sábado, 29 de mayo de 2010

Kaguya Hime

Kaguya ( Luz Brillante) o Kaguya Hime ( Princesa Luz Brillante) es el nombre de una princesa del folclore japonés que provenía de la luna y nació dentro de un tronco de bambú para satisfacer la necesidad filial de una pareja de ancianos que ya no podían tener hijos.


Una antigua leyenda japonesa explica que había una vez un anciano que vivía con su esposa. Un día fue a una plantación de bambú para recolectar brotes, y se encontró allí con un árbol de bambú que tenía luz en su interior. Se preguntó por qué y sintió una gran curiosidad acerca de lo que habría dentro.

Cuidadosamente cortó el bambú y se quedó asombrado al encontrar a un precioso bebé en el interior. Decidió recogerla y llevarla a su casa. Consultó con su mujer que hacer con el bebé, y llegaron a la conclusión de que era un regalo de Dios. Decidieron llamar a la niña Kaguya-Hime (Princesa de la Luz Brillante). A partir de aquel día, cada vez que el anciano cortaba bambú, encontraba oro dentro de él, no tardó en hacerse rico y construir una gran casa.

Varios años después, el bebé creció y se convirtió en una linda joven. Todo el mundo la conocía porque era elegante y hermosa. Cinco príncipes llegaron a su casa para pedir su mano en matrimonio. Ella era reacia a casarse, así que les propuso varias tareas imposibles para llevar a cabo antes de conseguir casarse con ella.

El primero quedó encargado de traer el cáliz sagrado de Buda que se encontraba en la India. Al segundo príncipe se le encargó encontrar una legendaria rama hecha de plata y oro. El tercero tenía que intentar conseguir la legendaria túnica hecha con el pelo de la rata de fuego, que se dice que está en China. Al cuarto, una joya de colores que brillaba al cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que nace de las golondrinas. La princesa pidió cosas que nadie sabía que existían y estaban muy desilusionados.

Luego de esto, los jóvenes dejaron de ir por algún tiempo a la casa del viejo ya que todos estaban buscando los deseos de la princesa. Un día, llego el primer hombre y trajo la taza de Buda que la princesa había pedido, pero él no fue a India como ella lo pidió, en su lugar trajo una taza sucia de un templo cerca de Kioto. Cuando la princesa lo vio, ella supo inmediatamente que esta no era la taza de Buda, porque aunque era muy vieja y estaba hecha de piedra, la taza que era de India siempre tenía un brillo sagrado.

El segundo no tenía idea de donde podría encontrarse una rama de plata y oro, además no quería hacer un largo viaje y como él era muy rico, decidió ordenárselo a unos joyeros. Luego le llevó el regalo a la princesa. Era tan maravillosa que ella pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con éste joven de no ser porque los joyeros aparecieron para preguntar por su dinero. De esta manera la princesa supo que la rama no era la verdadera, y por tanto, no era lo que ella había deseado.

El tercero, a quién se le había pedido la túnica de pelo de rata de fuego, les dio una gran cantidad de dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía a la rata de fuego. Se lo llevó a la princesa y ella dijo "Realmente es una piel muy fina. Pero el pelo de la rata de fuego no arde, aun cuando se tira al fuego. Probémoslo". Y ella tiró la piel en el fuego, y como era de esperar la piel ardió en unos minutos, el joven se fue enfadado y avergonzado.

El cuarto era muy valiente e intentó encontrar el dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie supo donde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta y casi muere. No podía buscar más al dragón y se fue a su casa. De vuelta en su hogar, se encontraba muy enfermo y no pudo volver con la princesa Kaguya.

El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos, y en uno de ellos pensó que la había encontrado; pero al bajar tan aprisa por la escalera se cayó y se lastimó. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura.

De este modo todos habían fallado, y ninguno podría casarse con la princesa. La reputación de la princesa era tal, que un día el emperador quiso conocer su extraordinaria belleza. El emperador quedó prendado de la joven y le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también su propuesta, diciéndole que era imposible ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él. No obstante, el emperador no pudo olvidarla y siguió insistiendo.

Ese verano, cada vez que la princesa miraba la luna sus ojos se llenaban de lágrimas. Su anciano padre quiso saber qué le ocurría, pero ella no respondió. Cada día que pasaba la joven estaba más triste y siempre que miraba la luna no podía dejar de llorar. Los ancianos estaban muy preocupados, pero la princesa guardaba silencio. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en el planeta, sino que procedía de la luna, a dónde debía regresar en la próxima luna llena, y que vendrían personas a buscarla.

Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero ella contestó que debía hacerlo. Así que el anciano corrió en busca del emperador, y le contó toda la historia, enviando éste último una gran cantidad de soldados a casa de la princesa. En la noche de la luna llena de mediados de agosto, los guerreros rodearon la casa en su intento de proteger a la princesa, mientras ésta se hallaba en el interior con sus padres esperando por la gente de la luna que vendrían a por ella. Cuando la luna se puso llena, una inmensa luz los cegó a todos y la gente de la luna bajó a por la princesa, los soldados no pudieron combatir porque estaban cegados por aquella inmensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar.

La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. También se despidió del emperador por medio de una carta. El desolado emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón, el gran Monte Fuji. La misión encargada era subir hasta la cima y quemar la carta que Kaguya-Hime había escrito, con la esperanza de que llegara a la ahora distante princesa.

Años después, de la luna cayó la capa que las personas de la luna le dieron a la princesa Kaguya-Hime. Un monje, llamado Miatsu, que pasaba por ahí se enteró de la historia de la princesa y fue a ver al emperador. Le dijo que si alguna vez la luna llena aparecía más de lo debido, llevaran la capa al Monte Fuji y la quemaran. Cuando el emperador preguntó la razón, el monje le dijo que la princesa Kaguya había recibido la carta que él había quemado tanto tiempo atrás, y que se encontraba molesta por no haberse podido quedar en el planeta, por lo que había decidido convertir a la tierra en un lugar como la luna: sin espacio ni tiempo, sumida en la noche eterna, para poder regresar. El emperador le pidió al monje que sellará a Kaguya en un lugar del cual jamás pudiera salir.

El monje Miatsu lo hizo así, en un espejo del palacio (que fue conocido como espejo de la vida o de la luna) con los cinco objetos que la princesa había pedido a sus pretendientes, como llaves de abertura y cerradura del portal entre la luna y la tierra (el monje los tenía); de esta forma la humanidad estaría a salvo del poder de la princesa. La capa de Kaguya-Hime fue entregada a una familia reconocida y ancestral de la que se decía que sus miembros poseían poderes espirituales.


La princesa Kaguya se enteró por medio de un susurro de un sirviente del palacio que estaba encargado de cuidar el espejo que la mantenía cautiva del hechizo y el engaño del emperador, así que le pidió a una de las personas de la luna que hiciera que del Monte Fuji cayera fuego, lava, cenizas y gases venenosos que causaran la muerte de la región entera. La persona así lo hizo, y tomando la furia de la princesa como componente principal, creó al volcán (antes era nada más una montaña), que no hizo erupción debido a que la rabia de la princesa no era suficiente así que tenían que esperar hasta que la rabia de la princesa se acumulara y fuera la suficiente para hacer estallar al volcán. Desde entonces las erupciones del Fuji (pocas en la historia), han sido violentas, debido a la furia de Kaguya-Hime.

Tanabata

¿Quieres saber cómo se creó la Vía Láctea? Pues aquí tienes una leyenda que explicaban los antiguos japoneses para explicar la creación de esa Galaxia.

Había una vez un joven labrador. Un día, cuando estaba caminando hacia su casa se encontró una tela colgada en un árbol. ¡Era una tela maravillosa! La más bonita que el joven había visto en su vida. Así, pensando que alguien la había tirado allí cogió la tela y se la metió en su cesto. Había acabado de poner la tela en en el cesto, cuando alguien le llamó, y al girarse se sorprendió mucho al ver aparecer a una mujer muy hermosa que le dijo: "Me llamo Tanabata. Por favor devuélveme mi 'hagoromo'."



El joven le preguntó: "¿Hagoromo? ¿Qué es un hagoromo?"

Ella le dijo: "El hagoromo es una tela que uso para volar. Vivo en el cielo. No soy humana. Descendí para jugar en aquella laguna, pero sin mi hagoromo no podré regresar. Por eso le pido que me la devuelva."

El joven avergonzado no pudo decir que él la había ocultado y le dijo que no sabía nada de esa tela.


Así, como no tenía el hagoromo Tanabata no pudo volver al cielo y no tuvo más remedio que quedarse en la tierra. Sin embargo, al cabo de un tiempo ella y el joven labrador se enamoraron y se casaron.

Al cabo de unos años, Tanabata, cuando hacía la limpieza de la casa, encontró el hagoromo, y entonces le dijo a su marido que tenía que regresar al cielo, pero también le dijo que había una manera de estar juntos. Si hacía mil pares de sandalias de paja y las enterraba en torno a un bambú podría subir al cielo. Tanabata le estaría esperando.

El joven se quedó muy triste y empezó a hacer las sandalias de paja.


Cuando había hecho 999 estaba tan impaciente fue a enterrarlas al lado de un bambú. En ese momento el bambú se alargó muy alto hasta el cielo.

El joven labrador subió por el bambú hasta el cielo, pero le faltaba sólo un poco para llegar. Era el par de sandalias que no había hecho, pero empezó a llamar a Tanabata. Y ésta le ayudó a subir.

Su felicidad no duró mucho porque en ese momento apareció el padre de Tanabata, al que no le había gustado que ella se casara con un simple mortal. El padre pidió al joven labrador que cuidara durante tres días sus tierras.

"Entendido.", respondió el joven.

Tanabata le dijo a su marido que su padre le estaba haciendo una trampa y que aunque tuviese sed no comiese ninguna fruta pues le ocurriría algo malo.


El joven se puso a cuidar las tierras. Pero la mañana del tercer día ya no podía aguantar la sed y sus manos se fueron hacia la fruta. En ese momento, del melocotón que había tocado empezó salir mucha agua convirtiéndose en el río el "Amanogawa"



El joven y Tanabata quedaron separados por Amanogawa y ambos se convirtieron en estrellas, las estrellas Vega y Altaír. Desde entonces, la pareja con el permiso del padre, puede encontrarse sólo un día al año, el siete de julio.

lunes, 24 de mayo de 2010

El Mago de Oz

Dorita era una niña que vivía en una granja de Kansas con sus tíos y su perro Totó. Un día, mientras la niña jugaba con su perro por los alrededores de la casa, nadie se dio cuenta de que se acercaba un tornado. Cuando Dorita lo vio, intentó correr en dirección a la casa, pero su tentativa de huida fue en vano. La niña tropezó, se cayó, y acabó siendo llevaba, junto con su perro, por el tornado. Los tíos vieron desaparecer en cielo a Dorita y a Totó, sin que pudiesen hacer nada para evitarlo. Dorita y su perro viajaron a través del tornado y aterrizaron en un lugar totalmente desconocido para ellos. Allí, encontraron unos extraños personajes y un hada que, respondiendo al deseo de Dorita de encontrar el camino de vuelta a su casa, les aconsejaron a que fueran visitar al mago de Oz. Les indicaron el camino de baldosas amarillas, y Dorita y Totó lo siguieron.

En el camino, los dos se cruzaron con un espantapájaros que pedía, incesantemente, un cerebro. Dorita le invitó a que la acompañara para ver lo que el mago de Oz podría hacer por él. Y el espantapájaros aceptó. Más tarde, se encontraron a un hombre de hojalata que, sentado debajo de un árbol, deseaba tener un corazón. Dorita le llamó a que fuera con ellos a consultar al mago de Oz. Y continuaron en el camino. Algún tiempo después, Dorita, el espantapájaros y el hombre de hojalata se encontraron a un león rugiendo débilmente, asustado con los ladridos de Totó. El león lloraba porque quería ser valiente. Así que todos decidieron seguir el camino hacia el mago de Oz, con la esperanza de hacer realidad sus deseos.


Cuando llegaron al país de Oz, un guardián les abrió el portón, y finalmente pudieron explicar al mago lo que deseaban. El mago de Oz les puso una condición: primero tendrían que acabar con la bruja más cruel de reino, antes de ver solucionados sus problemas. Ellos los aceptaron. Al salir del castillo de Oz, Dorita y sus amigos pasaron por un campo de amapolas y aquél aroma intenso les hicieron caer en un profundo sueño, siendo capturados por unos monos voladores que venían de parte de la mala bruja. Cuando despertaron y vieron la bruja, lo único que se le ocurrió a Dorita fue arrojar un cubo de agua a la cara de la bruja, sin saber que eso era lo que haría desaparecer a la bruja. El cuerpo de la bruja se convirtió en un charco de agua, en un pis-pas.

Rompiendo así el hechizo de la bruja, todos pudieron ver como sus deseos eran convertidos en realidad, excepto Dorita. Totó, como era muy curioso, descubrió que el mago no era sino un anciano que se escondía tras su figura. El hombre llevaba allí muchos años pero ya quería marcharse. Para ello había creado un globo mágico. Dorita decidió irse con él. Durante la peligrosa travesía en globo, su perro se cayó y Dorita saltó tras él para salvarle. En su caída la niña soñó con todos sus amigos, y oyó cómo el hada le decía: - Si quieres volver, piensa: “en ningún sitio se está como en casa”. Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a sus tíos y salió corriendo. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño que ella nunca olvidaría... ni tampoco sus amigos.

Y colorín colorado...




sábado, 22 de mayo de 2010

La creación del mundo guanche

Los guanches vivían en las Islas Canarias antes de la conquista castellana en el siglo XV. Creían en Achamán, que era el dios "bueno", el dios de la suerte. Por otro lado estaba Guayota, el demonio, que habitaba en el interior de la montaña del Teide. Disfruta del vídeocuento...



La leyenda del Quinto Sol (cultura azteca)

En este video vas a ver una antigua leyenda mexicana, es una leyenda azteca (náhuatl).


El burrito descontento

Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca. - Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola. Vaya una cosa que me pone mi amo! Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!

Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada
estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierva verde.

Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol. - Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina. Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación.



Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. - Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega. El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.

El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.

Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre.

Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida: Contentarnos con nuestra suerte es el secreto de la felicidad.

Y colorín colorado...

El cuervo y la zorra

Erase en cierta ocasión un cuervo, el de más negro plumaje, que habitaba en el bosque y que tenía cierta fama de vanidoso. Ante su vista se extendían campos, sembrados y jardines llenos de florecillas... Y una preciosa casita blanca, a través de cuyas abiertas ventanas se veía al ama de la casa preparando la comida del dia. -Un queso!- murmuró el cuervo, y sintió que el pico se le hacía agua.

El ama de casa, pensando que así el queso se mantendría más fresco, colocó el plato co
n su contenido cerca de la abierta ventana. -que queso tan sabroso!- volvió a suspirar el cuervo, imaginando que se lo apropiaba Voló el ladronzuelo hasta la ventana, y tomando el queso en el pico, se fue muy contento a saborearlo sobre las ramas de un árbol.

Todo esto que acabamos de referir había sido visto también por una astuta zorra, que llevaba bastante tiempo sin comer. En estas circunstancias vio la zorra llegar ufano al cuervo a la más alta rama del arbol. -Ay, si yo pudiera a mi vez robar a ese ladrón! -Buenos días, señor cuervo. El cuervo callaba. Miró hacia abajo y contempló a la zorra, amable y sonriente. -Tenga usted buenos días -repitió aquella, comenzando a adurarle de esta manera. -Vaya, que está usted bien elegante con tan bello plumaje!




El cuervo, que, como ya sabemos era vanidoso, siguió callado, pero contento al escuchar tales elogios. -Sí, sí prosiguió la zorra. Es lo que siempre digo. No hay entre todas las aves quien tenga la gallardía y belleza del señor cuervo. El ave, sobre su rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía el animal que estaba a sus pies era verdad.

Pues, acaso había otro plumaje más lindo que el suyo? Desde abajo volvió a sonar, con acento muy suave y engañoso, la voz de aquella astuta: -Bello es usted, a fe mía, y de porte majestuoso. Como que si su voz es tan hermosa como deslumbrante es su cuerpo, creo que no habrá entre todas las aves del mundo quien se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagueño, quiso demostrar el cuervo a la zorra su armonía de voz y la calidad de su canto, para que se convenciera de que el gorjeo no le iba en zaga a su plumaje. Llevado de su vanidad, quiso cantar. Abrió su negro pico y comenzó a graznar, sin acordarse de que así dejaba caer el queso. Que más deseaba la astuta zorra! Se apresuró a coger entre su dientes el suculento bocado. Y entre bocado y bocado dijo burlonamente a la engañada ave: -Señor bobo, ya que sin otro alimento que las adulaciones y lisonjas os habéis quedado tan hinchado y repleto, podeis ahora hacer la digestión de tanta adulación, en tanto que yo me encargo de digerir este queso. Nuestro cuervo hubo de comprender, aunque tarde, que nunca debió admitir aquellas falsas alabanzas. Desde entonces apreció en el justo punto su valía, y ya nunca más se dejó seducir por elogios inmerecidos.

Y cuando, en alguna ocasión, escuchaba a algún adulador, huía de él, porque, acordándose de la zorra, sabía que todos los que halagan a quien no tiene meritos, lo hacen esperando lucrarse a costa del que linsonjean. Y el cuervo escarmentó de esta forma para siempre.

Y colorín colorado...

La gallinita colorada

bía una vez, una gallinita colorada que encontró un grano de trigo. “Quién sembrará este trigo?”, preguntó. “Yo no”, dijo el cerdo. “Yo no”, dijo el gato. “Yo no”, dijo el perro. “Yo no”, dijo el pavo. “Pues entonces”, dijo la gallinita colorada, “lo haré yo. Clo-clo!”. Y ella sembró el granito de trigo.

Muy pronto el trigo empezó a crecer asomando por encima de la tierra. Sobre él brilló el sol y cayó la lluvia, y el trigo siguió creciendo y creciendo hasta que estuvo muy alto y maduro.
“¿Quién cortará este trigo?”, preguntó la gallinita. “Yo no”, dijo el cerdo. “Yo no”, dijo el gato. “Yo no”, dijo el perro. “Yo no”, dijo el pavo. “Pues entonces”, dijo la gallinita colorada, “lo haré yo. Clo-clo!”. Y ella cortó el trigo
.


“¿Quién trillará este trigo?”, dijo la gallinita. “Yo no”, dijo el cerdo. “Yo no”, dijo el gato. “Yo no”, dijo el perro. “Yo no”, dijo el pavo. “Pues entonces”, dijo la gallinita colorada, “lo haré yo. Clo-clo!”. Y ella trilló el trigo.

“¿Quién llevará este trigo al molino para que lo conviertan en harina?”, preguntó la gallinita. “Yo no”, dijo el cerdo. “Yo no”, dijo el gato. “Yo no”, dijo el perro. “Yo no”, dijo el pavo. “Pues entonces”, dijo la gallinita colorada, “lo haré yo. Clo-clo!”. Y ella llevó el trigo al molino y muy pronto volvió con una bolsa de harina.


“¿Quién amasará esta harina?”, preguntó la gallinita. “Yo no”, dijo el cerdo. “Yo no”, dijo el gato. “Yo no”, dijo el perro. “Yo no”, dijo el pavo. “Pues entonces”, dijo la gallinita colorada, “lo haré yo. Clo-clo!” Y ella amasó la harina y horneó un rico pan. “¿Quién comerá este pan?”, preguntó la gallinita. “Yo!”, dijo el cerdo. “Yo!”, dijo el gato. “Yo!”, dijo el perro. “Yo!”, dijo el pavo. “Pues no”, dijo la gallinita colorada. “Lo comeré YO. Clo- clo!”. Y se comió el pan con sus pollitos.

Y colorín colorado...


El conejito ingenioso








Periquín tenía su linda casita junto al camino. Periquín era un conejito de blanco peluche, a quien le gustaba salir a tomar el sol junto al pozo que había muy cerca de su casita. Solía sentarse sobre el brocal del pozo y allí estiraba las orejitas, lleno de satisfacción. Qué bien se vivía en aquel rinconcito, donde nadie venía a perturbar la paz que disfrutaba Periquín!

Pero un día apareció el Lobo ladrón, que venía derecho al pozo. Nuestro conejito se puso a temblar. Luego, se le ocurrió echar a correr y encerrarse en la casita antes de que llegara el enemigo: pero no tenía tiempo! Era necesario inventar algún ardid para engañar al ladrón, pues, de lo contrario, lo pasaría mal. Periquín sabía que el Lobo, si no encontraba dinero que quitar a sus víctimas, castigaba a éstas dándoles una gran paliza.


Ya para entonces llegaba a su lado el Lobo ladrón y le apuntaba con su espantable trabuco, ordenándole: - Ponga las manos arriba señor conejo, y suelte ahora mismo la bolsa, si no quiere que le sople en las costillas con un bastón de nudos. - Ay, qué disgusto tengo, querido Lobo! -se lamentó Periquín, haciendo como que no había oído las amenazas del ladrón- Ay, mi jarrón de plata...! - De plata...? Qué dices? -inquirió el Lobo.





Sí amigo Lobo, de plata. Un jarrón de plata maciza, que lo menos que vale es un dineral. Me lo dejó en herencia mi abuela, y ya ves! Con mi jarrón era rico; pero ahora soy más pobre que las ratas. Se me ha caído al pozo y no puedo recuperarlo! Ay, infeliz de mí! -suspiraba el conejillo. - ¿Estás seguro de que es de plata? ¿De plata maciza? -preguntó, lleno de codicia, el ladrón - Como que pesaba veinte kilos! afirmó Periquín-. Veinte kilos de plata que están en el fondo del pozo y del que ya no lo podré sacar. - Pues mi querido amigo -exclamó alegremente el Lobo, que había tomado ya una decisión-, ese hermoso jarrón de plata va a ser para mí.

El Lobo, además de ser ladrón, era muy tonto y empezó a despojarse sus vestidos para estar más libre de movimientos. La ropa, los zapatos, el terrible trabuco, todo quedó depositado sobre el brocal del pozo. - Voy a buscar el jarrón- le dijo al conejito. Y metiéndose muy decidido en el cubo que, atado con una cuerda, servía para sacar agua del pozo, se dejó caer por el agujero.

Poco después llegaba hasta el agua, y una voz subió hasta Periquín: - Conejito, ya he llegado! Vamos a ver dónde está ese tesoro. Te acuerdas hacia qué lado se ha caído? - Mira por la derecha -respondió Periquín, conteniendo la risa. - Ya estoy mirando pero no veo nada por aquí ... - Mira entonces por la izquierda -dijo el conejo, asomando por la boca del pozo y riendo a más y mejor.

Miro y remiro, pero no le encuentro... De que te ríes? -preguntó amoscado el Lobo. - Me río de ti, ladrón tonto, y de lo difícil que te va a ser salir de ahí. Éste será el castigo de tu codicia y maldad, ya que has de saber que no hay ningún jarrón de plata, ni siquiera de hojalata. Querías robarme; pero el robado vas a ser tú, porque me llevo tu ropa y el trabuco con el que atemorizabas a todos. Viniste por lana, pero has resultado trasquilado. Y, de esta suerte, el conejito ingenioso dejó castigado al Lobo ladrón, por su codicia y maldad.


Y colorín colorado...

sábado, 15 de mayo de 2010

Lo que se puede inventar


Érase una vez un joven que estudiaba para poeta. Quería serlo ya para Pascua, casarse y vivir de la poesía, que, como él sabía muy bien, se reduce a inventar algo, sólo que a él nada se le ocurría. Había venido al mundo demasiado tarde; todo había sido ya ideado antes de llegar él; se había escrito y poetizado sobre todas las cosas.

-¡Felices los que nacieron mil años atrás! -suspiraba. ¡Cuán fácil les resultó ganar la inmortalidad! ¡Feliz incluso el que nació hace un siglo, pues entonces aún quedaba algo sobre que escribir. Hoy, en cambio, todo está agotado. ¿De qué puedo tratar en mis versos?

Y estudió tanto, que cayó enfermo y se encontró en la miseria. Los médicos nada podían hacer por él; tal vez la adivina lograse aliviarlo. Vivía en la casita junto a la verja, y cuidaba de abrir ésta a los coches y jinetes; pero sabía hacer algo más que abrir la verja: era más lista que un doctor, que viaja en coche propio y paga impuestos.

-¡Tengo que ir a verla! -dijo el joven.

La casa donde residía era pequeña y linda, pero de aspecto tristón. No había ni un árbol ni una flor; junto a la puerta se veía una colmena, cosa muy útil, y un foso, donde crecía un endrino que había florecido ya y tenía ahora unas bayas de aquellas que no se pueden comer hasta que las han tocado las heladas, pues hacen contraer la boca.

«He aquí el símbolo de nuestra prosaica época», pensó el joven; aquello era al menos un pensamiento, un granito de oro encontrado a la puerta de la adivina.

-Anótalo -dijo ella-. Las migas también son pan. Sé para qué has venido: no se te ocurre nada, y, sin embargo, quieres ser poeta antes de Pascua.

-Ya lo han escrito todo -dijo él-. Nuestra época no es como antes.

-No -contestó la mujer-. En aquellos tiempos quemaban a las brujas, y los poetas paseaban con el estómago vacío y los codos rotos. Nuestra época es muy buena, la mejor de todas. Pero tú no sabes captar bien las cosas, no tienes el oído aguzado, y seguramente por la noche no rezas el Padrenuestro. Los temas son inagotables, si uno los sabe manejar. Puedes extraerlos de las plantas de la tierra, de las aguas fluyentes y de las estancadas, pero necesitas comprender, tienes que aprender a coger un rayo de sol. Prueba mis gafas, ponte al oído mi trompetilla, ruega a Dios y deja de pensar en ti mismo.

Esto último era muy difícil, más de lo que puede exigir una adivina.

Le dio las gafas y la trompetilla, y lo condujo al centro del campo de patatas. La mujer le puso en la mano un grueso tubérculo, que resultó sonoro; salía de él una canción con palabras: la historia de las patatas. He ahí una cosa interesante: una historia cotidiana en diez líneas; diez líneas bastaban.

¿Y qué cantaba la patata?

Pues cantaba de sí misma y de su familia, de la llegada de las patatas a Europa, de los desprecios que habían debido sufrir antes de ser como son hoy, una bendición mayor que un terrón de oro.

-Por mandato del Rey fuimos distribuidas en las casas consistoriales de todas las ciudades y se publicaron bandos acerca de nuestro gran valor, pero la gente no les hizo caso, no sabían plantarnos. Uno abría un hoyo y metía en él toda una fanega de patatas; otro plantaba una aquí y otra allí y se quedaba esperando que saliera un árbol para sacudirle los frutos. Brotaron plantas, flores, tubérculos, pero todo se marchitó. Nadie adivinaba lo que podía haber en la tierra, en la bendición que eran las patatas. Sí, hemos resistido y sufrido; es decir, nuestros abuelos, pero ellos y nosotros somos una sola y misma cosa. ¡Qué historia la nuestra!

-Bueno, basta de esto -dijo la adivina-. Ahora mira el endrino.

-Tenemos también próximos parientes en la tierra de las patatas, sólo que más al Norte que ellas -dijeron las endrinas-. De Noruega vinieron unos normandos que, a través de la niebla y desafiando las tempestades, navegaban con rumbo a un país desconocido; allí, más allá del hielo y la nieve, encontraron hierbas y verdes prados, y unos arbustos que daban unas bayas de color azul negruzco: los endrinos. Los racimos maduraban al helarse, que es lo que hacemos también nosotras. A aquel país le pusieron por nombre Vinlandia, la tierra del vino, que es lo mismo que Groenlandia, o tierra verde, tierra del endrino.

-Es una narración muy romántica -dijo el joven.

-Lo es, en efecto, pero sígueme -dijo la adivina, conduciéndolo a la colmena.

Él miró al interior. ¡Qué vida y qué ajetreo! Había abejas en todas las galerías, ocupadas en hacer aire con las alas para ventilar el edificio; aquélla era su misión. Luego llegaron otras abejas del exterior; habían nacido con cestitos en las patas y los traían llenos de polen, que una vez vaciado y separado, sería convertido en miel y cera. Entraban y salían, volando sin cesar; también la reina hubiera querido ir con ellas, pero entonces habrían tenido que marcharse todas las abejas. No era hora todavía. Ya le llegaría su turno. Y mordían las alas a Su Majestad para forzarla a quedarse.

-Te sube al borde del foso -dijo la adivina-. Echa una ojeada a la carretera; verás gente en ella.

-¡Qué bullicio! -exclamó el joven-. ¡Esto es historia tras historia! ¡Qué manera de zumbar! Lo veo todo revuelto. ¡Me caigo de espaldas!

-Nada de eso, anda siempre derechito -dijo la mujer-. Métete entre el gentío, aguza el ojo, el oído y el corazón, y no tardarás en encontrar algo. Pero antes de que te marches devuélveme mis gafas y la trompetilla.

Y le quitó los dos objetos.

-Ahora no veo nada en absoluto! -dijo el joven-. Ni oigo nada.

-En tal caso, no serás poeta para Pascua -respondió la adivina.

-¿Cuándo, pues?

-Ni la primera Pascua ni la segunda. No aprenderás a inventar nada.

-Entonces, ¿qué debo hacer para ganarme el pan con la poesía?

-¡Oh, si sólo quieres eso, puedes conseguirlo antes de carnaval! Arremete contra los poetas. Si matas sus obras, los matarás a ellos mismos. Pero no te andes con miramientos. Duro con ellos, y tendrás bollos de carnaval para hartarte tú y tu mujer.

-¡Lo que uno puede inventar! -dijo el joven, y arremetió contra todo poeta que encontraba, sólo porque él no podía serlo.

Lo sabemos por la adivina; ella sabe lo que se puede inventar.

FIN

Hans Christian Andersen


Las cosas no son lo que parecen

Cuentos Sufíes

Un hombre viajaba tranquilamente en su coche. Sucedió que al entrar en una curva peligrosa, otro coche salía de ésta dando volantazos y viniendo hacia él de manera muy peligrosa. Al pasar a su lado casi rozando, gritó su conductor:

-¡Cerdo¡

El primer hombre indignado le respondió con otro insulto y continuó como pudo entrando en la curva y una vez pasándola se encontró de inmediato con un enorme cerdo, que no pudo esquivar y al que golpeó saliéndose de la carretera y quedando tirado en la cuneta.



El cuento de los detalles con significado

Cuento tradicional Oriental

Hubo un tiempo en que, en un lugar remoto de Asia, existió un rey conocido como "el Prudente". ¿Quieres descubrir por qué?

Hace mucho tiempo, en un lugar remoto de Asia un joven rey gobernaba a su pueblo con justicia y sobriedad. Este rey se ocupaba del bienestar de sus súbditos, los impuestos que cobraba eran los imprescindibles para cubrir eficazmente las necesidades generales y dedicaba su jornada a atender puntualmente los asuntos de estado.

En el reino había paz y prosperidad. Y a su lado siempre estaba su fiel y sabio consejero, que ya había servido como tal a su padre.

Pero un día, el joven rey dijo en una comida a su mayordomo:

-Estoy cansado de comer con estos palillos de madera, soy el rey, así que da orden al orfebre de palacio de que me fabrique unos palillos de marfil y jade.

Oída esta orden, el consejero se dirigió inmediatamente al soberano:

-Majestad, os pido que me relevéis lo antes posible de mi cargo. No puedo serviros por más tiempo.

El monarca, extrañado, preguntó cuál era el motivo de aquella repentina decisión.

-Es por los palillos, señor -respondió el consejero-. Ahora habéis pedido unos palillos de jade y marfil, y mañana querréis sustituir los platos de barro por una vajilla de oro. Más adelante desearéis que vuestros vestidos de tela sean reemplazados por otros de seda. Otro día, en vez de conformaros con comer verduras y puerco, solicitaréis lenguas de alondra y huevos de tortuga. De este modo, llegará el momento en que vuestros caprichos y el mal uso del poder os harán ser injusto con vuestro pueblo. Entonces, yo me rebelaré contra su majestad, y por nada del mundo deseo ver amanecer ese día.

Dicen que el rey canceló la orden dada al orfebre y siguió comiendo con sus palillos de madera. Desde ese día fue llamado y conocido por todo el reino como «el Prudente».
Y conservó al viejo consejero a su lado hasta su muerte.




El rey y el halcón

Con este cuento verás como siempre es mejor contar hasta diez cuanto te enfades. Nuestro protagonista ya lo descubrió hace más de 800 años...


Genghis Khan fue un gran rey y guerrero que condujo su ejército por China y Persia, conquistando muchas tierras, extendiendo su imperio desde Europa del Este hasta el mar de Japón. En cada país, muchos hombres contaron sus proezas, afirmando que desde Alejandro El Grande no había habido otro rey como él.

Una mañana cuando Genghis Khan regresaba a su casa desde las guerras, cabalgó entre los bosques para hacer un poco de caza. Muchos de sus amigos fueron con él. Cabalgaron alegremente, cargando sus arcos y sus flechas.Detrás de ellos venían los sirvientes con los perros de caza.Esta fue una divertida fiesta de cazadores.Los bosques resonaron con sus disparos y risas. Esperaban llevar mucha caza a casa por la noche.

En la muñeca del rey iba sentado su halcón favorito, para estos tiempos los halcones eran entrenados para cazar. A una palabra de sus maestros ellos volaban alto para mirar alrededor en busca de alguna presa.Si tenían la oportunidad de ver un ciervo o un conejo, ellos descendían sobre éste tan rápido como una flecha.Todo el día, Genghis Kan y sus cazadores cabalgaron a través de los bosques. Pero ellos no encontraron tanta caza como esperaban. Al caer la noche empezaron el regreso a casa.

El rey, que conocía muy bien todos los bosques y caminos, se desvió del grupo y se fue sólo a través del valle y las montañas.Pero al cabo de un rato empezó a tener mucha sed.
Su mascota, el halcón, voló de su muñeca. Quería estar seguro de encontrar el camino a casa. El rey cabalgó lentamente porque una vez había visto una cascada de agua cristalina cerca del camino donde se encontraba.

"Si pudiera encontrarla ahora!", pensava desesperado el rey. Pero el verano había secado todos los arroyos de la montaña. Finalmente pudo encontrar un poco de agua goteando sobre la orilla de una roca. Supo entonces, que no lejos de ahí había un manantial.En la estación de lluvia, un chorro rápido de agua siempre se derramaba ahí, pero ahora éste venía en una sola gota al mismo tiempo.

El rey saltó de su caballo.Tomó un pequeño vaso de plata de su bolsa de cazador.Lo sostuvo para atrapar las gotas que caían lentamente.Tardó mucho en llenar el vaso y el rey estaba tan sediento que apenas podía esperar. Al fin el vaso estaba casi lleno. Pero cuando el rey puso el vaso en sus labios y estaba a punto de beber escuchó un sonido rechinando en el el aire, y el vaso fue quitado de un golpe de sus manos.El agua se derramó sobre el suelo.El rey miró arriba para ver quién había hecho esto. Y resulta que habia sido su mascota, el halcón. El halcón voló hacia atrás y hacia adelante varias veces, y entonces se aposentó en medio de las rocas del manantial.El rey recogió el vaso, y otra vez lo sostuvo para atrapar el chorrito de gotas.Esta vez, no esperó mucho, cuando el vaso estaba por la mitad, lo levantó hacia su boca. Pero, antes de haberlo tocado con sus labios, el halcón descendió otra vez y tumbó el vaso de sus manos.El rey empezó a estar cada vez más enfadado. Trató de llenar otra vez el vaso, pero de nuevo el halcón se lo arrojó.

"Cómo te atreves a hacerme eso?Si te hubiera tenido entre mis manos, te hubiera retorcido el cuello!", gritó el rey al halcón. Entonces, llenó el vaso otra vez. Pero antes de que tratara de beber, sacó su espada.

"Ahora, señor halcón," dijo, "esta es la última vez".Apenas había terminado de hablar, el halcón descendió y tumbó el vaso de su mano. Pero el rey ya estaba esperando que lo hiciera. Con una rápida barrida de su espada, hirió el pájaro cuando pasó. De inmediato, el pobre halcón quedó tendido sangrando y muriendo a los pies de su maestro.

"Eso es lo que recibes por tus molestias", dijo Genghis Khan.Pero cuando buscó su vaso, encontró que había caído entre dos rocas donde no podía alcanzarlo.

"A cualquier precio, yo beberé de ese manantial", se dijo a si mismo. Acto seguido, comenzó a escalar la empinada loma del lugar de donde el agua goteaba. Este fue un duro trabajo, y mientras más alto él subía, más sediento se sentia.

Al fin alcanzó el lugar. Ahí había una piscina de agua; pero, ¿qué era eso que yacía en la piscina casi llenándola? Era una enorme serpiente de las especies más venenosas! El rey se paralizó. Olvidó su sed. Sólo pensó en el pobre pájaro muerto tendido en el suelo debajo de él.

"El halcón salvó mi vida!", gritó, "y ¿cómo le pagué? El fue mi mejor amigo, y yo lo he matado."

El rey volvió loma abajo. Cogió el pájaro, lo levantó suavemente y lo recostó sobre su bolsa de cazador. Entonces, montó en su caballo y cabalgó velozmente a casa. Mientras, se dijo a sí mismo: 'he aprendido una triste lección hoy, y es, nunca hacer nada enojado'.

Cuento tradicional de Mongolia

La carreta vacía

Cuentos Sufíes

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oidos y algunos segundos después le respondí:

Estoy escuchando el ruido de una carreta.

Eso es, dijo mi padre, y es una carreta vacía.

¿Cómo sabes que es una carreta vacía, sí aún no la vemos?, le pregunté.

Entonces mi padre respondió:

Es muy fácil saber, a través del ruido que hace, cuando una carreta está vacía. Cuanto más vacía está, mayor es el ruido que produce.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuno o violenta, presumiendo de lo que tiene, y considerando de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”.

La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Nadie está más vacío que aquél que está lleno de sí mismo.


La lechera

Llevaba en la cabeza
una Lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»

Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre la ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz Lechera,
y decía entre sí de esta manera:

«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, Pío.

Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.

Llevarélo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña.»

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh loca fantasía!

¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.

Juan el de la vaca

Esto había de ser un hombre que tenía un hijo y una vaca. La vaca era
muy hermosa y el hijo algo tonto.

El padre lo mandó un día a vender la vaca, porque les hacía falta el
dinero. A Juan, que así se llamaba el hijo, le daba mucha pena, porque
estaba muy encariñado con el animal, pero no tuvo más remedio que
obedecer.

Al pasar un monte, le salieron unos ladrones y le robaron la vaca.
Pero él fue siguiéndolos y los vio entrar en la casa donde vivían.
Volvió a la suya y el padre le preguntó:

- ¿Cómo es que vuelves tan pronto? ¿Ya has vendido la vaca?

- No, padre, que me la han robado.

- Como que eres tonto.

- No se preocupe usted, padre, que la vaca me la cobro.

- ¡Tú qué vas a cobrar! -dijo el padre muy enfadado.

Entonces Juan se disfrazó de doncella y fue a casa de los ladrones.

Preguntó si necesitaban criada y ellos dijeron que sí. De manera que se
quedó a servir con ellos.

Por la noche el capitán la llamó a su habitación y dijo a los ladrones:

- Esta moza parece un poco arisca. Si oís gritar, no acudáis ni hagáis caso, que esto es cosa mía.

Bueno, pues ya el capitán apagó la luz y entonces Juan sacó una correa
que llevaba debajo de las sayas y empezó a darle correazos al capitán,
venga correazos. Y aunque éste gritaba, nadie acudió a socorrerlo.

Cuando ya el capitán estaba sin poder moverse, Juan cogió todo el dinero
que encontró por allí y se escapó por una ventana, diciéndole:

- Que no se te olvide que soy Juan el de la vaca.

Cuando llegó a su casa, le dice al padre:


- Tome usted, padre, que ya me he cobrado la vaca. Pero ahora tengo que
cobrar más.

Mandó hacerse un traje de médico, y así vestido se acercó otra vez a la
casa de los ladrones.

Estos andaban buscando precisamente un médico, desde que vieron
cómo había quedado su capitán. Así que, nada más ver al médico, le
pidieron que entrase.

Entró el médico, reconoció al capitán y dijo:

- Esto es de una soberana paliza que le han pegado.

- ¡Sí, señor! -dijeron los ladrones-. ¡Qué médico tan sabio!

Entonces el médico mandó a cada uno de los ladrones a buscar una cosa
distinta por todos aquellos pueblos.

A uno lo mandó por vendas, a otro por alcohol, a otro por algodón, a
otro por una pomada, así hasta que no quedó ninguno en la casa.

Y en ese momento se fue otra vez para el enfermo, se sacó la correa y se
lió a correazos con él diciéndole:

- ¡Que soy Juan el de la vaca! ¡Que soy Juan el de la vaca!
Cuando se cansó de darle correazos, llenó unos cuantos bolsos de dinero
y se fue de allí.

Al día siguiente Juan se disfrazó de cura. Como el capitán había quedado
bastante grave,

Los ladrones estaban a la puerta por si pasaba un cura, y en cuanto lo
vieron venir, le pidieron que entrara a asistir a un moribundo.

Juan subió a ver al enfermo y dice:

- ¡Huy, este hombre se va a morir ya mismito! Corriendo, id al pueblo y
uno que me traiga el copón, otro el santóleo, otro el roquete, otro la
estola, otro el hisopo...

Así fue diciendo, hasta que no quedó ningún ladrón en la casa.
Entonces otra vez se fue para el capitán, que nada más verlo gritó:
- ¡No, por favor, otra vez el de la vaca no! ¡Llévate todo el dinero que
quieras, pero no me des más correazos! Mira, ahí está la caja. Coge todo
lo que quieras.



Juan cogió todo el dinero, menos tres pesetas para que comieran aquel
día; pero todavía antes de irse le dio un par de correazos al capitán.
Cuando llegó a su casa y le entregó a su padre todo el dinero, le dice éste:

- Hombre, pues no eres tan tonto como yo creía.

Pero Juan estaba preocupado, porque sabía que de un momento a otro se
presentarían los ladrones a ajustarle las cuentas.

Así que no se despegaba de la chimenea, y tenía preparado un caldero de
pez, por lo que pudiera ocurrir.

Una noche sintió pasos por el tejado y se dice:

- ¡Ahí están!

Oyó que uno les decía a los otros:

- Bajadme con una cuerda poquito a poco.

Entonces Juan atizó la lumbre y el otro que venía para abajo mete los pies
en el caldero y se abrasa. Dice:

- ¡Arriba, arriba!

- ¿Qué te pasa? -le preguntaron los otros.

- Nada, …que está muy oscuro y me da miedo.

- ¡Pues vaya un ladrón que estás tú hecho! -dijo otro, y empezó a bajar
por la cuerda.

Cuando llegó al caldero, también se abrasó los pies y gritó:

- ¡Arriba, arriba!

- ¿Qué te pasa?

- Nada, …que hay muchos mosquitos.

- ¡Pues vaya ladrón que estás tú hecho! -dijo otro, que era el capitán-.
Ahora bajaré yo y, aunque diga «arriba, arriba», vosotros más me bajáis.
Empezó a bajar el capitán por la cuerda y al momento se puso a gritar:

- ¡Arriba, arriba, que está aquí el de la vaca, que está aquí el de la vaca!

Pero los otros, ni caso. Cada vez más abajo, hasta que el capitán cayó
enterito en la pez hirviendo y se quedó como un chicharrón.
Y colorín colorao, este cuento se ha acabao.

Cuentos populares de Castilla Y León

Oro líquido

Muchas veces hay que encajar un buen golpe para descubrir quiénes somos en realidad... Es doloroso, pero merece la pena.

Los seres vivos no podemos vivir sin agua. ¿Qué pasará cuando este preciado bien empiece a escasear...?

Los aborígenes de una aldea australiana tenían sus corazones tan endurecidos que no hacían ni caso a Kubu, un chico huérfano y mudo que vagaba por las calles mendigando. Así es que Kubu se encaramaba a los árboles, sus únicos amigos, desde donde veía el horizonte teñirse de colores hermosos y así olvidaba el hambre y la sed.

Un buen día todos se fueron de caza, pero antes escondieron sus provisiones, y sobre todo el agua, para que el huérfano no pudiera quitársela. Pero cuando Kubu se quedó solo en la aldea, un árbol comenzó a mover sus ramas de forma extraña. Kubu entendió su lenguaje y se aproximó hasta el tronco, donde descubrió el escondite secreto de los aldeanos. Se dio un buen festín y después se subió al árbol.

Cuando regresaron los aborígenes se pusieron tan furiosos que treparon hasta el huérfano y le lanzaron al vacío y cuando Kubu despertó estaba en el suelo rodeado de rostros expectantes. No entendía por qué le miraban así, hasta que se dio cuenta de que su cuerpo estaba cubierto de pelo y de que se había convertido en un pequeño oso. El espíritu de los árboles le dio el don de ser el único animal que no necesita agua para vivir. Y por eso se le llama koala: "el que no necesita agua".

Cuento tradicional Australiano

Downie el guerrero de chocolate

Con la ayuda de un pequeño guerrero Downi, Jamal fue capaz de marcharse de su aldea para conocer el mundo y así vivir las más apasionantes aventuras...¿quieres conocer su historia?

En un pueblo muy pequeño al norte de la India vivía un niño que se llamaba Jamal. Era de familia muy humilde, compartía habitación con sus cinco hermanos y nunca había ido más allá del bosque que rodeaba su aldea. Se dedicaba a ayudar en las tareas de casa, cuidar el ganado y en los ratos libres jugar con sus amigos a construir grandes figuras de barro que los pequeños bautizaron con el nombre de Downies, con el deseo que esas figuras se convirtieran en los guardianes de su humilde aldea.

Pero llegó un día que esa rutina de todos los días no fue suficiente para Jamal. Sintió un cambio en su interior, era la necesidad de conocer otras realidades y visitar otros lugares.

Jamal explicó a sus padres esa nueva necesidad que sentía y los dos lo comprendieron pero su padre le contestó que, después de su viaje, regresara al pueblo cargado de riquezas, que esa sería la forma de ayudar a su familia a salir de la pobreza. Su madre en cambio desapareció unos minutos y regresó con un pequeño guerrero de barro, semejante los guerreros Downi que Jamal solía construir con sus amigos, envuelto en un pañuelo. "Ves tal lejos como te lo pida el corazón, él te protejerá", le dijo depositando la pequeña figura en su mano.

Así fue como el pequeño Jamal dejó el lugar que lo había visto nacer y crecer y se adentró en el bosque, cruzó montañas, malvivió en grandes ciudades, aprendió a meditar en los grandes templos hinduistas, se refugió en la guarida de sabios expertos en la sanación con yerbas mágicas, lucho contra animales y aprendió a respetarlos y domesticarlos. Vivió mil y una aventuras que lo formaron y lo enriquecieron como persona.

Jamal regresó a su poblado años después pero no cargado de riquezas como le exigió su padre, sino cargado de experiencias y conocimientos. Jamal se había convertido en uno de los hombres más sabios del país y trajo a su pueblo la riqueza soñada por su padre pero gracias a la astucia que había adquirido durante su viaje.

Desde aquel día en el poblado de Jamal, todas las mujeres cocinan deliciosos downies de chocolate en forma de guerrero que les recuerdan a los niños de la aldea que con el conocimiento pueden llegar hasta donde quieran.

Cuento popular de la India

La vendedora de cerillas


Qué frío tan atroz! Caía la nieve y la noche estaba llegando. Era la noche de Navidad. En medio del frío y la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnudos.

De hecho, cuando salió de casa tenía zapatos; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes que la niña las perdió al apresurarse a cruzar la calle para que no la atropellasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, descalza, y tenía los pies rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de cerillas y tenía a la mano una de ellas como muestra.

Era muy mal día: Ningún comprador se había presentado y, por ello, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y un aspecto miserable. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se ponían sobre sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos.

Veía relucir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se sentía por todos lados.

Era el día de navidad y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plaza, y se acurrucó en un rincón entre dos casas.

El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todas las cerillas y ni una sola moneda. Su madrastra la maltrataría y, además, en su casa también hacía mucho frío.

Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las grietas más grandes habían sido tapadas con paja y paños viejos. Sus manecitas estaban casi muertas de frío.

Ah! ¡Cuanto placer le causaría calentarse con una cerilla! Si se atreviese a sacar una sola de la caja, a rascarla contra la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. Ritx! Cómo iluminaba y cómo quemaba! Desprendía una llama clara y caliente como la de una vela cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan bonita! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. Quemaba el fuego de una forma tan bonita! Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en este mundo.

La niña extendió sus pies para calentarlos también; pero la llama se apagó: Ya no le quedaba a la niña más que un trocito de cerilla. Rascó otro, que quemó y brilló como la primera vez; y allá donde la luz cayó sobre la pared se hizo tan transparente como una gasa.

A la niña le pareció ver una habitación en la que la mesa estaba cubierta por un manto blanco con finas porcelanas, y sobre el que un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. Oh sorpresa! Oh felicidad! De repente tuvo la ilusión que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo pintiparado en el pecho, y rodaba hasta llegar a sus piececitos.

Pero la segunda cerilla se apagó y no vió delante suyo más que la pared impenetrable y fría.
Encendió otra cerilla. Entonces creyó verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y más grande que todos los que había visto en aquellos días en los escaparates de los más ricos comercios.

Mil luces brillaban en los árboles; los pastores parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, boquiabierta, levantó entonces las dos manos y la cerilla se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas dejó una estela de fuego al cielo.
- Eso quiere decir que alguien ha muerto - pensó la niña; porque su abuela, que era el única que había sido buena con ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces : "Cuando cae una estrella, se ve que una alma sube hasta el trono de Dios".

Aún rozó la niña otra cerilla a la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la que estaba su abuela de pie y con un aspecto sublime y radiante.
- Abuela! - gritó la niña - Llévame contigo!

Cuando se apagué la cerilla sé muy bien que ya no te veré más! Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el bonito nacimiento!
Después se atrevió a rozar el resto de la caja, por que quería conservar la ilusión de que veía a su abuela, y las cerillas dejaron ir una claridad muy intensa.

Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan bonita. Cogió la niña por debajo del brazo y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un lugar tan elevado, que allá no hacía frío, ni se pasaba hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía la niña sentada entre las dos casas, con las mejillas rojas y un sonrisa en los labios. Muerta, muerta de frío en la noche de Navidad! El sol iluminó aquel tierno ser acurrucado allá con las cajas de cerillas, de los cuales una había quemado completamente.

- Ha querido calentarse, pobrecita! - dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las bonitas cosas que había visto, ni en medio de que resplandor había entrado con su anciana abuela al reino de los cielos.