió sus alitas tan pesadas que empezó a descender en su vuelo.

Justo antes de darse contra el suelo sintió una fuerza que la volvía a impulsar hacia arriba. Era su amigo el pájaro, que al no tener la rama clavada en el ojo veía bien y había ido a rescatarla. El pobre pajarillo hizo lo que pudo, pero como no era muy fuerte, tampoco pudo más y empezaron a caer los dos. Por suerte esta vez tampoco sucedió nada malo, puesto que el conejo, al no tener la espina clavada en la pata, pudo llegar corriendo para recogerles en su gran y blandito lomo blanco.

– Dadme la mano y volvamos al prado- dijo el conejo.

– Sí- contestó la mariposita Rosita- Ya no quiero vivir en las montañas azules, quiero vivir con vosotros para siempre.

Así los tres amigos volvieron a casa, fueron felices y comieron perdices, mientras Rosita comprendía que se vivía mucho más feliz y se podía llegar mucho más lejos en compañía de amigos que en soledad.