sábado, 28 de marzo de 2020

Momotaro


Una vez, hace mucho tiempo, en un pueblecito de la montaña, un hombre muy viejo y una mujer muy vieja vivían en una solitaria cabaña de leñador.

Un día que había salido el sol y el cielo estaba azul, el viejo fue en busca de leña y la anciana bajó a lavar al arroyo estrecho y claro, que corre por las colinas…¿Y qué es lo que vieron? Flotando sobre el agua y solo en la corriente, un gran melocotón. La mujer exclamó:

-¡Anciano, abre con tu cuchillo ese melocotón!

¡Qué sorpresa! ¿Qué es lo que vieron? Dentro estaba Momotaro, un hermoso niño. Se llevaron a su casa a Momotaro, que se crió muy fuerte. Siempre estaba corriendo, saltando y peleándose para divertirse, y cada vez crecía más y se hacía más corpulento que los otros niños del pueblo.

En el pueblo todos se lamentaban:

-¿Quién nos salvará de los Demonios y de los Genios y de los terribles monstruos?

-Yo seré quien los venza -dijo un día Momotaro-. Yo iré a la isla de los Genios y los venceré.

-¡Denle una armadura! -dicen todos-. Y déjenlo ir.

Con un estandarte enarbolado va Momotaro a la isla de los Genios. Va provisto de comida para mantener su fortaleza.

Por el camino se encuentra a un Perro que le dice:

-¡Guau, guau, guau! ¿Adónde te diriges? ¿Me dejas ir contigo? Si me das comida, yo te ayudaré a vencer a los Demonios.

-¡Ki, ki, kia, kia! -dice el Mono-. ¡Momotaro, eh, Momotaro, dame comida y déjame ir contigo! ¡Les daremos su merecido!

-¡Kian, kian! -dice el Faisán-. ¡Dame comida e iré con ustedes a la isla de los Genios y los Demonios para vencerlos!

Momotaro, con el Perro y el Mono y también con el Faisán, se hace a la vela para ir al encuentro de los Genios y derrotarlos. Pero la isla de los Demonios está muy lejos y el mar, embravecido.

El Mono desde el mástil grita:

-¡Adelante, a toda marcha!

-¡Guau, guau, guau! -se oye desde la popa.

Y en el cielo se oye:

-¡Kian, kian!

Nuestro capitán no es otro que el valiente Momotaro. Desde lo alto del cielo el Faisán espía la isla y avisa:

-¡El guardián se ha dormido! ¡Adelante!

-¡Mono, salta la muralla! ¡Vamos, prepárense!

Y grita:

-¡Eh, ustedes, Demonios, Diablos, aquí estamos! ¡Salgan! ¡Aquí estamos para vencerlos, Genios!

El Faisán con su pico, el Perro con los dientes, el Mono con las uñas y Momotaro con sus brazos, luchan denodadamente.

Los Genios y los Demonios, al verse perdidos, se lamentan y dicen:

-¡Nos rendimos! ¡Nos rendimos! Sabemos que hemos sido muy malos, nunca más volveremos a serlo. Les devolveremos el tesoro y todas las riquezas.

Sobre una carreta cargan el tesoros y todo lo que había en poder de los Genios. El Perro tira de ella, el Mono empuja por detrás y el Faisán les indica el camino. Y Momotaro, sentado encima, entra en su pueblo donde todos lo aclaman por vencedor.

FIN
Anónimo japonés

El pollito que se hizo rey

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Érase un pollito muy chiquitito a quien no gustaba ni pizca la miel.

Vino al mundo siendo ya huérfano, y dijo:

-¡Mi padre ha muerto de hambre, y el rey le debía un grano de maíz!

Descolgó el zurrón de su difunto padre y, anda que te anda, partió a cobrar aquella deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando encontró en el camino un palo que le hizo tropezar y caer.

El Pollito se levantó y dijo:

-¡Ah! Palo, ¿aquí estás tú? No te había visto.

-¿Adónde vas? -le preguntó el Palo.

-Voy -contestó- a cobrar un crédito de mi difunto padre.

-Vamos juntos -dijo el Palo.

El Pollito cogió al Palo y se lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, se encontró con un gato que, al verlo, exclamó:

-¡Ah, qué bocado más tierno!

-No -replicó el Pollito- yo no valgo la pena.

-¿Y adónde vas? -preguntó el Gato.

-Voy a cobrar un crédito de mi padre.

-Pues vamos allá juntos -dijo el Gato-, tal vez encuentre allí algo bueno que comer.

El Pollito cogió al Gato y lo metió en el zurrón.

Y encontró a una hiena que le preguntó:

-¿Adónde vas con el zurrón?

-Voy a cobrar un crédito de mi padre -explicó el Pollito.

-Vamos allá juntos -dijo la Hiena.

El Pollito cogió a la Hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda encontró a un león.

-¿Adónde vas?

-A cobrar un crédito de mi difunto padre.

-Vamos allá juntos -dijo el León.

El pollito cogió al melenudo animal y lo metió en el zurrón.

Encontró a un Elefante que estaba hartándose de plátanos.

El Elefante le preguntó cordialmente:

-¿Adónde vas, Pollito?

-A cobrar un crédito de mi difunto padre.

-Pues, entonces, vamos juntos -dijo el paquidermo.

El Pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

-¿Adónde vas con ese zurrón tan repleto?

-Voy a cobrar una deuda.

-¿A casa de quién? -preguntó el Guerrero.

-Al palacio del rey -contestó el Pollito.

-Vamos juntos allá -dijo el Guerrero.

El Pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin llegó a la ciudad donde vivía el rey.

La gente corrió a anunciar al soberano que el Pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de su difunto padre.

-Hagan hervir un caldero de agua y tírenselo hirviendo; así ese insolente polluelo morirá y no tendremos que pagar la deuda.

La hija del monarca se puso a gritar:

-Yo le tiraré el agua hirviendo.

Al verla venir, el Pollito le dijo al Palo:

-¡Palo, ahora es la tuya!

El Palo hizo tropezar y caer a la hija del rey. El agua hirviente se derramó y la hija del rey quedó escaldada.

La gente de la ciudad dijo entonces:

-Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas, que lo matarán a picotazos.

Pero el Pollito sacó al Gato del zurrón y le dijo:

-¡Te devuelvo la libertad!

El Gato mató a todos las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

-¡Que lo encierren en el corral con las cabras; allí lo pisotearán!

El Pollito dijo entonces:

-¡Hiena, ya eres libre!

La Hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y se escapó.

La gente dijo entonces:

-¡Que lo encierren en el corral de los bueyes!

Y allí le metieron.

Pero el Pollito dijo:

-¡León, ahora es la tuya!

El León salió del zurrón, degolló a los bueyes, escogió el más gordo y lo devoró en un santiamén.

Todo el pueblo estaba furioso y decía:

-¡Este polluelo es un desvergonzado que no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos lo pisotearán y matarán.

Lo encerraron. Pero el Pollito dijo:

-Buen amigo, compañero Elefante: sálvame la vida. Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El Elefante miró a los camellos, los desafió y aplastó hasta el último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

-Este insolente polluelo no morirá aquí; démosle lo que se debía a su padre y que se vaya. Lo atraparemos en el bosque, lo mataremos y recuperaremos su herencia.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y se dio al Pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el Pollito abandonó, con su tesoro, el pueblo.

Entonces, todo el mundo montó a caballo, hasta el mismo rey, y se lanzaron en pos del Pollito.

Pero el Pollito sacó al Guerrero del zurrón y le dijo:

-¡Guerrero, he aquí llegada tu hora! ¡Demuestra que eres hombre de armas tomar!

El Guerrero hizo trizas a todos.

Y el Pollito volvió entonces a la ciudad del rey; se hizo el amo y se proclamó el soberano de aquel pueblo al que, en buena lid, había vencido.

FIN

Cuento anónimo africano

Las Hadas de Charles Perrault



Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.

Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.

Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.

-Como no, mi buena señora -dijo la hermosa niña.

Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:

-Eres tan bella, tan buena y tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don -pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta dónde llegaría la gentileza de la joven-. Te concedo el don -prosiguió el hada- de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.

Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.

-Perdón, madre mía -dijo la pobre muchacha- por haberme demorado-; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

-¡Qué estoy viendo! -dijo su madre, llena de asombro-; ¡parece que de la boca te salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?

Era la primera vez que le decía hija.

La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.

-Verdaderamente -dijo la madre- tengo que mandar a mi hija; mira, Fanchon, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla; ¿no te gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayas a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer te pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.

-¡No faltaba más! -respondió groseramente la joven- ¡ir a la fuente!

-Deseo que vayas -repuso la madre- ¡y de inmediato!

Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.

-¿Habré venido acaso -le dijo esta grosera mal criada- para darte de beber? ¡Justamente he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebe directamente, si quieres.

-No eres nada amable -repuso el hada, sin irritarse-; ¡está bien! ya que eres tan poco atenta, te otorgo el don de que a cada palabra que pronuncies, te salga de la boca una serpiente o un sapo.

La madre no hizo más que divisarla y le gritó:

-¡Y bien, hija mía?

-¡Y bien, madre mía! -respondió la malvada, echando dos víboras y dos sapos.

-¡Cielos! -exclamó la madre- ¿qué estoy viendo? ¡Tu hermana tiene la culpa, me las pagará! -y corrió a pegarle.

La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.

-¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.

El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.

El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.

En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.



Moraleja

Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.


Otra moraleja

La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.

Cuento de Charles Perrault 

viernes, 27 de marzo de 2020

Las hadas y los espíritus en el día de Todos los Santos

A través de la tradición oral, transmitidas de madres a hijos nos han llegado la mayoría de las leyendas del mundo celta. Existió en una ocasión un hombre llamado Hugh King, cuyo rasgo principal era la bondad. Cierto día, víspera de Todos los Santos, se quedó a pes­car hasta muy tarde, mientras dejaba volar su imaginación pensando en los seres más fantásticos y soñando con hadas y príncipes.

Cuando esperaba pacientemente que los peces picaran, vio pasar por el camino a una gran multitud de personas que apresuradamen­te recorrían la zona, mientras reían y cantaban, portando enormes cestos y bolsas.

Sin dudarlo un momento, el joven Hugh King se dirigió a ellos, ya que su curiosidad era mayor que el recelo que pudiera sentir, así después de constatar lo alegres que parecían, preguntó a uno de los hombres que formaba el cortejo por su lugar de destino. «Vamos a la feria», fue la respuesta que obtuvo del hombre que iba extravagante­mente vestido con un tricornio en la cabeza y calzado con unas botas doradas. Otro de los risueños componentes del desfile, le invitó a unirse a su marcha: «Ven con nosotros y comerás, beberás y bailarás como nunca lo has hecho».

Viendo lo alegres que todos parecían, Hugh se animó y les acom­pañó. Enseguida una mujer le encargó llevar su cesta y así fue con ellos hasta llegar a la feria, en un sitio oculto en el bosque. En ese lugar, la gente se había reunido para cantar y bailar, mientras se escuchaban a los mejores músicos que el muchacho había oído jamás con el sonido de las gaitas y las arpas surcando el aire; además, en la feria había otras actividades, en un rincón se habían colocado un grupo de pequeños zapateros que ejercían su oficio, en otra zona había dos adivinadoras y en el centro grandes mesas con los más maravillosos manjares.

Hugh estaba maravillado y su mayor deseo era dejar la cesta para bailar, ya que había visto a una hermosa muchacha de largos y sedo­sos cabellos del color del trigo, que estaba riéndose y bailando muy cerca de donde él se encontraba. Así fue como al dejarla en el suelo salió de su interior un viejecillo, un duende feo y deforme que asus­tó sobremanera al joven. Sin embargo, cuando habló fue para darle las gracias por lo bien que lo había transportado, explicándole las numerosas dolencias que le aquejaban y que le habrían impedido llegar hasta allí si él no le hubiese llevado en el cesto. Después de dar­le toda serie de explicaciones, el duendecillo insistió en pagar a Hugh por su trabajo, así le echó en las manos gran cantidad de guineas de oro, tras lo cual le dijo que fuera a pasarlo lo mejor posible y que no se asustara de nada de lo que oyera o viera.

Cuando Hugh se dirigió a la fiesta hizo lo que el duende le había recomendado, comió, bebió y bailó, mientras se lo pasa­ba en grande. Las horas fueron transcurriendo y Hugh fue dan­do señales de cansancio, cuando se recostó en un árbol para descansar y observar la evolución de la fiesta se le acercó un hombre de piel oscura y elegantemente vestido, seguido de un grupo de personas tan elegantes como él. El caballero lo primero que hizo fue coger a Hugh del brazo y luego le pre­guntó: «¿Sabes quién es esta gente? ¿quiénes son los hombres y mujeres que están bailando a tu alrededor? Mira bien y dime: ¿Estás completamente seguro que no les habías visto antes?», ante su insistencia Hugh empezó a fijarse en los que habían sido sus compañeros de bailes y risas, así pudo comprobar con estupor que muchos eran antiguos paisanos suyos que él sabía per fectamente que habían muerto tiempo atrás.

Entonces se dio cuenta que lo que él había considerado túnicas y ropajes vaporosos, en realidad se trataba de los blancos y largos suda­rios que envolvían a los muertos. Ante este horror, Hugh intentó es­capar de ellos, pero no pudo ya que se pusieron en círculo a su alrede­dor, bailaron y se rieron; luego lo tomaron de los brazos e intentaron atraerlo a la danza; mientras la risa se transformó en un agudo chillido que parecía perforar su cerebro para intentar matarlo, hasta que exá­nime cayó al suelo desmayado, en una especie de trance.

Cuando despertó al día siguiente estaba tendido en el suelo, den­tro de un viejo círculo de piedra que había a las afueras de su aldea, mientras intentaba despejarse, observando el amanecer, oyó una se­rie de cantos siniestros y a lo lejos unas luces pálidas que se alejaban.

Hugh inició el regresó a su hogar, con el alma apesadumbrada, pues comprendió que lo que había observado era la celebración de las hadas y los espíritus de la fiesta de Todos los Santos, la única noche en que salían libremente de su encierro y que él, un simple humano, de­bería haberse quedado en casa para no estorbar su noche de fiesta.

Leyenda celta

miércoles, 25 de marzo de 2020

Los pájaros no tienen dientes



Los pájaros no tienen dientes,
Con el pico se apañan.
Los pájaros pescan peces
Sin red ni caña.
Los pájaros, como los ángeles,
Tienen alas.
Los pájaros son artistas
Cuando cantan.
Los pájaros colorean el aire
Por la mañana.
Por la noche
Son músicos dormidos
En las ramas.
Da pena ver a un pájaro en la jaula.

Gloria Fuertes, Madrid 1917-1998

El lago prestado

Existe una hermosa historia sobre jóvenes pretenciosas y promesas incumplidas que nos relata cómo se formó el Loch del valle de Leinster.

En una ocasión, un joven jefe cortejaba a la hija de otro jefe que vivía en la orilla de un lago llamado Loch Ennel en West-meath. La joven era muy hermosa pero bastante altanera, por lo que puso como condición para casarse que la vista desde su nuevo hogar debía, al menos, igualar a la que tenía frente a la casa de su padre.

El lugar donde el joven habitaba era un hermoso valle, que podría contener un lago, si se construía una presa que retuviera el agua del río que lo atravesaba. Sin embargo, este plan supondría que el joven debía esperar bastantes años para poder casarse, tiempo que no estaba dispuesto a esperar. Su madre era una hechicera heredera de la estirpe de los Tuatha de Danann, que al ver cómo su hijo caía en una melancolía creciente decidió tomar el asunto del lago entre sus manos. La hechicera se dirigió a la cabana de una de sus hermanas, situada sobre la margen occidental del Shannon. Esta cabana estaba ubicada sobre el filo de una colina a las orillas de un agradable lago, la madre del muchacho se alegró de ver a su hermana y ésta la agasajó debidamente, cuando terminaron de comer le confesó el motivo de sus preocupacio­nes y la idea que había tenido para resolver el conflicto, así suplicó que le prestara el lago para que así su hijo pudiera casarse, y que dicho préstamo sería hasta el día de la próxima luna llena, aunque añadió entre dientes, después de la semana de la eternidad.

A pesar de las dificultades, su hermana accedió y le prestó además una capa mágica para que pudiera transportarlo hasta su valle. Esa noche la gente que vivía en las laderas de las colinas despertó al oír un gran estruendo, lo que les obligó a huir hacia las tierras altas en donde fueron hospitalariamente acogidos; al amanecer de la mañana siguiente, millares de personas contemplaron asombrados el agua que cubría lo que antes había sido sus casas.

El muchacho, lo primero que hizo fue dirigirse a casa de la joven para describirle la creación del lago y la belleza que encerraba, y ya que la condición que exigía para realizar el matrimonio se había cumplido la novia tuvo que dar su consentimiento a la boda. Sin embargo, la hechicera que había «prestado» el lago, estaba bastante molesta cada vez que se asomaba a la ventana de su cabana y veía el lecho, ya que el plazo se había cumplido y su lago no había regresado. Por esto decidió desplazarse hasta casa de su hermana y solicitar la devolución.

Allí fue recibida con fingida alegría y comenzó a reclamar su propiedad, ya que la luna llena había llegado por tres veces y el lago aún estaba en donde no pertenecía, mientras su tierra se iba secando. Sin embargo, la astuta hechicera se limitó a decirle: «¡Ay, querida hermana!, ¿cómo puedes decir que se ha cumplido el plazo? Te prometí devolverte tu valioso lago el día de la luna llena siguiente a la semana de eternidad, ¡reclámala cuando venza el plazo!, no antes». Cuando la hechicera se dio cuenta del engaño, la ira que sintió no tuvo límites, pero carecía de modo de venganza alguno, debido a la astucia de su hermana.

Leyenda celta

viernes, 29 de abril de 2016

El asfódelo, la flor de Perséfone

Foto: Asfódelo y haya muerta. 
¿Quizá son Perséfone y Hades en las soledades de Bertiz?
 Cuenta la leyenda que hubo un año en el que la primavera dejó de ser eterna. La diosa Deméter lo impidió. Estaba agotada de buscar a su hija por todos los confines del mundo. Aquel año ni una mísera briza de hierba brotó. Y tampoco hubo flores, ni frutos con los que saciar el hambre de los hombres o de los animales. Ni siquiera en la más atroz de las guerras se había vivido una situación tan horrenda.
Deméter fue a ver a Helios, el Sol, que desde su altura todo lo ve. Y éste le contó a la diosa que su hija había sido raptada por Hades, el dios de los muertos. Una soleada mañana en la Kore se ufanaba en recoger flores del campo acompañada de las ninfas, la tierra se abrió. De ella surgió Hades, montado en su carro tirado por dos caballos negros como el azabache. Hades raptó a Kore y la hizo su esposa y así la convirtió en Perséfone, la Reina de los muertos.
 Johann Ulrich Krauß, 1690

Deméter descargó su ira contra las ninfas por no haber impedido el rapto, y las desfiguró convirtiéndolas en horribles sirenas. La Humanidad moría de hambre en aquel tiempo sin primavera. Ante la catastrófica situación tuvo que intervenir Zeus, que tras muchas negociaciones consiguió convencer a su hermano Hades de que soltara a Perséfone. Pero el infame Hades planeó un maléfico ardid: hizo comer a Perséfone seis semillas de granada, por lo que Perséfone tendría que volver al inframundo un mes por cada semilla ingerida.
Desde ese momento la primavera no es eterna. Se reduce solo a los meses en los que Deméter y Perséfone se reúnen. Al comienzo del otoño, la bella Reina de los Muertos debe regresar a su reino junto a Hades. Tras tantas primaveras pasadas nunca he logrado ver a Perséfone por mis bosques…. Me pasa como a Odiseo, que tampoco logro verla cuando bajó al Mundo de los Muertos. Pero si pudo sentir su presencia. Como me pasa a mí: ¡sentir su presencia! Exactamente eso.
Deméter y Perséfone; período helenístico; Entre el siglo IV antes de Cristo; 

Fue precisamente en los prados de asfódelos, la primera planicie que encuentran las almas difuntas tras lograr atravesar el río Aqueronte o la laguna Estigia, donde Odiseo se reencontró con sus antiguos compañeros de batallas. Entre las inconfundibles, fantasmagóricas y bellas flores pálidas de esta planta, vagan eternamente las almas de la gente corriente y común. De los que no han sido juzgados ni como bondadosos ni como malvados. El héroe griego tuvo ocasión de consolar a Aquiles, tratar de reconciliarse con Ajax y ver al gigante Orión persiguiendo a las fieras que había matado en vida. En mitad de ese campo de asfódelos también se sitúa el palacio de Hades. Y durante los esponsales con Hades, tan solo las flores de los asfódelos mitigaron la desazón de Perséfone. Desde aquel aciago día, donde está ella, están los asfódelos.
Por ello, la presencia intangible de Perséfone entre nosotros, e incluso el momento exacto de su llegada a nuestro mundo, puede detectarse a poco que nos fijemos en el paisaje. Cada año, en lo más duro del invierno, los campos ven surgir de las entrañas de la tierra las inconfundibles hojas verdes y acintadas de los asfódelos: la flor favorita de Perséfone. Porque las hojas no brotan plácidamente: resquebrajan y rasgan la superficie de la tierra para emerger lenta, pero violentamente, llevándose por delante hasta las piedras que encuentran a su paso. Salen desde el mismísimo inframundo. Y es que los asfódelos son los heraldos de Perséfone en la tierra, cuando regrese a nuestro mundo durante la plácida estación primaveral.
Un halo de misterio rodea todo lo que tiene que ver con esta planta. Sus hojas verdes aparecen tanto en las planicies resecas por el sol, como en las zonas más oscuras donde casi no llega la luz. No hay herbívoro que se atreva a comerla. Acaso algún gazapo, tal vez un lebrato, le dará algunos mordiscos, pero lo indigesto de la planta quedará indeleble en la memoria del animal para el resto de su vida, y jamás volverá a acercarse a ella. Al poco de que el fuego haya consumido los montes, los asfódelos rebrotan en mayor número y con más brío, entre lo calcinado del resto de vegetación. Ni siquiera entonces el ganado le acercará el diente.
Los asfódelos se plantaban al lado de las tumbas, con la finalidad de que los fallecidos tuvieran alimento durante su tránsito. Pero esta planta también quitó el hambre de los vivos. Teofrasto afirmaba que numerosas partes de la planta son comestibles: el tallo o escapo frito, las semillas asadas y sobre todo los referidos tubérculos cortados, cocidos y mezclados con higos. En épocas de carestía en nuestra tierra, algunas de ellas relativamente recientes, volvieron a ser consumidas estas estructuras subterráneas, o sirvieron ocasionalmente para alimentar a animales domésticos como los cerdos.
Cuando Perséfone se reencuentra con su madre, los asfódelos florecen por doquier, con sus inconfundibles flores pálidas y estrelladas. Surgen agrupadas en el ápice del tallo o escapo, que se ha elevado más de un metro sobre la roseta basal de hojas. No hay planta, de las muchas de nuestros campos, que ofrezca semejante aspecto, entre irreal y onírico. Muchos vieron en estas varas el cetro simbólico de Perséfone y Hades, Reyes del Inframundo. Incluso parece que el nombre “asphodelus” con el que lo designaban los antiguos griegos procede precisamente de la palabra griega para cetro.
Al final del verano los asfódelos van marchitándose poco a poco. Las robustas hojas siempre verdes se han resecado y desaparecido; los tallos floríferos secos yacen tronchados por el viento o la mano de un niño; los esféricos frutos se han abierto para liberar las semillas, que volverán a lo más profundo de la tierra. Y es que el tiempo se le agota a Perséfone, que también deberá regresar al reino de Hades, dejando entristecida, una vez más, a su madre. En ese momento, los asfódelos se ausentarán totalmente sin dejar rastro alguno...
En definitiva, el mito del ocaso y renacimiento de la naturaleza, ligado de por vida a una de las plantas más evocadoras de la flora ibérica. Historias, leyendas, etimologías que hunden sus raíces en la noche de los tiempos y que en la Península Ibérica ha mantenido el bello término gamón (desaparecido del resto de Europa), con el que también se conoce al asfódelo en nuestra zona. Gamón que deriva del griego gamos, “matrimonio, unión íntima”, y que nos remite, de nuevo, a Perséfone y su eterno ciclo de vida y muerte.
En la mañanas brumosas de abril los claros del bosque se llenan de asfódelos, y entonces creo presentir la presencia de Perséfone entre las hayas. Y mi imaginación aguarda a que de un momento a otro aparezca, de entre las leves nieblas de abril, el gigante Orión, persiguiendo eternamente a los ciervos.
Juan Goñi
En Mírame Navarra al natural