domingo, 12 de abril de 2020

Yo, voy conmigo, por Rozalén







Rozalén pone voz y corazón al cuento "Yo voy conmigo" de Raquel Diaz Reguera, publicado por Thule, 
para ponerse en los zapatos de una niña especial, con alas y muchos pájaros en la cabeza que nos hará reflexionar sobre el concepto de aceptarse y quererse a uno mismo a pesar de la mirada de los dem

El poema del sapo verde



Ese sapo verde 
se esconde y se pierde;
así no lo besa 
ninguna princesa.

Porque con un beso
él se hará princeso 
o príncipe guapo; 
¡y quiere ser sapo!

No quiere reinado, 
ni trono dorado, 
ni enorme castillo, 
ni manto amarillo.

Tampoco lacayos 
ni tres mil vasallos. 
Quiere ver la luna 
desde la laguna. 

Una madrugada 
lo encantó alguna hada; 
y así se ha quedado: 
sapo y encantado.

Disfruta de todo: 
se mete en el lodo 
saltándose, solo, 
todo el protocolo.

Y le importa un pito 
si no está bonito 
cazar un insecto; 
¡que nadie es perfecto!

¿Su regio dosel? 
No se acuerda de él. 
¿Su sábana roja? 
Prefiere una hoja.

¿Su yelmo y su escudo? 
Le gusta ir desnudo. 
¿La princesa Eliana? 
Él ama a una rana.

A una rana verde 
que salta y se pierde 
y mira la luna 
desde la laguna.

Autora: Carmen Gil

Los Tres Cerditos



Voz: Marta Angelat, dobladora habitual de actrices como Geena Davis, Cher, Emma Thompson o Anjelica Huston.

Era un gato grande



Era un gato grande que hacía ro ro

Muy acurrucado en su almohadón

Cerraba los ojos, se hacía el dormido

Movía la cola con aire aburrido

Era un ratoncito chiquito, chiquito

Que asomaba el morro por un agujerito

Desaparecía, volvía a asomarse

Y daba un gritito antes de marcharse

Salió de su escondite, corrió por la alfombra

Y miedo tenía hasta de su sombra

Pero al dar la vuelta sintió un gran estruendo

Vio dos ojos grandes y un gato tremendo

Sintió un gran zarpazo sobre su rabito

Y se echó a correr todo asustadito

Y aquí acaba el cuento de mi ratoncito

Que asomaba el morro por un agujerito

jueves, 9 de abril de 2020

Tanabata (El festival de las estrellas)

Orihime (織姫, Princesa Tejedora) era la hija de Tentei (天帝, Rey Celestial). Orihime tejía telas espléndidas a orillas de la Vía Láctea (天の川, Amanogawa). A su padre le encantaban sus telas, y ella trabajaba duro día tras día para tenerlas listas. Sin embargo, la joven era adicta a su labor y se pasaba día y noche trabajando en su telar sin permitirse ni un sólo descanso, y esto la afligía, porque a causa de su trabajo no podía pensar siquiera en encontrar a alguien de quien enamorarse.

Sin embargo, la casualidad hizo que cierto día Orihime conociera a un pastor de bueyes llamado Hikoboshi (彦星), que vivía al otro lado del Amanogawa y que también se dedicaba por entero a su trabajo. Nada más verse se enamoraron al instante, y no tardaron en contraer matrimonio, para felicidad del rey de los cielos, que también estaba empezando a preocuparse seriamente por la excesiva dedicación de su hija.

Los dos jóvenes estaban tan enamorados el uno del otro que, tras casarse y empezar a vivir juntos, ambos descuidaron sus respectivas labores. Orihime dejó de tejer para Tentei y los dioses del cielo, que se quedaron sin vestidos, y a su vez Hikoboshi descuidó su rebaño y dejó que las estrellas se desperdigaran por el cielo, provocando destrozos allá por donde pasaban.

Esto enfureció a Tentei. ¿Cómo podía ser que su trabajadora hija se hubiese vuelto tan descuidada? Como castigo, el rey del cielo decidió separar a los dos amantes, uno a cada lado del Amanogawa, y les prohibió que volvieran a verse nunca más. Orihime, muy triste por la pérdida de su esposo, rogó a su padre entre lágrimas que la perdonara y les permitiera volver a verse, y Tentei, conmovido, le prometió que les permitiría reunirse una vez al año, el séptimo día del séptimo mes, siempre y cuando ella trabajara con dedicación y tuviera listo su trabajo para entonces.

Sin embargo, la primera vez que intentaron verse, Orihime y Hikoboshi se dieron cuenta de que no podían cruzar el Amanogawa, dado que no había puente alguno. Orihime lloró tanto que una bandada de grullas vino en su ayuda y le prometieron que harían un puente con sus alas para que pudieran cruzar el río. Los amantes se reunieron finalmente y las grullas prometieron venir todos los años siempre y cuando no lloviera. Cuando se da esa circunstancia, los amantes tienen que esperar para reunirse hasta el año siguiente. 
Es por este motivo que si llueve esta noche se le llama la noche de las lágrimas.




 Notas:

Tanabata, la fiesta japonesa de las estrellas

El Tanabata (七夕) o «Fiesta de las estrellas», una festividad japonesa importada de la tradición china del Qīxì (七夕) o «Noche de los Sietes«).

Todos los años, el día séptimo del séptimo mes (es decir, la noche del 7 de julio), se conmemora el festival de Tanabata en recuerdo de estos dos enamorados (representados por las estrellas Vega y Altair, cada una situada a un lado de la Vía Láctea), que sólo en ese día del año, y si el tiempo es bueno y no llueve, pueden volver a verse. En ese día es costumbre escribir los deseos que se quieren pedir a los kami en hojas de papel coloreado (短冊, tanzaku), que a continuación se atan a ramas de bambú recien cortadas. El bambú y las decoraciones a menudo se colocan a flote sobre un río o se queman tras el festival, sobre la medianoche o al día siguiente. Esta costumbre se asemeja a la costumbre de los barcos de papel y velas del Bon Odori.

Sin embargo, muchas zonas de Japón tienen sus propias costumbres para ese día, la mayoría relacionadas con costumbres locales para el mencionado Bon Odori. También existe una canción tradicional de Tanabata:



Las hojas de bambú susurran,
meciéndose en el alero del tejado.
Las estrellas brillan
en los granos de arena dorados y plateados.
La tiras de papel de cinco colores
ya las he escrito.
Las estrellas brillan,
nos miran desde el cielo.

ささのは さらさら
のきばに ゆれる
お星さま きらきら
きんぎん すなご
ごしきの たんざく
わたしが かいた
お星さま きらきら
空から 見てる
Sasa no ha sara-sara
Nokiba ni yureru
Ohoshi-sama kira-kira
Kingin sunago
Goshiki no tanzaku
watashi ga kaita
Ohoshi-sama kirakira
sora kara miteiru







¿Qué necesito?

Un maestro se desplazó, junto a un grupo de monjes, a una gran ciudad para participar en unas jornadas sobre la meditación y el desapego de lo material. Habló sobre lo fácil que es vivir con poco, sin lujos, sin las necesidades impuestas por el consumismo desmedido. Contó que él apenas tenía muebles o ropas y era muy feliz.

Tras acabar las jornadas, el maestro y sus alumnos se fueron al aeropuerto para regresar. Como tenían dos horas libres decidieron entrar en un centro comercial, pues nunca había estado en ninguno. Pasearon por los pasillos observando todos los productos que les rodeaban, y cuando ya había transcurrido más de una hora decidieron irse, pero no encontraban al maestro por ningún lado.

Finalmente lo descubrieron yendo por los pasillos, tocando la mayoría de objetos, examinándolos, interesándose por ellos… incluso llegó a preguntar a algún vendedor por el precio o utilidad de los mismos. Asombrados por aquel comportamiento, ninguno se atrevió a decir nada y, lentamente, se dirigieron a la salida para esperarlo allí.

Cuando ya apenas faltaban unos minutos para embarcar observaron que el maestro salía tranquilamente del centro comercial y se dirigía hacia ellos.
-Bien, hermanos, se ha hecho un poco tarde, creo que ya es hora de marchar hacia casa -les dijo.

Todos se quedaron en silencio. En realidad ninguno de los alumnos se atrevía a decir nada, pero no entendían que justamente él hubiera caído en la redes del consumismo.
Finalmente, uno de ellos, el más joven, se atrevió a hablar.

-Maestro, ¿puedo hacerle una pregunta?
-Claro, adelante.

-Como es que usted, que cultiva la austeridad, ha estado tanto tiempo observando todo lo que había allí dentro.
-Es que me he quedado maravillado de todas las cosas que existen y no necesito.

Este cuento está incluido en mi libro: “CUENTOS PARA ENTENDER EL MUNDO 1“

Eloy Moreno

Ranita, la rana

Ranita la rana era una rana como todas las demás. Tenía la piel llena de circulitos muy parecidos a los cráteres de la luna, pero mucho más chiquitos y de un color verde-marrón, ojos saltones, y una larga lengua que estiraba para capturar insectos y alimentarse de ellos. Vivía muy feliz en una laguna a las afueras de la ciudad.

Cierto día, una familia que por allí paseaba, la vio y le pareció tan simpática que decidió llevarla al jardín de su casa. Ranita de repente se encontró en una latita con un poco de agua, que se movía al compás vaya a saber de qué y sin tener la menor idea de cuál sería su destino, se preocupó un poco.

Cuando la familia llegó a su casa, la dejó en el jardín, que a partir de ese momento se convertiría en su hogar. Sus ojos saltones miraron ese nuevo lugar: no era feo, al contrario, estaba lleno de plantas, flores, algunos bancos de madera, una hamaca y una pileta que Ranita confundió con una laguna que le pareció un poco extraña.

Ranita no era la única habitante de ese jardín, había caracoles, bichos bolita, gusanos, lombrices, un conejo y dos perritos. También estaban los pajaritos que hacían nido en los árboles, y mariposas curiosas que iban de aquí para allá. Los ojos de Ranita parecían aún más saltones que de costumbre, todo la maravillaba, todo le parecía lindo, a pesar de ser desconocido para ella.

Miraba las cosas con los ojos del corazón, de un corazón bueno, sencillo. Comenzó a saltar chocha de la vida dispuesta a recorrer cada rincón del jardín y hacerse nuevos amigos. Lo que la pobre Ranita no sabía era que no sería bienvenida por sus compañeros del lugar. Ninguno de los animalitos que allí vivían había visto en su vida una rana, por lo tanto no sabían bien de qué tipo de animal se trataba y aún menos cómo era Ranita por dentro más allá de su aspecto físico.

Tampoco les importó mucho que digamos. Todos y cada uno tenían algo que decir acerca de nuestra amiguita. Convengamos que la ranita no era muy bonita que digamos, pero en realidad ¿qué importaba eso?

- Está llena de verrugas ¡Qué asco!- dijo el caracol, a quien le costaba mucho terminar una frase.

- Me quiere imitar todo el tiempo saltando y saltando, pero no va a lograr saltar tanto como yo. ¿Vieron sus patitas? Parecen palitos de helado al lado de las mías- comentó el conejo.

-¿Y el color de su piel? Digo yo, ¿no estará medio podrida?-. Preguntó una mariposita que volaba por allí.

No sólo ningún animalito del jardín le dio la bienvenida, sino que en vez de preocuparse por conocer a Ranita y ver así si podían ser amigos, se ocuparon de criticar no sólo su apariencia, sino todo lo que hacía.

- ¡Es una burlona!-, se quejaba un gusanito- ¿No se dieron cuenta cómo nos saca la lengua?

- ¡Tienes razón! Nos burla a todos, no hace más que sacar esa lengua larga y finita que tiene ¿qué se cree?-. Agregó el conejo.

- Yo opino igual- dijo el caracol, cuyas frases nunca eran muy largas, porque si no tardaba demasiado en decirlas.

- ¿Y los ojos? ¡Parecen dos pelotitas de golf!! Para mí que los tiene tan afuera para poder mirarnos bien y burlarse mejor. Por ahí algún día se le caen vaya uno a saber-. Comentó un bicho.

- Pues si ella nos burla, haremos como si no existiera-dijo una mariposita.

Lo cierto es que Ranita sacaba su lengua a cada rato para alimentarse de insectos, como hacen todas las ranas hechas y derechas y no para burlarse de nadie. Tampoco tenía los ojos saltones para mirar a los demás, sino porque todas las ranas y sapos los tienen. Lo que ocurre, es que nadie se tomó el trabajo de preguntarle, de conocerla bien y así poder saber cómo era la ranita realmente.

Pasado un tiempito, Ranita empezó a sentirse muy solita. Intentaba hablar con sus vecinos, pero ninguno le hacia caso. La ranita quería volver a su laguna, pero por más que saltara lo más alto posible, sabía que no podría llegar hasta allí, ni salir del jardín siquiera. Dándose cuenta que no era bienvenida Ranita se metió dentro de un agujero que había en el pasto y trató de salir de allí lo menos posible para no molestar a nadie.

Llegó el verano y con él una invasión de mosquitos nunca antes vista en el jardín de la casa. Todos los animalitos se rascaban sin parar, trataban de esconderse bajo una piedra (los que entraban), los perritos en sus casas, el conejo en una cajita donde dormía, pero aún así los mosquitos avanzaban sin parar.

- ¡Esto nos va a matar!- decía el caracol dentro de su caparazón.

- ¡Ni saltando los puedo esquivar!- se quejaba el conejo.

- Menos mal que yo puedo esconderme debajo de las piedras - comentó aliviado el gusanito -, pero algún día tendré que salir a buscar comida.


Todos en el jardín estaban muy nerviosos y molestos. La única que estaba feliz era Ranita, nunca había tenido tan a mano tanta comida y además estaba muerta de hambre por todo el tiempo que había estado dentro del agujero. Dispuesta a hacerse una panzada, la ranita saltó al jardín y empezó a recorrerlo persiguiendo cuanto mosquito se cruzaba en su camino.

Con su larga lengua, que tantos problemas le había traído, agarraba todos y cada uno de los insectos que habían invadido el jardín. Al cabo de un tiempo, los demás animales empezaron a ver el resultado de la gran comilona de Ranita, no sólo porque la ranita ya tenía una panza que parecía un globo, sino porque ya casi no quedaban mosquitos dando vueltas.

- ¡Nos salvó, la gorda nos salvó! decía el caracol, quien en realidad quería gritar de contento pero no le salía demasiado.

- No entiendo- decía el gusanito-, primero nos burla y luego no saca de encima a los insectos molestos, ¿quién la entiende?

- ¿Yo qué quieren que les diga? ¡Salto de contento! ¡Por fin nos libramos de esos bichos!- agregó el conejo.

En eso intervino Koko, uno de los perritos de la casa, quien hasta ese momento, no se había metido

demasiado en el asunto.

- Yo diría que hay que ir a agradecerle ¿no les parece amigos?
- ¿A la gorda llena de verrugas, con color medio podrido y que encima se burlaba de nosotros todos el tiempo? ¡Ni loco que estuviera!- Gritó el gusanito.

- Es lo que corresponde y es lo que harán todos y cada uno de ustedes o de lo contrario me encargaré personalmente que ese animal verdoso y feúcho no coma más mosquitos.

Koko estaba enojado por la actitud de sus amigos.

- ¿Vamos chicos?- preguntó tembloroso el caracol, que se había asustado mucho de sólo pensar que los molestos mosquitos volvieran.

Y allí fueron todos, no muy convencidos por cierto. En una larga fila los más chiquitos primero y los más grandes después, con Koko incluido, fueron a agradecerle a Ranita. En realidad iba a empezar a hablar el caracol, pero tardó tanto que el conejo tomó la palabra.

- Mire doña, la verdad es que queremos agradecerle.

Ranita no entendía por qué le agradecían, pero de sólo ver que sus todos sus vecinos se habían acercado a hablarle, le sacaba una sonrisa más grande que su boca misma.

- Perdón, no entiendo- dijo Ranita humildemente-. Agradecerme a mí, ¿Por qué?

- Usted nos quitó esos molestos insectos, lo que no entendemos es por qué desde que llegó no hizo más que burlarse de nosotros y luego nos ayuda con los mosquitos.

- ¿Burlarme yo? ¿De quién? ¿Por qué lo habría hecho?

Ranita entendía menos aún que sus vecinos. La verdad es que en ese jardín todo era un malentendido. Eso pasa cuando las personas no se comunican y entonces no se conocen.

- Vamos confiese, de sacar esa lengua, todo el día sacándonos la lengua ¿se cree que no la veíamos? No sólo que nos sacó la lengua todo el tiempo, sino que para poder burlarse mejor, sacaba esos ojos que tiene bien para afuera.


- Lamento desilusionarlos vecinos, pero yo no me burlé de nadie. Me llamo Ranita, mis ojos son así saltones de nacimiento y la lengua la saco para cazar insectos. Si alguno de ustedes se hubiese acercado a hablarme o me hubiera dejado a mí acercarme, nos hubiéramos conocido y hubieran sabido bien cómo es una rana.

-¿Una qué?- preguntó el caracol que ya empezaba a sentirse avergonzado.

- Una rana caballeros, soy una rana con ojos saltones como todas las de mi especie y con una lengua larga que uso sólo para alimentarme y no para burlarme de nadie.

Muy dolida Ranita se fue a su agujerito, aunque ahora le costaba más entrar porque estaba mucho más gorda por todos los mosquitos que se había comido. Todos los animalitos quedaron en silencio. Sabían que habían actuado mal. También sabían que si se hubiesen presentado ante Ranita el día que ella llegó, jamás hubieran pensado que se burlaba de nadie.Hubiera sido tan fácil, sin embargo no lo hicieron.

Ahora, ante el dolor de Ranita, se daban cuenta del daño que habían hecho. Sin necesidad de decir una palabra, uno por uno, otra vez en filita se acercaron al agujerito de la rana. No hizo falta ponerse de acuerdo, pues todos querían hacer lo mismo.

- Doña Ranita se nos olvidó algo- dijo el conejo con voz un poco temblorosa.

- Pedirle perdón- agregó el caracol.

Con esta esa última palabra, simple pero muy grande, Ranita salió de su agujerito dispuesta a darles a sus vecinos una nueva oportunidad. Al cabo de un tiempo, los dueños de casa trajeron una lagartija. Los animalitos del jardín nuevamente veían un espécimen que no conocían. Sólo que esta vez actuaron diferente. Y una vez más, todos en filita, Ranita incluida, se acercaron al nuevo habitante, pero en esta ocasión para presentarse y darle la bienvenida.

Este cuento ha sido enviado por Paulina G. M. (México)

Amiguitos recuerden: hay que respetar siempre y no juzgar a los demás por sus apariencias